Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio ó por la envidia, se acercan uno á otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y más encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan á morderse con rabia, así el de Circasia y el de Claramonte se acometen furiosos, pasando de las injurias á las estocadas. Hallándose á pié el uno y á caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de parte del Sarraceno; pero no sucedió así, pues el corcel que montaba se negaba por instinto natural á ir en contra de su amo Reinaldo: así es que por más que Sacripante se valia del freno ó del acicate, no conseguia dirigirlo á su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el Sarraceno que aquella no era la ocasion más á propósito para domar su fiereza, se apeó de él con rapidez.

En cuanto el pagano se vió libre de la obstinada furia de Bayardo, trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y empezaron á chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y rapidez, que no podian comparárseles los martillos con que se forjaban en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su maestría en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose á pecho descubierto; adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno perdido por el otro.

Reinaldo descargó una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la paró con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha de acero. A pesar de su espesor, quedó partido; el ruido del golpe resonó por todos los ámbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno quedó con el brazo impedido por la violencia del golpe.

Cuando vió la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe, palideció de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de aquel Reinaldo á quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvió las riendas á su caballo y lo lanzó por un estrecho y áspero sendero, no sin volver la cabeza repetidas veces pareciéndole que Reinaldo la perseguia.

No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropezó con un ermitaño de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba á la cintura. Extenuado por los años y los ayunos, venia caballero en un pausado jumento: al contemplarle podia creerse que su conciencia era la más escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando el ermitaño se fijó en el rostro delicado de la doncella que se le acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente á pesar de su debilidad y extenuacion. La jóven le preguntó por el camino que más directamente la condujese á un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de Francia para no volver á oir siquiera el nombre de Reinaldo. El hermanito, que era nigromante, procuró reanimar á la abatida dama, ofreciéndole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus alforjas, sacó de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la primera página, cuando un espíritu, disfrazado en forma de criado, apareció poniéndose á sus órdenes.

Obligado por los conjuros del anciano, alejóse el espíritu, y se dirigió al sitio donde se hallaban los dos campeones frente á frente; lanzóse en medio de ellos audazmente y les dijo:

—¿Quereis decirme, por favor, qué ventaja reportará aquel de vosotros que salga vivo de este combate, con haber muerto á su enemigo? ¿Qué mérito, qué recompensa tendrán vuestros esfuerzos, una vez terminada la lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin sacar rota una sola malla de su cota, conduce hácia Paris á la doncella, causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aquí he encontrado á Orlando, que se dirigia á Paris con Angélica, riéndose ambos de vosotros y motejándoos porque os mateis sin resultado alguno. Mejor haríais en seguir sus huellas antes que se alejen más; pues si Orlando logra llegar á Paris con ella, jamás volvereis á verla.

Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y echándose á sí mismos en cara su lijereza y poco seso por haber dado lugar á que un rival más afortunado se burlara de ellos: el buen Reinaldo, acercándose á su caballo, juró lleno de despecho y de furor, y entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba á alcanzarle. Saltó sobre Bayardo, y lo hizo partir á galope, sin cuidarse de su adversario, á quien abandonó desmontado en medio del bosque, sin despedirse de él ni invitarle siquiera á que montara en la grupa. El animoso caballo, hostigado por su señor, arrolló cuanto se opuso á su paso, no siendo bastantes á detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni los rios, ni las zarzas, ni los peñascos.

No quiero, Señor, que os parezca extraña la facilidad con que Reinaldo se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho huyendo de su amo, no fué por mero capricho ó por resabio, sino por guiarle hácia donde se encontraba su dama. Cuando Angélica se escapó de la tienda de campaña, aquel excelente corcel, que á la sazon se hallaba suelto, por haberse apeado de él Reinaldo para combatir con un guerrero no menos valeroso que él, siguió desde léjos sus huellas, deseoso de contribuir á que la encontrara su dueño. Así fué que tras ella se metió por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced á él encontró Reinaldo á la doncella, aunque sin éxito; la primera se interpuso Ferragús; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crédito Bayardo á aquel demonio que comunicó á su señor la falsa noticia del viaje emprendido por Angélica, permaneció tranquilo y sumiso á su voluntad.