Zerbino, á quien afligian más las lágrimas de Isabel que la pasion tenaz y dura que le habia puesto á las puertas de la muerte, fijó en ella sus lánguidas miradas, y le dijo:

—¡Ah corazon mio! así te dignes amarme aun despues de mi muerte, como es cierto que lo único que amarga mis últimos momentos, no es la idea de perder la vida, sino la de dejarte aquí abandonada y sin guia. ¡Ah! si en el momento de exhalar mi último suspiro, supiera que quedaba segura tu existencia, moriria feliz, contento y sumamente dichoso, puesto que muero en tus brazos. Pero ya que mi destino inícuo y fiero quiere que te abandone sin saber en qué manos caerás, juro por esa boca, por esos ojos y por esos cabellos, entre los que quedé prendido, que bajo desesperado á los Infiernos, y que todos sus tormentos más crueles no lo serán tanto como el que me causará el recuerdo de haberte dejado sin proteccion.

A estas palabras respondió la tristísima Isabel inclinando su rostro bañado en llanto, y uniendo sus labios á los de Zerbino, descoloridos y lánguidos como la rosa que se marchita en su tallo por no haber sido cogida oportunamente:

—No te figures, vida mia, que harás sin mí tu final partida: ¡oh! no lo temas, corazon mio, pues estoy dispuesta á seguirte al Cielo ó al Infierno. Es preciso que nuestras almas se separen al mismo tiempo de nuestros cuerpos, y que vuelen juntas á la eternidad. En cuanto cierres los ojos, sucumbiré bajo el peso de mi dolor, ó si este no es bastante intenso para matarme, te prometo atravesarme hoy mismo el corazon con esa espada. Abrigo una gran esperanza de que nuestros cuerpos serán más felices despues de la muerte que en vida; pues quizá algun transeunte, movido á compasion, nos sepultará reunidos en una misma tumba.

Mientras así decia, iba recogiendo en su boca los últimos suspiros que la muerte arrancaba á Zerbino, ansiosa de aspirar hasta su más imperceptible soplo. Zerbino, esforzando su débil voz, le dijo:

—Te ruego y te suplico, ídolo mio, por aquel amor de que me diste pruebas al abandonar por mí el techo paterno, y te lo ordeno tambien, si así puedo hacerlo, que respetes tu existencia hasta que Dios tenga á bien disponer de ella, y conserves eternamente el recuerdo de que te he amado cuanto es posible amar en este mundo. No dejará el Señor de acudir en tu auxilio para librarte de todo ultraje, como acudió cuando para sacarte de la cueva envió en tu ayuda al Senador romano, y como te socorrió en el mar, y te libró de las violencias del criminal Odorico. Si solo la muerte puede algun dia salvar tu honra, entonces elige de dos males el menos funesto.

No creo que pudiera pronunciar estas últimas palabras de un modo bastante distinto para que Isabel las oyera; pues se extinguió su vida, como se extingue una bujía ó la luz de una lámpara privada de aceite. ¿Quién podria reproducir el inmenso dolor de la jóven, al ver á su amante pálido, rígido y frio como el hielo, tendido en sus brazos? Dejóse caer sobre el ensangrentado cadáver, y lo inundó con sus copiosas lágrimas, prorumpiendo en tales lamentos, que sus ecos se perdian á gran distancia por el bosque y la campiña: golpeábase el pecho y las mejillas; se mesaba lastimosamente sus rubios y ensortijados cabellos, y pronunciaba sin cesar el nombre de Zerbino. Su inmenso dolor, llevado hasta los últimos límites, degeneró en tal furor é ira tanta, que, olvidando las últimas órdenes de su amante, habria dirigido contra su propio pecho el acero homicida, si no corriera hácia ella, estorbando su criminal intento, un eremita que acostumbraba pasear con frecuencia desde su cercano retiro hasta la fresca y cristalina fuente. Este venerable anciano reunia á una gran bondad una prudencia natural, y era además caritativo en extremo, modelo de virtud y de elocuencia.

Aproximándose á la afligida jóven, empezó á dirigirle las frases más persuasivas y eficaces, exhortándola á la paciencia, y le presentó, como espejo en donde debia mirarse, el ánimo, y la resignacion de las mujeres del Antiguo y Nuevo Testamento. Le hizo comprender despues, que tan solo en Dios se hallaba la verdadera felicidad, y que todas las esperanzas mundanales eran rápidas, frágiles y transitorias. Tan elocuentemente habló al corazon de Isabel, que consiguió por último distraerla de su resolucion cruel al par que obstinada, haciéndole además formar el proyecto de consagrar el resto de sus dias al servicio de Dios; pero sin olvidar por ello el profundo amor que por su amante sintiera, ni abandonar tampoco sus restos mortales, de los que habia decidido no separarse nunca, llevándoselos consigo á todas partes y permaneciendo dia y noche junto á ellos.

Auxiliada por el eremita, que era robusto y fuerte, á pesar de su edad, colocaron el cuerpo de Zerbino sobre su caballo, y vagaron muchos dias por aquellas selvas. El prudente anciano no habia querido ofrecer á la bella jóven un asilo en su retiro solitario, fabricado en una selvática gruta, por temor de encontrarse enteramente solo con ella.—«Es harto peligroso, decia entre sí, tener á un tiempo en la mano la paja y la antorcha.»—No fiándose tampoco en su edad y su prudencia hasta el punto de intentar una prueba tan arriesgada, pensó que lo mejor seria acompañarla á Provenza, donde junto á un castillo próximo á Marsella, existia un monasterio riquísimo, agradablemente situado, y famoso por la religiosidad de sus moradoras. Para transportar hasta allí al difunto caballero, habia colocado su cadáver en una caja, bastante larga, capaz y embreada, que le proporcionaron en un castillo.