Luego que la vieja conoció á dicho caballero, llamado Hermónides de Holanda, cuyo escudo negro estaba atravesado por una banda roja, depuso su orgullo, dulcificó la aspereza de su semblante y se acogió al amparo de Zerbino, recordándole la promesa hecha á Marfisa, y diciéndole que el guerrero que hácia ellos se adelantaba era enemigo suyo y de todos sus parientes; que habia dado la muerte á su padre y á su único hermano, y que probablemente desearia exterminar del mismo modo á toda su raza.
—Nada temas, le contestó Zerbino, mientras te halles bajo mi proteccion.
En cuanto el caballero pudo conocer el rostro de la vieja, á quien tanto odiaba, dijo á Zerbino con voz arrogante y amenazadora:
—Prepárate á luchar conmigo, ó renuncia á defender á esa vieja, para que encuentre en mis manos el castigo merecido. Si te decides á combatir por ella, indudablemente perecerás, como perece todo aquel que proteje una causa injusta.
Zerbino le respondió cortesmente, que su propósito de matar á una mujer era vergonzoso, censurable, é indigno de un caballero, añadiendo que si se empeñaba en combatir, estaba dispuesto á ello, pero rogándole al propio tiempo que reflexionara en que un caballero tan gentil como parecia serlo, no debia mancharse con la sangre de una mujer.
Como las palabras del escocés fueron inútiles, se hizo necesario apelar á los hechos. Tomaron ambos el terreno conveniente, y se precipitaron á toda brida uno contra otro. Los cohetes disparados en dias de regocijos públicos no surcan los aires con tanta velocidad, como volaron á encontrarse los corceles de ambos caballeros. Hermónides de Holanda bajó su lanza con objeto de atravesar el costado de Zerbino; pero rompióse aquella, causando muy poco daño á su adversario. En cambio, el golpe del príncipe de Escocia no fué tan mal dirigido ni tan leve, pues rompiendo el escudo de su contrincante, le atravesó de parte á parte el hombro, arrojándole maltrecho por la pradera. Movido Zerbino á compasion, por creer que habia muerto á Hermónides, se apeó con presteza del caballo, y fué á alzarle la visera del almete. El vencido, cual si despertara de un sueño, fijó en Zerbino sus miradas, contemplándole silencioso algunos momentos, y despues le dijo:
—No siento haber sido derrotado por tí, que á juzgar por tu rostro, debes de ser la flor de los caballeros andantes: lo que me desespera es contemplarme vencido por causa de una mujer villana, de quien no sé cómo eres campeon, por avenirse mal con tu bizarría. Cuando conozcas el motivo que me conduce á vengarme de ella, te arrepentirás siempre que lo recuerdes de haberme puesto en este estado por defenderla. Si tengo en mi pecho el aliento necesario para decírtelo (y dudo que así sea), te haré ver que esa mujer infame ha llevado siempre su perversidad hasta el último estremo.
»Tenia yo un hermano que se ausentó, jóven aun, de Holanda nuestra patria, y pasó al servicio de Heraclio, emperador entonces de los griegos. Contrajo allí una estrecha y fraternal amistad con un gentil magnate de la corte, que poseia en los confines de la Servia un castillo rodeado de murallas y situado en una comarca deliciosa. El caballero
Zerbino le atravesó el hombro de parte á parte.
(Canto XXI.)