Así como el mastin que se abalanza furioso sobre un ladron, se aquieta prontamente en cuanto le presentan un pedazo de pan ó de carne, ú otra cosa que produzca el mismo efecto, así tambien se apaciguó de improviso Zerbino, deseoso de saber el resto de lo que la vieja le habia indicado con respecto á su llorada dama; y volviéndose á ella con rostro más agradable, le suplicó y le rogó por Dios y por los hombres que no le ocultara cuanto supiera, fuese bueno ó malo.

—No esperes oir cosas que te complazcan, dijo la vieja con su cruel pertinacia: Isabel no ha muerto, como te figuras; pero la vida que arrastra es tan desdichada, que le hace envidiar á los muertos. Durante los pocos dias que hace que no la has visto, ha caido en manos de más de veinte bandidos; por lo cual, si algun dia llegas á recobrarla, no debes tener la esperanza de coger la flor tan codiciada por tí.

¡Ah, vieja maldita, y cómo adornas tus embustes! Harto sabias que faltabas á la verdad; pues aunque Isabel habia caido en poder de veinte, ninguno de ellos atentó contra su honor.

Zerbino preguntó á la anciana dónde y cuándo habia visto á Isabel, pero no pudo saberlo; porque la vieja obstinada no quiso añadir una sola palabra á las ya dichas. El Príncipe recurrió primeramente á las súplicas; le amenazó despues con cortarle el pescuezo; pero tan inútiles fueron sus ruegos como sus amenazas, porque no pudo hacer hablar á la horrible bruja. Guardó por último silencio, persuadido de que nada conseguiria con sus esfuerzos; aun cuando lo que habia oido despertó en él unos celos tan ardientes, que el corazon no hallaba asiento en el pecho: por recobrar á Isabel se habria lanzado en medio de las llamas; pero ligado por la promesa hecha á Marfisa, no le era dado andar más que por donde la vieja quisiera llevarlo.

Continuaron, pues, su camino por un sendero estrecho y solitario, segun la voluntad de la vieja, y siempre silenciosos y sin mirarse al rostro, treparon por los montes y bajaron á los valles. Mas, en cuanto el hermoso sol volvió las espaldas al medio dia, fué interrumpido su inalterable silencio por un caballero que en el camino encontraron. En el canto siguiente referiré lo que aconteció.

CANTO XXI.

Zerbino combate para defender á Gabrina, que parece tener el corazon de víbora, y es derribado el Holandés por causa de la vieja odiada y perversa.—El herido, tendido en el verde prado, refiere á Zerbino la grave ofensa que de Gabrina recibiera, por cuya razon se aumenta el odio y el rencor que hácia ella siente el príncipe escocés.—Corre despues á donde oye gritos y estrépito de armas.

No creo que una cuerda retorcida pueda amarrar más fuertemente un fardo, ni un clavo unir dos tablas con más solidez de la que liga la fé con su tenaz é indisoluble nudo á un alma noble y generosa. Los antiguos representaban á la Fé cubierta de piés á cabeza con un velo blanco, cuya pureza no alteraba la más pequeña mancha ni el lunar más leve. La palabra empeñada no debe dejarse jamás sin cumplimiento y ya se haya dado á un solo individuo, ó á más de mil, así en una selva como en una gruta, y lo mismo léjos de todo lugar habitado, que ante los tribunales, en presencia de numerosos testigos, por medio de actas y escrituras, ó sin que la haya seguido ningun juramento ni conste en documento alguno, basta que se haya empeñado una vez para observarla sin escusa ni pretexto.

Zerbino, fiel á su palabra en todas ocasiones, cumplió lealmente la que diera á Marfisa, apartándose de su camino para seguir á la vieja, cuya compañía era para él más desagradable que una enfermedad ó la misma muerte; pero pudo más su compromiso que el deseo de librarse de ella. Ya he dicho antes que le pesaba tanto verse encargado de la custodia de la vieja, que la ira le sofocaba, y caminaba silencioso. Taciturnos y sin proferir una sola palabra seguian ambos su viaje, cuando, segun he dicho tambien, fué interrumpido tan continuado silencio, á la caida de la tarde, por un caballero andante que se les presentó en medio del camino.