Le dejé en la ciudad cruel de donde habia expulsado con la ayuda de su trompa á la chusma mujeril, salvándose de un gran peligro, y poniendo en fuga á sus mismos compañeros que se alejaron vergonzosamente á bordo de una nave. Seguiré, pues, ocupándome de él, y os diré que al salir de aquel país, tomó el camino de Armenia. Al cabo de pocos dias llegó á la Anatolia, y se dirigió despues á Bursa, desde donde continuó su viaje por mar, hasta que desembarcó en la Tracia. Siguió luego las orillas del Danubio, recorrió la Hungria, y como si su corcel tuviese alas, en menos de veinte dias atravesó la Moravia, la Bohemia, la Franconia, y se encontró en el Rhin. Pasando despues por el bosque de las Ardenas, llegó á Aquisgran, luego al Brabante, y por último se embarcó en Flandes. El viento que soplaba hácia Tramontana impelió de tal suerte las velas sobre la proa, que al mediodia dió vista á Inglaterra, en cuyas playas saltó al poco rato. Montó á caballo y le espoleó de tal suerte, que llegó aquella misma tarde á Lóndres.

Allí tuvo noticia de que el anciano Oton se encontraba en Paris muchos meses hacia, y que la mayor parte de sus barones habia seguido posteriormente sus huellas. En su consecuencia, Astolfo determinó trasladarse á Paris cuanto antes, y embarcándose en el Támesis, salió pronto á alta mar, é hizo dirigir la proa en demanda de Calais. Un vientecillo que al principio empujaba suavemente al buque, haciéndole deslizarse rápido sobre la superficie de las aguas, fué creciendo poco á poco, y adquiriendo por momentos tal fuerza, que el piloto, temeroso de estrellarse en la costa tuvo que virar en redondo y dejarse llevar por su impulso, aun cuando siguiera opuesto rumbo. Navegando tan pronto á la derecha como á la izquierda, y entregados totalmente á la ventura, consiguieron al fin anclar cerca de Ruan.

Luego que Astolfo puso el pié en la anhelada tierra, hizo ensillar á Rabican, cubrióse con su armadura, se ciñó la espada, y emprendió el camino llevando consigo aquella trompa, cuyo auxilio era más eficaz que el de mil hombres. Atravesó un bosque y llegó al pié de una colina de donde brotaba un manantial claro y apacible, á la hora en que los ganados dejan de pacer, para preservarse de los ardores del Sol en el aprisco ó en la hondonada de un monte. Sofocado Astolfo por el calor y especialmente por una sed abrasadora, se quitó el casco, ató su corcel á uno de aquellos espesos árboles, y se preparó á satisfacer su sed en las frescas ondas del manantial. Aun no habia humedecido en el agua sus labios, cuando un campesino que estaba oculto allí cerca, salió repentinamente de entre un matorral, saltó sobre el caballo y huyó con él.

Astolfo oyó el ruido, alargó la cabeza, y apenas conoció el daño que le ocasionaban, se apartó del manantial, olvidando su sed, y echó á correr tras el ladron con toda la rapidez que le permitian sus piernas. El campesino no se alejaba á escape tendido, pues de esta suerte habria desaparecido en breve de la vista de Astolfo, sino que aflojando ó tirando de la brida, marchaba tan pronto al trote como al galope. Despues de dar muchas vueltas, salieron del bosque, y se encontraron ambos en el sitio en que tantos otros caballeros estaban detenidos en una verdadera prision sin hallarse por eso cautivos. El campesino se refugió en el palacio con aquel corcel, cuya rapidez igualaba á la del viento, en tanto que Astolfo, embarazado con su escudo, su casco y su armadura, le seguia á larga distancia. Al fin llegó á aquel suntuoso edificio; pero allí perdió de vista á su caballo y al raptor. En vano miró por todas partes y recorrió presuroso las salas, las cámaras y las galerías: su trabajo fué completamente inútil; pues no consiguió descubrir al pérfido villano, ni presumir donde habria ocultado á Rabican, aquel corcel de rapidez incomparable, y durante el resto del dia continuó infructuosamente sus pesquisas arriba, abajo, dentro y fuera.

