El viejo respondió:

—Por el puente se acerca quien viene á satisfacer tus deseos.

Y era verdad; pues por él se adelantaba un caballero que llevaba una sobrevesta roja salpicada de flores blancas.

Bradamante suplicó encarecidamente á Rugiero, que por galantería le cediera el honor de arrojar de la silla al caballero; mas no pudo conseguirlo, y le fué preciso resignarse á la voluntad de su amante. Rugiero quiso llevar á cabo por sí solo aquella empresa, y que Bradamante permaneciera como mera espectadora del combate.

Rugiero preguntó al viejo el nombre del primer campeon que salia contra él.

—Es Sansoneto, contestó el anciano; le conozco por las flores blancas y el rojo color de su vestido.

Ambos adversarios, sin dirigirse la palabra ni demorar un solo momento el combate, se pusieron simultáneamente en movimiento, y se acometieron con la lanza en ristre, excitando la ardorosa carrera de sus corceles. Mientras tanto Pinabel habia salido de la fortaleza, acompañado de algunos infantes, dispuestos siempre á apoderarse de las armas de los vencidos, y á auxiliar á los caballeros que caian de la silla. Venian á encontrarse los dos atrevidos contendientes, apoyando en el ristre sus enormes lanzones de roble verde, de dos palmos de circunferencia, y cuyos hierros tenian igual longitud. Sansoneto habia hecho cortar en el bosque inmediato diez ó doce astas semejantes á aquellas, destinándolas á tal objeto; y eran tan fuertes que ni escudos, ni corazas diamantinas, podrian resistir su choque. Cuando se aprestaron al combate, hizo dar una de dichas astas á Rugiero, reservándose él la otra.

Con tales lanzas, capaces de hendir un yunque (tan bien templados tenian sus hierros), se alcanzaron á la mitad de su carrera, dándose un bote descomunal en sus respectivos escudos. El de Rugiero, que tanto habia hecho sudar á los demonios cuando lo forjaron, á pesar de estar desnudos, no se resintió en lo más mínimo del golpe; me refiero á aquel escudo que fabricó Atlante, y de cuya fuerza ya os he hablado otras veces: os he dicho que era tal la fuerza con que heria la vista su encantado resplandor, que al descubrirlo, abrasaba los ojos y derribaba á los hombres privados de sentido. Por esta razon lo llevaba Rugiero siempre cubierto con un velo que solo levantaba en los más apurados trances. Debe creerse además que fuese impenetrable, puesto que resistió el bote de la lanza de Sansoneto.

El escudo de este, forjado por artífices menos hábiles, no pudo soportar el terrible golpe de su adversario: como si le hubiera herido un rayo, dió paso al hierro de la lanza y se abrió por el medio; dió paso al hierro, que tropezó al atravesar el escudo con el brazo mal defendido por él, y Sansoneto quedó herido, y á su pesar fué arrojado de la silla, siendo el primero de los cuatro mantenedores de aquella costumbre punible que salió vencido en el combate en lugar de apoderarse de los despojos de sus adversarios. Bueno es que llore alguna vez el que siempre rie, y que la fortuna no se muestre siempre propicia á los deseos de los venturosos. El vigía del castillo, haciendo con la campana una nueva señal, avisó á los demás caballeros que saliesen á su vez á combatir.