Despues de la partida de Orlando, se detuvo algun tiempo el príncipe de Escocia, y siguió más tarde el mismo sendero por donde se habia alejado el Paladin, llevando su caballo al paso. No creo que anduviese más de dos millas, cuando vió que dos guerreros completamente armados se adelantaban, custodiando á un caballero atado sobre un pequeño caballejo. Tanto Zerbino, como Isabel, conocieron al prisionero en cuanto estuvo cerca de ellos. Era Odorico de Vizcaya; aquel caballero desleal, á quien Zerbino eligió entre todos los suyos para confiarle á su amada, que fué lo mismo que confiar al lobo la custodia del cordero, esperando que en aquella ocasion le daria una nueva prueba de la lealtad con que siempre le habia servido. Precisamente entonces iba Isabel refiriendo á Zerbino los pormenores de aquel suceso, dándole cuenta de su salvacion en un esquife, antes de que se sumergiera la nave; de la violencia que con ella habia usado Odorico, y de su cautiverio en la gruta de los bandidos. Aun no habia llegado al término de su relato, cuando vieron que traian cautivo á aquel malandrin. Los dos guerreros que llevaban preso á Odorico, conocieron á su vez á Isabel y supusieron que el caballero que la acompañaba debia de ser su amante y su señor al mismo tiempo; de lo cual se cercioraron tan pronto como vieron pintado en el escudo el antiguo blason de su ilustre raza, y conocieron, al contemplar más fijamente el rostro de Zerbino, que habian sospechado la verdad.
Echaron pié á tierra, y se dirigieron presurosos hácia el Príncipe con los brazos abiertos, abrazándole donde se abraza á los personajes de estirpe real, con la cabeza descubierta é hincados de hinojos. Contemplando Zerbino á uno y otro, conoció que eran Corebo el Vizcaino y Almonio, á quienes habia hecho pasar á bordo del buque que mandaba Odorico. Almonio le dijo:
—Ya que á Dios place (gracias le sean dadas) que Isabel esté contigo, comprendo, Señor mio, que nada nuevo podré decirte con respecto al motivo de venir encadenado ese infame: supongo que mi señora, que ha sido la más ofendida por él, te habrá narrado todo lo acontecido: debes por lo mismo saber cómo se burló de mí ese traidor alejándome con un pretesto cualquiera, y cómo fué herido Corebo por defender á su señora. Pero como Isabel no vió ni oyó lo que sucedió despues de mi regreso, y por lo tanto, no habrá podido referírtelo, voy á manifestártelo en pocas palabras.
»Volvia yo presuroso desde la ciudad á la playa con los primeros caballos que logré encontrar, y trataba de descubrir el lugar en que habian quedado mis compañeros, cuando al llegar á la orilla del mar y al sitio en que los habia dejado, no ví más que sus huellas recientemente impresas en la arena. Las seguí y me llevaron á un espeso bosque; apenas habia penetrado en él cuando llegaron á mis oidos gemidos lastimeros, y hallé á Corebo tendido en el suelo. Preguntéle qué habia sido de la dama y de Odorico, y quién le habia puesto en aquel estado; y en cuanto supe lo ocurrido, me puse en seguimiento del traidor, buscándolo por todas las revueltas del bosque, sin que á pesar de mis pesquisas, me fuera posible encontrarlo en todo el dia. Volví al lado del herido, que habia empapado el terreno con su sangre hasta tal punto, que de permanecer allí un poco más, no hubiese tenido necesidad de médicos ni lecho para curarse, sino de una huesa y de sacerdotes y frailes para enterrarlo. Hice que le trasladaran desde el bosque á la ciudad, y le instalé en una hostería, cuyo dueño, amigo mio, logró curarlo al poco tiempo, merced á sus cuidados y á los de un experto cirujano. Provistos despues de armas y caballos, Corebo y yo continuamos buscando á Odorico, á quien encontramos por fin en la corte de Alfonso de Vizcaya, donde le obligué á aceptar el reto que le dirigí. La justicia del Rey, que me concedió franco espacio para la lucha; la razon que me asistia, y además de la razon, la Fortuna que proporciona la victoria á quien mejor le parece, me auxiliaron tanto, que el traidor pudo menos que yo, por lo cual quedó prisionero mio, y el Rey, luego que tuvo conocimiento de su crímen, me autorizó para hacer de él cuanto me pareciese. No he querido darle la libertad ni la muerte, sino llevarle atado por todas partes, como ves, prefiriendo que tú lo juzgaras, y decidieras si debe perecer ó sufrir otro castigo. Habiendo oido decir que estabas en el campo de Carlomagno, hemos venido hasta aquí con el deseo de encontrarte. ¡Doy á Dios fervientes gracias por haberte hallado en un sitio en que no lo esperaba! Doyle tambien gracias al ver que te ha restituido, no sé cómo, á tu Isabel, de quien no creia que volvieses á tener noticias, á consecuencia del crímen de ese infame.»
