El corcel de Mandricardo, al sentir libre su cabeza por no tener freno ni rienda que la contuviera, emprendió desbocado una vertiginosa carrera á través de bosques y caminos, impelido sin cesar por un ciego temor y llevando consigo á Mandricardo. Doralicia, que vió á su defensor y compañero salir del campo y desaparecer rápidamente, no se creyó segura sin él, y salió en su seguimiento, aguijando á su palafren, mientras que el Pagano, confuso y avergonzado, iba gritando á su corcel, pegándole sin descanso con piés y manos, y amenazándole cual si el animal pudiese comprender sus palabras, con lo cual excitaba más y más el ardor de su carrera. El bruto, que era cobarde y asustadizo, volaba á través de los campos, sin reparar en los obstáculos del camino; habia andado ya tres millas, y aun hubiera seguido adelante, á no impedírselo un foso en cuyo fondo, que no tenia por cierto plumas ni lana, fueron á caer de espaldas caballo y caballero. Mandricardo sufrió una tremenda sacudida, pero salió ileso: allí se detuvo al fin el corcel; mas, careciendo de freno, era imposible guiarle. El Tártaro lo sujetó por la crin, y exasperado hasta el extremo, no sabia qué partido tomar.
—Ponle la brida de mi caballo, le dijo Doralicia; que como es más dócil, le guiaré lo mismo con ella que suelto.
El Sarraceno consideraba como una descortesia aceptar el ofrecimiento de su dama, y se resistia á admitirlo, cuando la fortuna, favorecedora de sus deseos, le proporcionó el medio de obtener lo que buscaba, enviando allí á la malvada Gabrina, que despues de haber vendido traidoramente á Zerbino, iba huyendo como la loba que oye venir á lo léjos á los cazadores y á los perros. Llevaba todavia puesto el traje y demás prendas juveniles de que fué despojada la caprichosa dama de Pinabel para vestirla á ella, y montaba asimismo el caballo de aquella jóven, uno de los más buenos y mejor enjaezados del mundo. La vieja tropezó con el Tártaro antes de haber advertido su presencia en aquel sitio. Al ver á aquella bruja que, engalanada con prendas propias de la juventud, parecia un mico ó un orangutan, la hija de Estordilano y Mandricardo no pudieron contener la risa: el Sarraceno determinó apoderarse de la brida de su palafren, y despues de haber realizado su propósito, empezó á gritar, á espantarle y á hacerle huir de tal modo que echó á correr despavorido por la selva, llevándose á la vieja, medio muerta del susto, y atravesando á la ventura valles, montes, caminos, senderos extraviados, fosos é inclinadas pendientes.
Mas no me intereso lo bastante por la vieja para que vaya á descuidar á Orlando, el cual estaba ocupado en arreglar las cinchas de su caballo y en acomodarle la silla del mejor modo posible. Volvió á montar, y aguardó algun tiempo el regreso del Sarraceno: viendo que no aparecia, se decidió por último á ir en su busca; pero fiel á sus hábitos de cortesía, no quiso alejarse de allí sin despedirse préviamente de los dos amantes, de la manera más afectuosa. Zerbino sintió en extremo que se marchara; Isabel lloraba enternecida, y ambos estaban empeñados en acompañarle; pero el Conde se opuso tenazmente á ello, no obstante lo grata que debia serle tal compañía, manifestándoles que la mayor infamia que puede recaer sobre un guerrero es la de admitir un amigo que le ayude y le defienda cuando va en busca de un enemigo. Les rogó tan solo que si tenian la suerte de encontrar al Sarraceno antes que él, le dijesen que Orlando permaneceria tres dias en aquellos alrededores, pero que despues iria á reunirse con el ejército de Carlomagno para defender la enseña de las lises de oro: de este modo, si queria encontrarle, sabria donde dirigirse. Los dos amantes le prometieron cumplir de muy buena voluntad este encargo y todo cuanto el Paladin tuviese á bien ordenarles.
Separáronse en seguida, tomando cada cual camino opuesto; pero Orlando, antes de alejarse, descolgó la espada que pendia del árbol y se la ciñó: acto contínuo, guió su caballo hácia los sitios en que á su parecer podria dar con el Sarraceno. La desordenada é indecisa carrera que habia seguido el de este, hizo que Orlando anduviera dos dias enteros inútilmente, sin encontrarle, ni obtener el menor indicio con respecto á su enemigo. Llegó por fin á la orilla de un arroyo que de cristal parecia, y fertilizaba con sus aguas un florido prado, esmaltado de los más preciosos colores, y adornado de innumerables y distintos árboles. El fresco céfiro que allí soplaba hacia llevadero el calor del medio dia al sediento ganado y al desnudo pastor: así es que Orlando, á pesar de ir cargado con la coraza, el yelmo y el escudo, no sentia la menor molestia. Adelantóse, pues, hasta el medio de la floresta para entregarse al reposo; pero en su lugar solo encontró un asilo triste y penoso para su corazon, siendo para él aquel dia el más fatal é infortunado que pueda imaginarse.
Al dirigir sus miradas en derredor, observó que muchos de los árboles que descollaban en las umbrosas márgenes del arroyo tenian grabadas ciertas inscripciones: examinólas más detenidamente, y pronto conoció que estaban hechas por la mano de la mujer á quien amaba. Aquel era, en efecto, uno de los sitios adonde iban con frecuencia Medoro y la hermosa reina del Cathay desde la cabaña del pastor, que estaba próxima. Orlando pudo leer los nombres de Angélica y Medoro, grabados en cien árboles y entrelazados de cien diferentes maneras. Cuantas letras los componian fueron otros tantos puñales con que el Amor le traspasó el corazon: no queriendo dar crédito á sus ojos, trataba de buscar en su mente una explicacion contraria á lo que veia, y procuraba persuadirse de que era otra Angélica la que habia grabado su nombre en aquella corteza.
—¡Ah! exclamó de repente.—Conozco esos caracteres, pues no en balde los he visto y leido tantas veces; pero quizá ese Medoro es un nombre imaginario, con el cual ha querido designarme la señora de mis pensamientos.
Engañándose á sí mismo con esta opinion, tan apartada de la verdad, conservó alguna esperanza, que procuraba alimentar á cada momento; pero en vano, porque cuanto más creia desvanecer sus implacables sospechas, más las renovaba y encendia, como el incauto pajarillo que, viéndose aprisionado en una red ó sujeto en una varilla de liga, queda más y más prendido en ella, á medida que agita las alas para recobrar su libertad. Al seguir recorriendo aquellos contornos, llegó á un sitio en que el monte formaba una especie de bóveda sobre el transparente manantial. La hiedra y la viña silvestre habian adornado la entrada de aquella gruta con sus ramas retorcidas y trepadoras: aquel era el asilo en donde los dos amantes se refugiaron tantas veces huyendo de los abrasadores rayos del Sol, para entregarse á sus amorosos deleites: allí, más que en ninguna otra parte, se veian escritos profusamente sus nombres; ora con carbon, ora con yeso, y ora grabados en la piedra con la punta de un cuchillo.
El afligido Conde apeóse allí de su caballo, y vió en la entrada de la gruta algunas palabras, estampadas al parecer recientemente por la mano de Medoro. Las delicias que habia disfrutado en aquel retiro inspiraron al mancebo las siguientes frases escritas en verso. Creo que en su lenguaje tenian bastante belleza poética: en nuestro idioma, su sentido era este:
«Verde enramada, límpida corriente,