Astolfo no podia haber hallado una cosa que le fuese más agradable; pues el Hipogrifo le venia perfectamente para recorrer á medida de su deseo la parte de mar y tierra que le era aun desconocida, y para dar la vuelta á todo el mundo en pocos dias. No ignoraba el modo de dirigir su marcha, porque habia tenido ocasion de estudiarla en la India, el dia en que Melisa le libró del poder de la malvada Alcina, que le tenia convertido en mirto. Entonces vió y observó atentamente cómo cedia la cabeza arrogante del corcel al freno de Logistila, y oyó las instrucciones que esta benigna hada dió á Rugiero para guiarle por todas partes segun su voluntad. Decidido, pues, á quedarse con el Hipogrifo, le colocó su silla, que estaba cerca, y le hizo un freno á propósito, reuniendo diferentes piezas de otros muchos que habian quedado atados en aquel sitio, pertenecientes á los caballos fugitivos. Dispuesto ya á remontarse sobre tan maravilloso palafren, acordóse de su Rabican, y el temor de abandonarle le detuvo y con razon; pues tan excelente caballo era digno de estima, tanto porque no habia otro igual para el combate, cuanto porque le habia traido desde el último rincon de la India hasta el extremo de la Francia. Largo tiempo permaneció irresoluto, y por último determinó ofrecerlo como un valioso presente á algun amigo, antes que abandonarlo en medio del camino á merced del primero que llegara. Pasó todo el dia mirando si veia aparecer por el bosque algun cazador ó campesino, que le siguiese á cualquiera ciudad llevando del diestro á Rabican, y estuvo esperando sin resultado hasta el amanecer del siguiente, cuando al despuntar la nueva aurora y á la indecisa luz del crepúsculo, le pareció divisar un caballo que se adelantaba por el bosque.
Mas, para deciros lo que sucedió, necesito antes ir á reunirme con Rugiero y Bradamante.
En cuanto cesaron de oirse los sonidos de la trompa, y la gentil pareja se halló á bastante distancia de aquel sitio, Rugiero miró en torno suyo, y vió lo que hasta entonces le habia ocultado Atlante; el cual, valido de sus sortilegios, impidió que ambos amantes pudieran conocerse.
Rugiero contempló á Bradamante, y esta le examinó á su vez, asombrada y sin poder explicarse cómo habia ofuscado sus sentidos una ilusion extraña por espacio de tantos dias. Rugiero abrazó á su hermosa dama, que se puso más encarnada que una rosa, y apresuróse á coger en sus labios las primeras flores de su inefable amor. Ambos felices amantes volvieron á repetir una y mil veces sus caricias y susabrazos, sintiendo tan inmensa alegría, que apenas la podian contener sus corazones. ¡Oh! ¡Cómo maldijeron entonces los infames encantos, que no les habian permitido conocerse mientras vagaban por el palacio encantado, haciéndoles perder además tan placenteros dias!
Bradamante, dispuesta á otorgar á su amante todos los favores que son lícitos á una doncella pudorosa, y á fin de sustraerlo de las tinieblas en que vivia, sin que por ello se resintieran su honestidad y su decoro, manifestó á Rugiero que, si no queria que se negara con dureza y esquivez á concederle el término de sus amorosos deseos, era indispensable que la pidiera á su padre Amon; pero bautizándose antes. Rugiero, que por amor de Bradamante no tan solo abrazaria el cristianismo, en cuya religion vivieron sus padres y todos su ilustres antecesores, sino que estaba pronto á darle la vida, como llegara á pedírsela, le contestó:—Por merecer tu cariño pondria mi cabeza, no bajo el agua, sino entre las llamas.
Rugiero se puso en marcha para recibir el bautismo y unirse despues á Bradamante, la cual le guió á Valleumbroso, monasterio suntuoso y rico, célebre por la religiosidad de sus monjes y por su hospitalidad. Al salir del bosque encontraron á una dama, cuyo semblante revelaba el mayor desconsuelo: Rugiero, siempre humano y siempre cortés para con todos, pero mucho más para con las mujeres, apenas vió las lágrimas que surcaban el delicado rostro de aquella dama, sintió una gran compasion y deseó conocer la causa de su pesar; por lo cual, acercándose á ella, le preguntó, despues de saludarla cortesmente, el motivo de tener el rostro bañado en llanto. Levantó la dama hácia él sus ojos preñados de lágrimas, y con voz llena de dulzura, le dijo:
—Gentil caballero, las lágrimas que ves rodar por mis mejillas son producidas por la compasion que me inspira un doncel á quien hoy mismo van á dar muerte en un castillo cerca de aquí. Enamorado ese jóven de una doncella tan hermosa como amable, hija de Marsilio, rey de España, solia pasar á su lado todas las noches, sin dar que sospechar á la familia, envuelto en un velo blanco, disfrazado con un traje de mujer, y fingiendo la voz y los ademanes de tal. Pero como no puede haber secreto que permanezca constantemente oculto, no faltó quien le observara, revelándolo en seguida á dos amigos suyos, y estos á otros, hasta que, llegó á noticia del Rey: antes de ayer se presentó un comisionado de Marsilio, que sorprendiendo á ambos amantes en el lecho, les ha encerrado en el castillo en distintos calabozos; y estoy segura de que no transcurrirá el dia de hoy sin que perezca el jóven lastimosamente. He huido por no presenciar el espectáculo cruel y horroroso de verle perecer en una hoguera, pues nada podrá causarme dolor tan vivo como el suplicio de ese jóven: de hoy en adelante todos mis placeres se convertirán en afliccion al recuerdo de la espantosa llama en que han de arder sus bellos y delicados miembros.
Bradamante escuchó atenta este relato, el cual la conmovió tanto, que no parecia sino que el jóven condenado á muerte fuese uno de sus hermanos; y en verdad que su temor no carecia de fundamento, como veremos despues. Volviéndose á Rugiero, le dijo:
—Soy de opinion que apercibamos nuestras armas en auxilio de ese cautivo.