—No puede menos de asegurarse, respondió Orlando, que eres un caballero de alta prez; porque tan magnánimos deseos no creo que se alberguen en corazones humildes. Si solo por verme has llegado hasta aquí, quiero que me contemples lo mismo por dentro que por fuera; y á fin de que satisfagas cumplidamente ese anhelo, me quitaré el yelmo. Pero, así que hayas contemplado bien mi rostro, debes esperar la satisfaccion del segundo deseo; la del que te ha escitado á venir en mi seguimiento, á fin de que conozcas si mi valor corresponde á ese porte guerrero que tanto encareces.
—Ea, pues, exclamó el Pagano: ya estoy satisfecho con respecto al primer punto; pasemos inmediatamente al segundo.
El Conde examinó atentamente al infiel de piés á cabeza; miró sus costados y el arzon de la silla, y no vió espada alguna pendiente de aquellos, ni maza de armas de este. Esta circunstancia hizo que le preguntara de qué armas pensaba valerse en el caso probable de que se le rompiese la lanza. Mandricardo respondió:
—No te inquietes por eso: me ha bastado mi lanza para vencer á otros muchos caballeros; además, he jurado no ceñir espada hasta que arrebate al Conde su Durindana, y voy buscándole por todas partes á fin de ajustar con él esta y otras cuentas. Y si es que saberlo quieres, te diré que hice este juramento cuando cubrí mi cabeza con este yelmo, el cual, así como cuantas armas llevo, perteneció á Héctor, muerto hace más de mil años. Solo me falta la espada de aquel héroe; no sabré decirte cómo fué robada, pero sí que la posee el Paladin, segun me parece, y de aquí procede toda esta audacia de que se envanece. ¡Oh! si consigo encontrarle, no tardaré en obligarle á restituirme un acero tan mal adquirido. Otro motivo me induce tambien á buscarle; el de vengar al famoso Agrican, mi padre, á quien Orlando mató traidoramente: bien es verdad, que de otro modo no hubiera triunfado de él.
El Conde no pudo ya permanecer en silencio, y gritó con voz terrible:
—¡Mientes tú, y cuantos se atrevan á decirlo! La suerte te ha deparado al que buscas: yo soy Orlando; el vencedor leal de tu padre, y esta es la espada que ambicionas, la cual será tuya, si sabe arrebatármela tu valor. A pesar de que me pertenece por justo derecho, quiero dispensarte la galantería de que disputemos su posesion: y como en esta disputa no quiero que sea más tuya que mia, la colgaré de un árbol, del que la podrás descolgar libre y tranquilamente, si acaso me das la muerte ó quedo cautivo.
Así diciendo, cogió á Durindana, y la colgó en un arbusto que habia en medio del campo.
Alejáronse uno de otro á medio tiro de flecha para tomar campo; excitaron en seguida el ardor de sus corceles, abandonando enteramente las riendas, y se embistieron con desusado ímpetu, descargándose recíprocamente tan terribles golpes en la visera del almete, que las lanzas se rompieron como si fuesen de hielo, y volaron hasta el Cielo hechas menudas astillas. Fuerza era que las lanzas se quebraran, ya que los caballeros no se movieron lo más mínimo y continuaron peleando con los trozos de aquellas inmediatos al cuento. Acostumbrados á manejar con maestría el acero, esgrimieron aquellos troncos, semejantes á dos aldeanos armados de garrotes, que se disputan con encarnizamiento el agua de una acequia ó los límites de un campo.
No resistieron más de tres ó cuatro golpes los trozos de lanza que aun conservaban, y se hicieron asimismo pedazos en medio del furor de aquella lucha. En el colmo de su vengativa saña, ambos guerreros, al verse sin armas, apelaron á las manos, con las cuales se daban terribles golpes, se arrancaban los clavos de las corazas, y se destrozaban las mallas, cual pudieran hacerlo los martillos más pesados ó las más duras tenazas. El Sarraceno deseaba con impaciencia encontrar una coyuntura, para poner término á tan extraordinario combate sin mengua para su fama, porque consideraba una necedad continuar de aquel modo, mucho más cuando los golpes que á la sazon se descargaban eran más dolorosos para el que los daba, que para el que los recibia. Procuraron entonces asirse mútuamente para luchar á brazo partido: el Rey pagano se agarró fuertemente á Orlando; lo oprimió contra su pecho, é intentó hacer con él lo que el hijo de Jove hizo con Anteo. Sacudióle impetuosamente á uno y otro lado, lo soltó, lo atrajo nuevamente hácia sí, y tan dominado estaba por su ciego furor, que no se cuidó de sujetar las riendas de su caballo. Orlando, que conservaba toda su serenidad, y esperaba vencer á su adversario, observaba atentamente sus movimientos; y aprovechándose de aquel descuido, puso la cauta mano sobre la cabeza del caballo del infiel y le arrancó el freno.
Mientras tanto, el Sarraceno cifraba todo su conato en ahogar al paladin ó derribarle de la silla; pero el Conde resistia sus sacudidas, oprimiendo fuertemente con las rodillas el lomo de su caballo. Fueron tales, por último, los violentos esfuerzos del pagano, que se rompieron las cinchas, y Orlando cayó en tierra sin notarlo apenas, pues seguia con los piés en los estribos y oprimiendo la silla con las piernas: el estrépito que produjo su caida fué muy parecido al que causaria un saco lleno de armas, al desprenderse de una altura considerable.