Zerbino prestó atento oido á la narracion de Almonio sin interrumpirle, y al mismo tiempo sin apartar la vista de Odorico: era menor su odio que su sentimiento por ver tan mal recompensada su amistad. Luego que Almonio hubo acabado su relato, Zerbino permaneció mucho tiempo pensativo y silencioso, considerando que le habia hecho traicion de un modo tan manifiesto el hombre que menos motivos tenia para obrar así: lanzando por último un hondo suspiro, que puso fin á su prolongada admiracion, preguntó al prisionero si era cierto cuanto Almonio habia referido. El infame se dejó caer de rodillas en tierra, y exclamó:
—Señor, cuantos en el mundo viven, pecan ó yerran: el bueno solo se diferencia del malvado en que este sale vencido en todas las guerras que le mueven sus menores pasiones, mientras que el otro recurre á sus armas y se defiende; mas si el enemigo es fuerte, tambien queda rendido. Si me hubieses confiado la defensa de una de tus fortalezas, y al primer asalto del enemigo le hubiese dejado plantar en ella su bandera sin resistirme, seria justo que se me imprimiera en la frente el estigma de la cobardía, ó de la traicion, que es peor; pero si me hubiese visto obligado á ceder ante la fuerza, estoy seguro de que no recaeria sobre mí vilipendio alguno, sino gloria y merecimientos. Cuanto más poderoso es el enemigo, tanto más aceptable es la excusa de una derrota.—Es cierto que debí guardar mi fé del mismo modo que una fortaleza rodeada de murallas; pero aun cuando puse todo mi conato en conservarla con el cuidado y la inteligencia de que me dotó la Providencia divina, sucumbí al fin, vencido por un asalto irresistible.
Así habló Odorico, y como seria prolijo reproducir las palabras que añadió, me limitaré á deciros que continuó empleando los argumentos más persuasivos para demostrar que cedió á una tentacion irresistible, y que si cometió aquella falta, lo hizo vencido por un poder superior á él. Si los ruegos han logrado alguna vez enternecer un corazon irritado; si las palabras más humildes y suplicantes han obtenido el resultado apetecido, entonces debieron conseguirlo; pues Odorico halló en su mente las más á propósito para ablandar el corazon más duro. Zerbino permanecia indeciso, no sabiendo si deberia perdonar ó vengar aquella injuria: la gravedad del delito le aconsejaba que arrancara la existencia al culpable; pero el recuerdo de la estrecha amistad que por tanto tiempo se habian profesado, apagó con el agua de la compasion la cólera que en su pecho ardia, y le indujo á perdonarle.
Mientras Zerbino estaba ocupado en reflexionar si daria la libertad, ó se llevaria cautivo al amigo desleal, ó bien si se privaria de su presencia por medio de la muerte, ó le condenaria á pasar la vida entre tormentos, llegó relinchando el corcel que asustó Mandricardo con sus gritos despues de haberle quitado la brida, llevando sobre su lomo á la vieja por quien Zerbino habia estado á punto de perecer. Atraido el palafren por los relinchos de los otros, se mezcló entre ellos, arrastrando consigo á la vieja, que en vano lloraba y pedia socorro. Al verla Zerbino, elevó al cielo su mano en accion de gracias, por mostrarse con él tan benigno que en un mismo dia entregaba á su merced aquellos dos seres para quienes solo odio debia abrigar su corazon. Zerbino hizo detener á la vieja hasta tanto que decidiera de su suerte: primeramente pensó cortarle la nariz y las orejas para escarmiento ejemplar de los malvados: luego le pareció mejor exponer su cuerpo á la voracidad de los buitres. Despues de haber vacilado entre diferentes géneros de suplicios, se decidió por último y volviéndose á sus compañeros, les dijo: