Zerbino se alejó en seguida con la vieja, continuando su forzosa marcha, y maldiciéndola todo el dia en su interior por haber sido causa de la desgracia del caballero de Holanda. Si antes le era desagradable y enojosa aquella mujer, ahora que le habia hecho conocer sus malas artes el que estaba perfectamente enterado de ellas, le inspiró tanta aversion, que no podia mirarla con tranquilidad. Gabrina, á quien no pasaba desapercibido el profundo odio que Zerbino la tenia, no quiso cederle en sus sentimientos rencorosos, y triplicó su mala voluntad hácia él: su corazon estaba henchido de veneno, por más que en su rostro apareciera lo contrario.
Iban, pues, caminando por el centro de un bosque secular, en la paz y concordia que dejo dicho, cuando, en el momento en que el Sol se dirigia hácia la noche, oyeron gritos y estrepitosos choques de armas, indicios seguros de que se habia empeñado un combate, no muy léjos de ellos, á juzgar por la proximidad del ruido. Deseoso Zerbino de averiguar la causa, se adelantó precipitadamente en direccion de aquel rumor, y le siguió Gabrina no menos presurosa. En el otro canto me ocuparé de lo que sucedió.
CANTO XXII.
Astolfo llega al palacio encantado de Atlante, destruye el encantamiento y hace desaparecer el palacio.—Bradamante consigue encontrar á su Rugiero, el cual derriba á cuatro adversarios en ocasion en que acudia á librar de las llamas á un caballero andante: los cuatro vencidos le disputaban el paso por órden de Pinabel, á quien Bradamante quita la vida.
Afables damas, adoradas por vuestros amantes, vosotras las que sabeis contentaros con un solo amor, aun cuando por este modo de pensar os halleis en minoría con respecto á las de vuestro sexo, no os ofendais de lo que haya podido decir antes contra Gabrina, arrastrado por mi indignacion, ni de lo que aun pudiera ocurrírseme, censurando su índole perversa. Como Gabrina era una mujer infame, no he podido menos de hacerlo constar así, cumpliendo con la obligacion de decir siempre la verdad, que me ha impuesto él que ejerce un dominio absoluto sobre mí. Al obrar de este modo, no creo oscurecer la fama de cuantas estén dotadas de un corazon virtuoso.
El oprobio del traidor que vendió á su Maestro por treinta dineros, no alcanzó á Pedro ni á Juan; y la fama de Hipermnestra no es menos ilustre por más que fuese hermana de tantas mujeres indignas[148].
Por una sola á quien me atrevo á censurar en mis versos por exigirlo así la verdad de la historia, ofrezco en cambio celebrar á otras ciento, haciendo que su virtud resplandezca más que el Sol.
Pero volviendo á tomar el hilo de mi narracion, que muchos suelen escuchar con placer, por lo cual les estoy agradecido, y me esfuerzo en amenizarla con la variedad posible, recordaré que el caballero de Escocia acababa de oir un gran ruido de armas. Siguió un sendero angosto entre dos cerros, y á los pocos pasos llegó á un valle rodeado de montañas, en cuyo fondo encontró el cadáver de un caballero. Ya os diré su nombre; mas antes quiero volver las espaldas á la Francia y pasar á Levante en busca del paladin Astolfo que habia emprendido el camino de Occidente.