Mientras tanto se habia aproximado Pinabel á Bradamante para saber quien era el caballero que con tan singular valor acababa de derribar á uno de sus campeones. La justicia divina, indudablemente dispuesta á proporcionarle una recompensa digna de sus merecimientos, permitió que fuese aquel dia montado en el mismo corcel que algun tiempo antes arrebatara á Bradamante. Precisamente hacia ocho meses por entonces que encontrándose el de Maguncia con la guerrera en un camino, la habia arrojado, segun recordareis, en la tumba de Merlin, cuando la libró de la muerte una rama que cayó con ella no menos que su buena suerte; y persuadido Pinabel de que habia quedado sepultada en la cueva, se llevó su caballo.
Bradamante conoció al punto su corcel, gracias al cual conoció tambien al inícuo Conde; y al oir su voz y al fijarse con más detenimiento en su rostro, dijo entre sí:—«Este es sin duda el traidor que intentó arrancarme vida y fama; sus pecados le han traido seguramente á recibir el castigo de sus crímenes.»—Amenazar á Pinabel, desenvainar la espada y embestirle, todo fué obra de un momento; pero antes procuró cortarle la retirada para que no pudiera refugiarse en el castillo.
Semejante á la zorra que halla interceptado el paso de su madriguera, Pinabel perdió la esperanza de salvarse; y no atreviéndose á hacer frente á la guerrera, huyo á ocultarse en la selva próxima, dando desaforados gritos. Pálido, consternado y fiando su salvacion en la huida, clavaba los acicates en los hijares de su corcel, mientras la animosa doncella de Dordoña le seguia de cerca, descargándole furiosos golpes con su espada, sin abandonarle un punto. El estrépito que producia el choque de las armas y el rumor de las pisadas de los caballos resonaba en todos los ámbitos del bosque; pero los habitantes del castillo no observaron nada de esto, por tener fija toda su atencion en Rugiero.
Los otros tres caballeros habian pasado entre tanto desde el castillo al lugar del combate, acompañados de la mujer indigna, promovedora de tan innoble costumbre: cada uno de los tres iba con el rubor de la vergüenza en el rostro y lleno de luto el corazon, por verse obligados á acometer juntos á un solo adversario, deseando encontrar la muerte antes que conservar la vida á costa de su honra. La cruel meretriz por quien se habia establecido y observado aquella costumbre inícua, les iba recordando su pacto y el juramento que de vengarla le hicieran.
—Si mi lanza es suficiente para derribarle, decia Guido el Salvaje, ¿por qué pretendes que me ayuden mis dos amigos? Si acaso le engañara, consiento gustoso en que me corten la cabeza.
Otro tanto decian Aquilante y Grifon; cada uno de ellos deseaba luchar solo con su contendiente, prefiriendo morir ó quedar prisioneros, á tener que acometerle todos juntos.
La dama de Pinabel les contestó con resolucion:
—¿A qué vienen tantas palabras inútiles? Yo os he traido aquí para que despojeis á ese guerrero de sus armas y no para formar leyes nuevas y nuevos pactos. Pudisteis hacerme esas observaciones cuando os tenia encarcelados; pero ahora ya es tarde: estais obligados á cumplir lo ofrecido, y no á desperdiciar el tiempo con frases vanas y engañosas.
Rugiero, por su parte, les gritaba:
—¡Mirad mis armas! ¡Mirad mi caballo, cuya silla y arneses son enteramente nuevos! Contemplad tambien el traje de esta dama: si deseais apoderaros de todo, ¿qué os detiene?