Combate entre Zerbino y Mandricardo.
(Canto XXIV.)

sobre el yelmo del Tártaro. Casi quedó tendido el soberbio Sarraceno sobre el cuello de su caballo ante la violencia de aquel golpe, que le habria dividido la cabeza en dos pedazos, á no estar encantado el yelmo. Mandricardo no difirió su venganza, y sin pronunciar una sola palabra, dirigió á su adversario un furioso tajo sobre el almete, esperando hendirle hasta el pecho: Zerbino, con la vista y el pensamiento fijos en los movimientos del Pagano, volvió rápidamente el caballo hácia la izquierda; pero no tan á tiempo que consiguiera evitar aquel mandoble. El acero del Sarraceno le partió el escudo, rompió y desató el brazal, hirióle el brazo, destrozó el arnés y se corrió hasta el muslo.

En vano procuraba el príncipe de Escocia herir á su vez á Mandricardo: sus esfuerzos no tenian el menor resultado, y apenas si dejaba impresas las huellas de sus golpes en la armadura de su contrario. El rey de Tartaria, por su parte, habia ya conseguido tales ventajas, que Zerbino estaba herido en siete ú ocho partes, desprovisto de escudo y medio roto el yelmo. El Príncipe escocés perdia mucha sangre; íbanle faltando las fuerzas, y sin embargo, parecia no sentirlo, porque su esforzado corazon, inaccesible á la debilidad, valia tanto que sostenia su vacilante cuerpo.

Entre tanto Isabel, pálida de terror, corrió á Doralicia, y le rogó y suplicó por Dios vivo que hiciera lo posible por poner fin á tan tremenda lucha. Doralicia, tan galante como hermosa, é incierta todavia sobre el éxito del combate, hizo de buen grado lo que Isabel le pedia, é indujo á su amante á que terminara la contienda ó la suspendiera por lo menos. Zerbino, dando oidos asimismo á su adorada, calmó su vengativa saña, y renunció á prolongar el combate, siguiendo á Isabel por donde quiso guiarle, sin terminar la comenzada empresa.

Flor-de-lís derramaba por su parte silenciosas lágrimas, al ver tan mal defendida la excelente espada del desgraciado Conde; y en su iracunda afliccion, se mesaba los cabellos. Desearia que se hubiese encargado Brandimarte de aquella empresa; por lo cual formó el propósito de referirle lo ocurrido, en cuanto llegara á encontrarle, persuadida de que entonces no se envaneceria Mandricardo por mucho tiempo de su preciada conquista. Prosiguió Flor-de-lís buscando á su Brandimarte dia y noche, alejándose cada vez más de su amante, que, como hemos dicho, se hallaba ya de regreso en Paris. Despues de dar mil vueltas por montes y llanuras, llegó á la orilla de un rio, donde vió y conoció al mísero Paladin; pero antes diré lo que le sucedió á Zerbino.

Al desgraciado caballero le parecia una falta tan grande el dejar abandonada á Durindana en poder de Mandricardo, que el dolor de haberla cometido le hacia olvidar el de sus heridas; y sin embargo, la sangre que habia salido y continuaba saliendo de ellas, apenas le permitia seguir á caballo. Apagado al poco tiempo su ardor al par de su cólera, aumentaron sus padecimientos tan impetuosamente, que se sintió próximo á fallecer. Su debilidad le impedia seguir adelante, por lo cual se detuvo junto á una fuente: al verle Isabel en aquel estado, no sabia qué hacer, ni qué decirle para prestarle un eficaz auxilio: afligida en extremo, contemplaba cómo su amante iba perdiendo la vida rápidamente, sin poder evitarlo; pues aquel sitio estaba demasiado apartado de toda poblacion, donde ir en busca de un médico que le socorriera, bien por compasion, ó por la esperanza de una recompensa.

Isabel se limitaba, pues, á gemir y llorar en vano, y á increpar duramente al cielo y la fortuna exclamando:

—¡Ay desventurada! ¿Por qué no quedé sepultada entre las olas, cuando desplegué mis velas por el Océano?