Excitados los tres mantenedores por las palabras de la dueña del castillo, así como por las provocaciones y las burlas de Rugiero, viéronse forzados á acometerle juntos, aunque llevando el rostro encendido de vergüenza. Adelantáronse á Guido los dos descendientes del noble marqués de Borgoña, porque el caballo de aquel, menos ágil, quedó atrás, si bien á corta distancia. Rugiero les arremetió con la misma lanza con que habia derribado á Sansoneto, y cubierto con el escudo que solia usar Atlante en los montes Pirineos: con aquel escudo encantado cuyo brillo ningun mortal podia sostener y al que apelaba Rugiero en último recurso. El guerrero solo se habia servido de él en tres ocasiones, bien apuradas por cierto: las dos primeras, cuando procuró huir de la mansion de la molicie, para pasar á la morada de la honestidad; la tercera cuando obligó á la orca á devorar las olas espumosas en vez de saciarse con las delicadas carnes de las hermosa Angélica desnuda, que tan mal pago dió despues á su libertador. Excepto en estas tres ocasiones, Rugiero lo habia tenido cubierto siempre con un velo, que podia levantar fácilmente en cuanto necesitase de su auxilio.

Resguardado con él, segun os he dicho, acudia al combate tan animoso, que le inspiraban menos temor sus tres adversarios que si hubiesen sido débiles criaturas. La lanza de Rugiero fué á chocar en la extremidad superior del escudo de Grifon, á la altura del almete: Grifon estuvo tambaleándose algunos momentos, hasta que por último cayó, yendo á parar léjos de su caballo. La lanza del hermano de Aquilante habia dado tambien en el escudo de su adversario, pero como dirigió el bote de soslayo, al tropezar con su superficie tersa y bruñida, se deslizó por ella la punta de la lanza y produjo un efecto contrario: desgarróse el velo que encubria el fulgor espantoso y encantado, á cuyo resplandor era forzoso que todos cayesen deslumbrados irremisiblemente.

Aquilante, que acometió á Rugiero al mismo tiempo que su hermano, arrancó el resto del velo y convirtió al escudo en un rayo: su claridad repentina hirió los ojos de los dos hermanos y tambien los de Guido, que tras ellos venia. Todos cayeron sin sentido; porque el escudo no solo les privó de la vista, sino tambien del conocimiento.

Ignorante aun Rugiero del resultado de la lucha, volvió su caballo; y al volverlo desenvainó su cortadora espada; pero no vió á nadie que le hiciera frente, porque todos yacian en el suelo. Los caballeros, los soldados que habian salido del castillo, los caballos y hasta las damas parecian hallarse en brazos de la muerte. Al principio quedó sorprendido; pero luego observó que pendia de su brazo izquierdo, hecho girones, el velo con que solia ocultar la luz que tal efecto produjera. Asaltado de un repentino pensamiento, empezó á buscar con la vista á su adorada guerrera y sus miradas se fijaron en el sitio donde la habia dejado al empezar la primera lucha: no viéndola allí, supuso que se habria marchado á impedir que pereciera aquel jóven, temerosa sin duda de que fuese arrojado á las llamas, mientras él estaba entretenido en su combate con los cuatro campeones.

Entre las personas que estaban desmayadas distinguió á la dama que allí le habia guiado; la recogió del suelo, adormecida cual estaba, la colocó en el arzon delantero de la silla y echó á andar cabizbajo, cubriendo el escudo encantado con un manto que llevaba la dama, la cual recobró los sentidos en cuanto desapareció el nocivo resplandor. Rugiero continuaba su marcha, rojo de vergüenza y sin atreverse á levantar los ojos, temiendo que le echaran en cara una victoria tan poco gloriosa.

—¿Cómo podria yo enmendar, decia entre sí, una falta que me cubre de tanto oprobio? En adelante todos dirán que he conseguido mis triunfos por medio de encantos, y no por mi valor.

Mientras iba entregado á tales pensamientos, tropezó con lo que buscaba: en medio del camino vió una cisterna profunda, donde solian abrevarse los ganados despues del pasto, en las calorosas horas del estío. Rugiere exclamó:

—¡Oh, escudo maldito! Yo sabré evitar que vuelvas á deshonrarme. No te conservaré un momento más; y permita el Cielo que la vergüenza que me has ocasionado sea la última que haya de tener en el mundo.

Así diciendo, saltó del caballo; cogió una piedra de gran peso, la ató al escudo, y precipitó una y otro en el fondo de la cisterna, exclamando: