»Aquel mismo dia hizo la casualidad que llegaran al castillo de Pinabel cuatro esforzados caballeros, los cuales habian venido hasta allí desde comarcas remotísimas: su valor es tal, que en nuestros dias no existen otros más intrépidos ni diestros en el manejo de las armas: llámanse Aquilante, Grifon, Sansoneto, y el más jóven Guido el salvaje. Pinabel dispensóles en su castillo una cortés acogida, y mientras estaban entregados al sueño por la noche, los sorprendió en el lecho, los aprisionó, y no consintió en restituirles la libertad hasta que le juraron permanecer allí durante un año y un mes (tal fué el tiempo que les prefijó); que despojarian de sus armas á cuantos caballeros andantes apareciesen por aquellos contornos, y que harian otro tanto con los vestidos de las damas que fuesen en su compañía, quitándoles asimismo los caballos. Obligados por la violencia, no tuvieron más remedio que prestar aquel juramento, bien á pesar suyo. Hasta hoy nadie ha podido luchar con ellos sin quedar vencido, y han llegado ya infinitos caballeros que han tenido que marcharse á pié y sin armas. Tienen establecido entre ellos el pacto de que el designado por la suerte sea el primero en salir del castillo, y en combatir solo; pero si dá con un contrario tan vigoroso que, permaneciendo en la silla, le derribe del caballo, los otros tres están obligados á acometer á un tiempo al vencedor hasta triunfar ó sucumbir. Si cada uno de dichos caballeros es ya tan temible de por sí, calcula lo que serán todos juntos.

»La importancia de nuestra empresa, es tal que no permite la menor demora, y mucho menos que perdais el tiempo, exponiéndoos á los azares de una lucha; y aun suponiendo que saliérais de ella victoriosos, como lo hace esperar vuestro aguerrido talante, como no es cuestion que pueda resolverse en una hora, temo mucho que aquel jóven perezca entre las llamas, si no acudimos en su auxilio en todo el dia de hoy.»

Rugiero contestó:

—Dejemos eso por ahora, y hagamos lo que debe esperarse de nosotros: el Supremo Hacedor ó la fortuna cuidarán entre tanto de ese jóven. Decididos á combatir con los cuatro caballeros, podrás juzgar, al ver el resultado de la lucha, si somos bastante fuertes para auxiliar al que ha sido condenado á las llamas por una falta tan leve como nos has manifestado.

Sin añadir una sola palabra, les guió la dama por el camino más corto. Poco más de tres millas anduvieron, cuando se encontraron en el puente y en la puerta donde se perdian las armas y los vestidos, y se corria peligro de perder tambien la vida. Sonó dos voces la campana del castillo, anunciando su presencia: abrióse la puerta, y salió presuroso al encuentro de los recien llegados un viejo montado en un rocin, gritándoles:

—Esperad, esperad: no sigáis adelante, que aquí hay que pagar derechos, y si no sabeis la costumbre establecida, pronto os la diré.

Y empezó á referirles la ley que hacia observar Pinabel, exhortándoles despues á que se conformaran con ella.

—Hijos mios, les dijo, haced que esa dama se desnude de sus vestidos, y vosotros abandonad aquí vuestras armas y caballos: no os expongais á luchar con esos cuatro guerreros invencibles. Por do quiera encontrareis vestidos, armas y caballos; pero nada podrá devolveros la vida una vez perdida.

—Basta, contestó Rugiero, no prosigas; estoy perfectamente informado de todo, y he venido á probar por mí mismo si esos caballeros son en efecto tan valientes como se me ha asegurado. No estoy dispuesto á poner á merced de nadie, ni vestidos, ni armas, ni caballos, mientras solo se trate de arrogantes amenazas; y abrigo la seguridad de que mi compañero tampoco cederá los suyos á las palabras. Pero, por Dios, haz que vengan pronto á medirse con nosotros los que pretenden arrebatarnos nuestras armas y caballos; porque necesitamos atravesar esa montaña, y estamos perdiendo un tiempo precioso.