Entre tanto Zerbino habia reunido todas las armas, y colgándolas de un pino, formó con ellas un bello trofeo: deseoso despues de impedir que se las apropiara algun caballero del país ó transeunte escribió en el verde tronco estas lacónicas palabras:
Armadura del paladin Orlando.
Como si quisiera decir: «Nadie las toque, si no se siente con brios para medirse con Orlando.»
Acababa apenas de poner fin á tan laudable obra, y ya se disponia á montar á caballo, cuando llegó el altanero Mandricardo; y al ver el pino engalanado con las gloriosas reliquias, preguntó al Príncipe el orígen de aquel trofeo, y Zerbino le refirió la verdad tal como la habia oido. Gozoso el rey pagano, no perdió tiempo; acercóse presuroso al pino, y se apoderó de la espada exclamando:
—Nadie puede censurarme por esta accion: tiempo ha que me pertenecia este acero, y por lo mismo, me asiste un perfecto derecho para tomar posesion de él donde quiera que lo encuentre. Orlando se ha fingido loco y lo ha abandonado, sin duda por no sentirse con valor suficiente para defenderlo; mas aun cuando oculte su cobardía bajo tan ridículo pretexto, esa no es una razon para que yo deje de hacer uso de un derecho legítimo.
—No la toques, gritó Zerbino, ó reflexiona que no te apoderarás de esa espada sin batirte conmigo. Si has adquirido del mismo modo las armas de Héctor, bien puede decirse que las has robado, y no que han sido el premio de tu denuedo.
Sin añadir una sola palabra, corrieron á atacarse el uno al otro, con igual esfuerzo y valentía; y apenas habia empezado la lucha, cuando resonó el aire con el estruendo de cien golpes. Rápido como el rayo, esquivaba Zerbino todos los golpes de Durindana, y hacia saltar acá y allá á su corcel como un gamo, buscando el terreno más firme. Harto necesaria le era su agilidad; pues si dejaba que le alcanzase un solo tajo de aquel acero, habria ido bien pronto á reunirse con los enamorados espíritus que pueblan la selva de los frondosos mirtos[151]. Así como el perro ágil ataca al cerdo, que vaga por el campo separado de la piara, y va dando vueltas en torno suyo, saltando y brincando, mientras espera una ocasion para acometerle, del mismo modo Zerbino seguia con la vista todos los movimientos del acero enemigo, y heria y huia á un tiempo mismo, procurando atacar y defenderse de suerte que no peligraran su vida ni su honra.
Por su parte el Sarraceno, siempre que dejaba caer su espada, de lleno ó en vago, lo hacia con tal fuerza, que cada uno de sus golpes silbaba como el viento Norte cuando sopla impetuoso durante el mes de Marzo entre dos montañas, y azota los árboles de una frondosa selva, ora obligándoles á inclinar sus pobladas copas, ora haciendo describir mil círculos por el aire á sus ramas destrozadas.
Por más que Zerbino logró esquivar y huir multitud de golpes, no pudo al fin evitar que le alcanzara un gran fendiente, que pasando entre la espada y el escudo, le dió en el pecho. A pesar de que el peto, la malla y la coraza eran muy dobles y de excelente temple, cedieron del mismo modo al filo de la espada, que bajó rajando cuanto encontró á su alcance, así la armadura como el arzon y hasta el arnés. Si Durindana hubiese alcanzado al príncipe escocés más de lleno, seguramente lo habria hendido de arriba á abajo como una caña; pero penetró tan poco en la carne, que solo desgarró la piel: sin embargo, la herida, á pesar de no ser profunda, era tan larga que mediria más de un palmo: la humeante sangre de Zerbino tiñó su luciente armadura con una lista roja, que le llegaba á los piés. Del mismo modo he visto dividir un tejido de plata con una cinta purpúrea por la mano, más blanca que el alabastro, que á menudo me atraviesa el corazon.
De poco le valió á Zerbino su destreza, su fuerza y su audacia; pues el rey de Tartaria le aventajaba en vigor y en el excelente temple de sus armas. Aun cuando el golpe del Pagano fué más terrible en la apariencia que en sus efectos, no obstante, Isabel sintió que el corazon se le oprimia dentro del helado pecho. Zerbino, lleno de ardimiento y de valor, y encendido de ira y de despecho, empuñó su acero con ambas manos y lo descargó con toda su fuerza