Confuso, y sobre todo, rendido de dar tantas vueltas, sospechó al fin que aquel sitio estaba encantado; y acordándose del libro que le habia regalado Logistila en la India, á fin de poder burlar con su auxilio todos los encantamientos, y del que no se separaba un momento, recurrió á su índice, y vió pronto la página en que habia de encontrar el medio de destruir aquel nuevo maleficio. Dicho libro se ocupaba minuciosamente de la descripcion del palacio encantado, así como de los medios que deberian emplearse para dejar confundido al Mágico, y librar á todos los cautivos. Bajo el umbral de la puerta estaba encerrado un espíritu, autor de todos aquellos engaños y prestigios; una vez levantada la piedra que le cubria, él mismo haria que el palacio se desvaneciera como humo.

Deseoso el paladin de llevar á cabo tan gloriosa empresa, no tardó más tiempo que el necesario para bajar el brazo, en probar si aquel mármol pesaba mucho; pero en cuanto el anciano Atlante vió al Duque próximo á destruir su obra, apeló á nuevos sortilegios, temeroso de lo que podia suceder; y por medio de sus artes diabólicas, hizo aparecer á Astolfo bajo distinta forma de la que tenia. Unos le tomaron por un gigante; otros por un campesino, y muchos creyeron ver en él un caballero de torva faz: todos, en fin, le contemplaron bajo el mismo aspecto de que se revestia el Mágico en el bosque; así es que para recobrar lo que Atlante les habia arrebatado á cada cual, acometieron simultáneamente al paladin.

Rugiero, Gradaso, Iroldo, Bradamante, Brandiamarte, Prasildo y otros muchos guerreros, víctimas de este nuevo encanto, se precipitaron con furor sobre el Duque, dispuestos á hacerle pedazos; pero en tan apurado trance, acordóse de su trompa, con la que les obligó á mitigar su cólera: si no hubiese apelado á sus horribles sonidos, era segura su muerte. Pero en cuanto se llevó á la boca aquella bocina, y despidió sus tremebundos sones, empezaron todos los caballeros á escaparse cual palomas dispersadas por el tiro del cazador. El mismo Nigromante, pálido y aterrado, huyó de su morada tembloroso, y no paró hasta que dejó de percibir aquellos espantosos ecos. Al mismo tiempo que huia el guardian con todos sus prisioneros, salieron de las cuadras muchos caballos, no bastando para sujetarlos las cuerdas á que estaban atados, y siguieron á sus dueños por distintos caminos. En el palacio no quedó un solo ser viviente, y hasta el mismo Rabican habria huido con los demás, si Astolfo no le cogiera de las riendas al atravesar la puerta.

En cuanto el Duque inglés se libró del Mágico, levantó la pesada piedra del umbral, y encontró debajo de ella algunas imágenes y otras cosas que me abstengo de referir. A fin de destruir aquellos encantos mágicos, hizo pedazos todo cuanto encontró, conforme á las prescripciones del libro, y de improviso desapareció el palacio convertido en humo y en vapores. Allí encontró el caballo de Rugiero atado con una cadena de oro; me refiero á aquel caballo que le diera el Mágico para enviarle á la isla de Alcina: Logistila le hizo un freno á propósito para dirigir su carrera cuando volvió á Francia, recorriendo todo el lado derecho de la Tierra, al pasar á Inglaterra desde la India. No sé si recordareis que el Hipogrifo dejó aquel freno atado á un árbol, el dia en que la hija de Galafron desapareció enteramente desnuda de la vista de Rugiero, recompensando tan mal su oportuno auxilio. Con gran asombro de cuantos lo vieron por los aires, fué el volador corcel á reunirse con su antiguo amo, y permaneció á su lado hasta el dia en que el Duque destruyó todos los encantos.