Aquella caida, la única que recibiera Zerbino en toda su vida, cuando él habia derribado á millares de guerreros, le causó el más profundo pesar, considerándola como una afrenta que no conseguiria borrar jamás.

Por largo tiempo permaneció tendido, inmóvil y silencioso; mas al recordar su promesa de servir perpétuamente de caballero á la horrible vieja, sintió aumentar su desesperacion. Dirigiéndose á él su vencedora, le dijo riendo desde el caballo:

—Te presento esta dama; cuanto más bella y agradable me parece, más satisfecho estoy de que sea tuya. Sé, pues, su campeon en lugar mio; pero cuida de que no se lleve el viento lo pactado, y de no olvidar que has de ser su guia y defensor por donde quiera que le convenga ir, segun has prometido.

Sin esperar respuesta, dirigió su corcel hácia un bosque, en el que se internó rápidamente.

Zerbino, que no dudaba que su vencedor fuese un caballero, pidió noticias de él á la vieja, la cual no le ocultó la verdad; verdad amarga, que produjo mayor ira y angustia mayor en el vencido.

—El golpe que te ha arrancado de la silla, le dijo la vieja, ha sido dirigido por la mano de una doncella, cuyo valor la hace digna de usar el escudo y la lanza, armas propias de los caballeros. Acaba de llegar del centro del Oriente para probar su valor contra los paladines de Francia.

Zerbino, al escuchar estas palabras, sintió aumentarse su vergüenza de tal modo, que no solo le tiñó de un vivo carmin el rostro, sino que faltó poco para que comunicara su encendido color á todas las piezas de su armadura. Montó á caballo, dirigiéndose á sí mismo los más duros reproches por no haber sabido sostenerse bien en la silla, mientras que la vieja gozaba con su afliccion, procurando estimularla y aumentarla en cuanto le era posible con el recuerdo de su juramento; y Zerbino, que se veia obligado á cumplirlo, bajó la cabeza, como el corcel rendido de cansancio, que siente la punta del acicate en sus hijares y el freno en la boca.

—¡Ah, Fortuna maldita! decia Zerbino suspirando: ¿qué mudanza ha sido esta? Despues de haberme arrebatado la bella entre las bellas, ¿te parece digna de ocupar su lugar la repugnante mujer que has puesto en mis manos? Mucho más preferible era para mí lamentar la completa pérdida de mi amada, que verme obligado á aceptar un cambio tan desigual. Por tí ha servido de alimento á los peces y á las aves marinas la que, sumergida y hecha pedazos contra los agudos escollos del mar, no tuvo ni tendrá jamás rival en perfecciones y hermosura; y sin embargo, has prolongado por diez ó veinte años más de los que debias, y solo por aumentar la intensidad de mis tormentos, la existencia de esta vieja, que ha tanto tiempo debiera estar sirviendo de pasto á los gusanos.

Así se lamentaba Zerbino, quien por sus palabras y semblante parecia tan pesaroso de aquella nueva y odiosa conquista, como de la pérdida de su dama. Aun cuando la vieja jamás habia visto al príncipe escocés, no obstante, por lo que le oia decir, adivinó que era el caballero de quien le hablara tanto Isabel de Galicia. Si teneis presente lo que os he referido, recordareis que dicha vieja habia salido de la cueva donde Isabel, la amada de Zerbino, permaneció muchos dias cautiva. La jóven le habia manifestado distintas veces cómo huyó de su país natal, y cómo se salvó en las playas de la Rochela, despues del naufragio de la nave que la conducia; y tan frecuentemente le hizo el retrato de Zerbino, y tanto le habia detallado sus facciones, que al escuchar la vieja los lamentos del príncipe de Escocia, y sobre todo al contemplar con más detenimiento su rostro, conoció ser él el caballero cuya ausencia costara tantas lágrimas á Isabel durante su estancia en la caverna; la cual se lamentaba más de no verle, que de estar á la merced de los malhechores. Por las frases que Zerbino dejó escapar en medio de su duelo y afliccion, comprendió la vieja que estaba en la equivocada creencia de que Isabel habia perecido en el fondo del mar; pero, aun cuando le constaba lo contrario, no quiso proporcionarle esta alegría, y se dispuso á referirle con marcada perversidad lo que le fuera desagradable, callándose lo que podria mitigar su pena.

—Escucha, le dijo, tú, cuyo orgullo se complace en cubrirme de escarnio: si supieses lo que sé acerca de la que lloras por muerta, me llenarias de caricias; pero, antes que revelártelo, consentiria en que me dieras muerte, ó me hicieras mil pedazos, á no ser que te vuelvas más complaciente para conmigo, en cuyo caso tal vez te descubriria este secreto.