Y dirigiéndose á la afligida dama, añadió:
—Como logremos hallarnos dentro de los muros de ese castillo antes que hayan dado la muerte al desdichado jóven, puedes estar segura de que sabremos salvarle.
Siguiendo Rugiero los generosos impulsos del corazon bondadoso de su dama, é imitando su noble desinterés, ardió en deseos de volar en socorro del jóven, y dijo á la dama, de cuyos ojos continuaban brotando abundantes lágrimas:
—¿A qué aguardas? No es este el momento de llorar, sino de socorrer: dirígenos pronto adonde se halla tu protegido, á quien prometemos sacar de entre millares de lanzas ó espadas, con tal que nos conduzcas inmediatamente á su lado. Aligera, pues, el paso más de lo que te sea posible, no vaya á suceder que por tardar nuestro socorro, lleguemos cuando ya le hayan abrasado las llamas.
Las arrogantes palabras y el aspecto imponente de ambos amantes, atrevidos hasta lo sumo, hicieron renacer en el corazon de la dama su muerta esperanza, pero como temia menos la distancia á que se encontraba el castillo, que los impedimentos que podian hallar en el camino haciendo inútiles sus esfuerzos, permaneció algunos instantes indecisa. Por fin les dijo:
—Si tomásemos el camino más llano y que más directamente conduce al castillo, sin duda llegaríamos antes de que la hoguera estuviese encendida: pero estamos obligados á caminar por senderos tan tortuosos y ásperos que alargarán nuestro viaje más de un dia, y temo que al llegar á su término encontremos muerto al jóven.
—Y ¿por qué no hemos de ir por el camino más corto? preguntó Rugiero.
La dama respondió:
—Porque á la mitad de él se encuentra un castillo de los condes de Poitiers, en que Pinabel, hijo del conde de Altaripa, y el más perverso de los hombres, ha establecido, aun no hace tres dias, una costumbre inícua y vergonzosa para las damas y caballeros andantes. Por allí no pasa una sola dama ni un caballero, que no se vean obligados á someterse á los mayores ultrages. Tanto las unas como los otros han de perder sus corceles; dejando además, los guerreros las armas, y las damas sus vestiduras. No enristran lanza ni la han enristrado en Francia hace muchos años mejores caballeros que los cuatro que han jurado á Pinabel ser mantenedores de esta ley infame en su castillo. Os esplicaré el origen de esta costumbre, que segun he dicho solo hace tres dias que está en uso, y juzgareis si fué ó no recta la causa que obligó á los caballeros á prestar del juramento.
«Pinabel tiene una dama tan inícua, tan infame, cual no existe otra. Un dia que iba con él no sé por donde, encontró un caballero que le causó una gran afrenta. Habiéndose ella burlado de una vieja que iba montada á la grupa del caballo de aquel campeon, empeñóse un combate; y Pinabel, que estaba dotado de poca fuerza, pero de mucho orgullo, salió vencido: el vencedor quiso sin duda asegurarse de si la dama cojeaba ó no, por lo cual la obligó á bajarse de su palafren, la dejó á pié, é hizo que la vieja se vistiera con su suntuoso traje. La dama, llena de despecho y de la más ardiente sed de venganza, se reunió á Pinabel, que siempre está dispuesto á secundar cualquiera maldad, y como no pudiera apartar de su imaginacion el escarnio recibido, ni tener hora de reposo, dijo á su amante que el único modo de verla de nuevo risueña y placentera, consistia en desmontar á mil caballeros y mil damas, quitándoles á los unos las armas y sus vestidos á las otras.