De poco le sirvió, sin embargo, engañarse á sí mismo; porque se le revelaron todo sin preguntar á nadie. Viéndole el pastor tan abismado en su afliccion, y deseoso de hacer lo posible por distraerle, empezó sin más ni más á narrar la historia de los dos amantes; historia que referia á todos cuantos querian escucharle y cuya narracion oyeron muchos viajeros con interés y complacencia. Manifestóle, pues, que él, cediendo á los ruegos de Angélica, habia trasportado á su cabaña á Medoro, herido gravemente, y que la jóven le cuidó la herida, logrando curarla en pocos dias; pero que habiéndole Amor causado una herida mucho mayor en el corazon, fué tan abrasador el incendio producido por una sola chispa, que se inflamó toda ella, sin encontrar medio alguno de apagar aquel fuego: añadió que sin reparar la doncella en que era hija del monarca más poderoso del Oriente, se desposó, obligada por el amor, con un guerrero pobre y oscuro. El pastor completó su narracion presentando al Conde la alhaja que le regalara Angélica al partir, como testimonio de su gratitud por la cordial acogida que habian encontrado en su vivienda.

Esta conclusion fué para el Paladin la segur que le cortó de un golpe la cabeza, con cuyo golpe puso término el cruel Amor á las innumerables heridas que en su corazon habia causado. Esforzóse Orlando, no obstante, en ocultar su dolor; pero pudo este más que el y rompiendo los diques de la voluntad, precipitóse al fin por los ojos y la boca del desdichado, convertido en lágrimas y sollozos. Apenas se vió solo Orlando, y sin necesidad ya de ocultarse de nadie, dió rienda suelta á su afliccion y derramó un torrente de lágrimas, que inundaron sus mejillas y su pecho: suspiraba y gemia incesantemente, y se agitaba frenético en el lecho, que le parecia más duro que una peña y más punzante que si estuviese hecho de ortigas.

En medio de su delirante desesperacion le asaltó la idea de que la cama en que yacia era la misma donde más de una vez habia dormido su ingrata dama en brazos de su amante, y se apartó de aquellas aborrecidas plumas, tan precipitadamente como el aldeano se levanta de la yerba en que se habia tendido, al ver cerca de sí una culebra. El lecho, la cabaña, el pastor se le hicieron de repente tan odiosos, que sin esperar la salida de la luna ó la aparicion del primer albor matutino, cogió sus armas, montó en su caballo, y empezó á caminar á la ventura por entre las más oscuras enramadas del bosque. Al verse de nuevo solo, abrió otra vez las puertas á su dolor, prorumpiendo en gritos y alaridos.

Desde entonces no cesaron un punto sus llantos ni sus gemidos, que resonaban dia y noche por do quiera; huia de las ciudades y de todos los sitios habitados, y permanecia de contínuo en las selvas, en cuyo duro suelo dormia á la intemperie. Admirábase de sí mismo, al ver que no se agotaba el manantial de sus lágrimas, y al observar sus interminables suspiros, y decia frecuentemente en medio de su llanto:

—Estas, que de mis ojos brotan en tan copioso raudal, no son lágrimas, no: mis lágrimas no bastaron á mi dolor inmenso, y se secaron antes de que este pudiera exhalarse del todo.

»Mis fuerzas vitales son las que ahora se escapan por el camino que á los ojos conduce, impelidas por el fuego que me abrasa: mis fuerzas vitales son las que voy derramando, y con ellas concluirán á un tiempo mismo mis males y mi existencia.—Estos, que atestiguan mi tormento, no son suspiros. Los suspiros no son como ellos, pues alguna vez tienen tregua, y yo no siento que mi pecho exhale su pena con creciente desahogo. Amor, que abrasa mi corazon, es el que produce este viento, mientras agita las alas en torno del incendio que le devora. ¡Oh! ¿cómo es posible que un corazon permanezca en medio de las llamas sin consumirse?—Y yo, yo no soy el que parezco! El que fué Orlando ha muerto y yace en el sepulcro, víctima, de su ingratísima amada; ¡tan cruda fué la guerra que le hizo con su deslealtad! Yo no soy más que el alma separada del cuerpo de Orlando, que vaga errante sufriendo mil tormentos por este infierno, á fin de que, avanzando sola con su sombra, sirva de ejemplo á cuantos en el amor cifran su esperanza.»

Toda la noche anduvo el Conde errante por el bosque, y al despuntar el dia, su fatal destino le encaminó de nuevo hácia la fuente en que Medoro grabó sus versos. Al ver su baldon inscrito en la piedra, irritóse de tal modo, que todo su ser se convirtió en odio, rabia, ira y furor. Empuñó la espada sin tardanza, é hizo pedazos la inscripcion y la roca, cuyos menudos trozos volaron hasta el cielo. ¡Desgraciada aquella gruta y los sitios todos en que se leian los nombres de Angélica y Medoro! Los dejó de tal modo, que no volvieron á ofrecer su sombra y su frescura al pastor ni al ganado; y aquella fuente, tan clara y pura hasta entonces, tampoco estuvo al abrigo de su cólera; pues arrojó en sus cristalinas ondas ramas, troncos, raices, piedras y tierra hasta que las enturbió desde el fondo á la superficie, de tal suerte, que jamás recobraron su primitiva trasparencia. Por último, cansado, bañado en sudor, y cuando su fatigado aliento no correspondió á su despecho, á su odio inextinguible y ardiente ira, cayó jadeante sobre la yerba, y empezó á exhalar hondos suspiros. Afligido, inmóvil, con los ojos abiertos y fijos en el cielo, sin despegar los labios, sin tomar el menor alimento ni conciliar el sueño, permaneció en aquel sitio mientras que el sol apareció y desapareció tres veces, y solo cesó su grandísima pena cuando le hubo privado enteramente de la razon.

Levantóse al llegar el cuarto dia, y en su incesante furor, se arrancó la armadura y la cota de malla; arrojó léjos de sí el yelmo y el escudo, la coraza y sus restantes armas, las cuales fué esparciendo por el bosque. Despues se hizo girones los vestidos, dejando enteramente desnudos el hirsuto vientre, el pecho y la espalda. Así empezó aquella furiosa locura, tan terrible, que nadie tendrá noticia de otra que pueda comparársele.

El furor, la rabia que en su pecho hervian le dejaron privado hasta del menor destello de juicio: olvidóse de conservar su espada con la cual estoy seguro de que hubiera hecho cosas admirables; pero su vigor inmenso no necesitaba de ella, ni de hachas, ni lanzas, como lo demostró llevando á cabo en el acto mismo una de sus admirables proezas: de un solo esfuerzo arrancó un pino gigantesco, y luego otro y otro, como si fuesen hinojos ó yeros. Del mismo modo siguió destrozando encinas y olmos corpulentos, hayas, fresnos y abetos. Los árboles mas seculares caian á sus sacudidas como caen los juncos, las zarzas y las ortigas arrancadas por mano del cazador, cuando quiere despejar el terreno para tender sus redes. Atemorizados los pastores con tal estrépito, dejaban sus ganados esparcidos por la floresta, y se dirigian precipitadamente hácia aquel sitio para averiguar la causa del fracaso.