Mas he llegado ya á un punto, que si lo traspasara, tal vez os molestaria mi narracion; por lo cual prefiero diferirla para otro canto, antes de que llegue á fastidiaros por difusa.

CANTO XXIV.

Zerbino traspasa á Odorico, juntamente con Gabrina, su vergonzosa obligacion de acompañar á esta vieja y le deja en libertad.—Muere Zerbino á manos de Mandricardo por defender la espada de Orlando.—Quejas de Isabel.—Mandricardo combate con Rodomonte.—Suspenden su lucha para socorrer á Agramante y su ejército, que estaban á punto de caer en poder de los cristianos.

Cuantos pongan su incauto pié sobre la liga de Amor, deben procurar retirarlo á tiempo, antes de dejar enviscadas en ella las alas; porque el amor, segun opinion de los sábios de todas las edades, no es en suma más que una locura, y aun cuando no todos lleven su insensato furor hasta el extremo que lo llevó Orlando, siempre dan algunas señales del que les domina. Y sobre todo, ¿hay indicio de locura más vehemente, que el de perderse á sí mismo por querer á los demás? Si los efectos son varios, la insensatez de que proceden es siempre la misma; es como un gran bosque, en que forzosamente deben extraviarse cuantos en él penetran, ya suban ó bajen; ya se dirijan á un lado, ya á otro. En resúmen, y para decirlo de una vez: el que llega á una edad madura, despues de haber dedicado toda su vida al amor, mereceria, además de otros castigos, que se le cargara de grillos y cadenas.

Me podrán decir, con razon quizás:—«Hermano, estás dando consejos á los demás, sin tener en cuenta tu propia flaqueza.» A esto responderé que lo comprendo demasiado, pues mi mente se halla ahora en un lúcido intervalo, y que por lo mismo he resuelto recobrar mi perdida calma y abstenerme de toda clase de devaneos, como espero conseguirlo en breve; pero desgraciadamente no me será fácil lograrlo tan pronto como quisiera, porque el mal ha penetrado hasta en la médula de los huesos.

En el canto precedente os decia, Señor, que el delirante y furioso Orlando habia esparcido por el campo sus armas, desgarrado sus vestidos, arrojado léjos de sí su espada, y arrancando uno y otro árbol, hacia resonar con sus gritos las cavernas y los bosques. Atraidos algunos pastores, al escuchar tan inusitado rumor, por su mala estrella ó por algun grave pecado, se aproximaron á él, pero en cuanto vieron más de cerca las increibles pruebas del prodigioso vigor de aquel insensato, volvieron las espaldas para huir, aunque sin saber adonde, como suele suceder cuando nos sobrecoje el pánico. El loco se lanzó sobre uno de ellos, logró cojerle, y le arrancó la cabeza con la misma facilidad con que cualquiera arrancaria una manzana del árbol ó una hermosa flor de su tallo. Asió en seguida el pesado tronco por una pierna, y se sirvió de él como de una maza para golpear á los demás pastores. Derribó á dos de ellos sin sentido, y quizá no volverian á despertar de su sueño hasta el dia del juicio: los restantes huyeron en todas direcciones, merced á su lijereza y prevision; hubiérales costado trabajo evitar el alcance del loco, si este no se hubiese vuelto para acometer á sus rebaños. Los labradores, escarmentando en cabeza ajena, abandonaron por los campos sus arados, hoces y azadones; refugiáronse unos en los tejados de las casas, y otros en los templos, por no considerarse seguros en las cimas de los olmos ó de los sauces, contemplando desde allí la horrenda furia de Orlando, que con los puños, los dientes, las uñas y los piés, magullaba, abria y hacia pedazos á los bueyes y caballos: el que conseguia librarse de su saña, debia preciarse con razon de ágil.

Podeis calcular si las aldeas cercanas resonarian en breve con el estrépito producido por los gritos, por las trompas y las rústicas bocinas, y más que todo por el clamor de las campanas tocando á rebato. A aquellos ecos, millares de aldeanos bajaron de las montañas armados con espontones[150], arcos, venablos y hondas, y otros tantos subieron de los valles para acometer á Orlando. Cual suele adelantarse por la salobre orilla la ola empujada por el Austro, que al principio parece que juguetea, y en pos de ella avanza la segunda aumentando en volúmen, y á esta sigue la tercera con más fuerza, siendo cada vez mayor la cantidad de agua que deja impresas sus huellas en la arena, del mismo modo iba engrosando aquella multitud irritada, que desde lo alto de los peñascos y desde el fondo de los valles se precipitaba contra Orlando.

El Paladin tendió á sus piés á dos grupos de diez personas cada uno que le atacaron desordenadamente: los demás juzgaron conveniente, al ver tan terrible ejemplo, mantenerse para mayor seguridad á cierta distancia. En vano era que le lanzaran venablos y toda clase de proyectiles; ninguno de estos podia hacer brotar su sangre, por ser aquel héroe invulnerable, gracia que el Rey del cielo le concedió para que protegiera mejor su santa Fé. Aquel dia estuvo Orlando á punto de morir si la muerte hubiera tenido algun dominio sobre él: aquel dia pudo muy bien conocer á lo que se exponia abandonando su espada, y queriendo mostrarse tan audaz como siempre, á pesar de no ir defendido por su armadura.

La multitud empezó á retirarse, al ver la inutilidad de sus esfuerzos; y Orlando, al hallarse solo, siguió el camino de una aldea inmediata. No encontró en ella un solo ser viviente, porque todos sus habitantes, viejos y jóvenes, la habian evacuado por temor, abandonando al huir las modestas provisiones, propias de su sencilla vida pastoril. Sintiendo, en medio de su furor insano, los crueles efectos del hambre, arrojóse el Conde sobre los primeros víveres que le vinieron á la mano, devorándolos crudos ó cocidos en un momento, sin observar diferencia alguna entre el pan y las bellotas.

Siguió vagando despues por la comarca, y cazando á los hombres lo mismo que á las fieras; en sus correrias por los bosques se apoderaba de las ágiles cabras ó de los ligeros gamos; con frecuencia atacaba á los osos y á los javalíes, á quienes derribaba con su brazo desnudo y desarmado; y más de una vez, calmó su apetito insaciable con la carne y todos los despojos de estas fieras. De esta suerte recorrió la Francia en todas direcciones, hasta que un dia llegó á un puente, bajo el cual se deslizaba un rio ancho, profundo y caudaloso y de escarpadas orillas. Cerca de él se levantaba una torre, desde la cual se dominaba todo aquel país hasta los más lejanos horizontes. En otra parte oireis lo que allí hizo: ahora es preciso que os hable de Zerbino.