Que á yerba, sombra, plantas, antro y rio

Diga:—«Benigno os sea el Sol brillante

Y la Luna; y el coro, siempre pio,

De ninfas haga que jamás turbados

Seais por los pastores y ganados.»

Estas frases estaban escritas en árabe, idioma que el Conde poseia tan á la perfeccion como el latin: de las muchas lenguas que conocia, aquella le era más familiar, habiéndole servido en muchas ocasiones para salvar su vida y su fama en el campamento sarraceno; pero á la sazon no debió envanecerse de los beneficios que hasta entonces le habia proporcionado, pues el daño que le causó fué infinitamente mayor que todos aquellos juntos. Tres, cuatro, seis veces leyó el infeliz aquel escrito, y otras tantas se esforzó, aunque en vano, en leer lo contrario de lo que veia estampado. Cuanto más lo leia, más claro y distinto hallaba su significado, sintiendo á cada nueva lectura que la helada mano del infortunio le oprimia el corazon en su aflijido pecho. Al fin se quedó inmóvil, con los ojos y la mente fijos en la peña, é indiferente al mismo tiempo á lo que en ella veia.

Abandonóse entonces de tal modo á su dolor, que estuvo á punto de perder la razon. ¡Oh! no, no existe pesar alguno á este comparable! ¡Creed al que por desgracia lo ha experimentado! Inclinó Orlando la cabeza sobre el pecho; bajó la frente, tan erguida y arrogante siempre, y su afliccion le dominó hasta tal extremo, que no pudo exhalar una queja, ni sus ojos encontraron lágrimas para llorar. Su impetuoso quebranto permaneció reconcentrado en su pecho, por lo mismo que queria escaparse de él bruscamente, así como el agua contenida en un recipiente de ancho diámetro y cuello angosto, permanece en él aunque le vuelquen, porque al acudir el líquido á la boca, lo hace con tal precipitacion y se aglomera de tal suerte en la estrecha salida, que apenas si se escapan trabajosamente algunas gotas.

Al cabo de algun tiempo, logró reponerse un poco, y se puso á reflexionar cómo podria ser que aquellos versos no dijesen la verdad; y en su consecuencia procuró, creyó y esperó persuadirse de que alguno habia querido valerse de un medio tan ruin para infamar el nombre de su dama, ú oprimir su corazon con la insoportable carga de los celos para hacerle morir; suponiendo además que una mano desconocida habia imitado á la perfeccion la letra de Angélica. Tan infundada como frágil esperanza consiguió despertar su amortiguado espíritu y reanimarle algun tanto; y volviendo á montar en Brida-de-oro, se alejó de aquel sitio en el momento en que el Sol cedia el puesto á su nocturna hermana.

No habia andado mucho, cuando distinguió las blancas espirales de humo que salian de los techos de algunas cabañas; oyó el ladrido de los perros, el balido de los rebaños, y por fin, llegó á la puerta de una cabaña, en la que pidió hospitalidad. Dominado por la tristeza, echó pié á tierra, y confió su Brida-de-oro á un discreto mancebo, mientras que otros le desarmaban, le quitaban las doradas espuelas ó le limpiaban la coraza. Aquella era precisamente la casa en que Medoro estuvo curándose de su herida, y en la que halló una suerte inesperada.

Orlando quiso entregarse desde luego al descanso y rehusó la cena que le ofrecian: su dolor le alimentaba más que cualquier manjar que le presentasen. Sin embargo, cuanto más procuraba encontrar el sosiego apetecido, tanto mayores eran su inquietud y pesadumbre, pues sus ojos tropezaban con el odiado escrito grabado en las paredes, en las puertas y en las ventanas de aquella morada. Mil veces estuvo á punto de preguntar el orígen de aquellas inscripciones, y otras tantas selló sus labios, temeroso de aclarar, de disipar sus sospechas, prefiriendo que continuaran envueltas en la nube de la duda, con tal de que la espantosa realidad no aumentara su desesperacion.