Anduvieron durante muchos dias por diferentes paises, eligiendo siempre los senderos menos frecuentados, á fin de evitar el encuentro de los muchos soldados que, por estar en guerra la Francia, circulaban por do quiera. Desgraciadamente, llegaron á un sitio en que los cerró el paso un caballero, dirigiéndoles los mayores ultrajes y los insultos más groseros, de lo cual me ocuparé cuando sea oportuno; pues ahora debo volver al Rey de Tartaria.

Una vez terminada la pelea del modo que he referido, púsose el jóven á descansar de sus fatigas á la sombra de los árboles y á la orilla del arroyuelo, despues de haber quitado la silla y el freno á su corcel, dejándole que paciera libremente las tiernas yerbecillas del prado. Apenas se habia recostado sobre el césped, cuando vió á lo léjos un caballero que desde lo alto de una colina se dirigia á la llanura. En cuanto Doralicia levantó la vista para mirarle, le conoció, y exclamó, designándolo á Mandricardo:

—Ese es, si no me engaña la distancia, el soberbio Rodomonte. Estoy segura de que desciende de esa colina para reñir contigo: esta es, pues, la ocasion más oportuna de mostrar tu valor. Como le estaba prometida en matrimonio, ha considerado mi rapto como un sangriento ultraje y viene decidido á vengarse.

Cual un intrépido azor, que, al ver aparecer la paloma, la perdiz, la chocha, el ánade ú otra ave semejante, levanta la cabeza, y se pone erguido y arrogante, así tambien Mandricardo se apresuró á enjaezar su corcel, esperando alegre y deseoso de pelear á Rodomonte, como si ya contase por suya la victoria, con el pié afirmado en los estribos y las bridas en la mano. Cuando estuvieron tan próximos que podian oir distintamente sus altaneras palabras, empezó el Rey de Argel á amenazar al Tártaro con la cabeza y con la mano, gritándole que no tardaria en castigar la audacia con que, por un temerario capricho, habia osado provocar á un guerrero que no dejaba impune la menor injuria. Mandricardo respondió á tales amenazas:

—Es en vano que intentes infundirme miedo con amenazas, las cuales solo sirven para asustar á las mujeres, á los niños ó á los que no saben manejar el acero, Pero yo, para quien el mejor descanso es la pelea, las desprecio y estoy pronto á probártelo á pié, á caballo, con ó sin armas, y lo mismo en campo abierto, que en palenque cerrado.

Pronto pasaron de las amenazas, de los ultrajes y demostraciones de su ira, á las estocadas y al terrible estridor de los golpes, semejantes al viento que empieza por soplar con hálito apenas perceptible, y aumenta gradualmente su fuerza, sacudiendo primero las copas de los fresnos y las encinas, y levantando despues al cielo espesas nubes de polvo, hasta que concluye por arrancar de raiz, los árboles y derribar las casas, causando naufragios en el mar, y haciendo estallar en la tierra una violenta tempestad que destruye los rebaños esparcidos por la floresta. Los animosos corazones y extraordinarias fuerzas de los dos paganos, que no tenian iguales en el mundo, hicieron que el combate fuera tan espantoso cual debia esperarse de su natural feroz. Cada vez que chocaban los aceros, la tierra se estremecia á su tremendo y formidable estrépito; sus armas despedian millares de chispas que llegaban hasta las nubes, cual si fueran infinitas lámparas de ellas pendientes.

Sin tomar aliento ni descansar un solo instante, íbase prolongando la lucha terrible de ambos reyes; uno y otro buscaban el sitio más á propósito para atravesar la armadura ó abrir la malla de su adversario, y ni el uno ni el otro cedia ó podia adelantar un paso, permaneciendo firmes en un reducido círculo, como si estuviesen rodeados de fosos y murallas, ó les costara demasiado cada pulgada de terreno. Uno de los infinitos golpes que el Tártaro descargó á dos manos sobre el Rey de Argel le alcanzó en la frente y le hizo ver mil relámpagos girando en su derredor. Privado por un momento de sus fuerzas el Africano, cayó de espaldas sobre la grupa de su caballo, perdió los estribos y estuvo á punto de medir el suelo en presencia de la mujer á quien tanto amaba. Pero así como un excelente arco de fino acero se endereza tanto más impetuosamente cuantos más esfuerzos se han hecho para encorvarlo, causando mayor daño del que ha recibido, de igual modo se enderezó el Africano y descargó sobre su enemigo un golpe mucho más violento, que alcanzó al hijo del Rey Agrican en el mismo sitio en que este hiriera á Rodomonte. Merced á su casco troyano, que le resguardó de aquella cuchillada, salió Mandricardo ileso; pero tan aturdido, que estuvo mucho tiempo sin saber si era de dia ó de noche. El airado Rodomonte, sin perder un instante, dejó caer otra vez su furiosa espada sobre la cabeza de su adversario.

Asustado el corcel del Tártaro por el silbido que despedia el acero al hendir el aire, sirvió por su mal de auxilio á su señor; pues encabritándose para huir de un salto, recibió en medio de la cabeza el tajo dirigido al ginete, y como no tenia, cual su amo, el casco de Héctor, cayó muerto en tierra. Al caer el caballo, Mandricardo, vuelto ya en sí, se puso en pié instantáneamente, y empezó á esgrimir con rapidez su Durindana. La rabia que hervia en su pecho á consecuencia de la muerte de su corcel no tardó en conocerse por sus incesantes y furiosos golpes: el africano dirigió su caballo sobre él con la intencion de derribarle; pero firme Mandricardo como el escollo combatido por las olas, resistió la acometida y derribó al caballo de Rodomonte. Apenas sintió este que su corcel caia, soltó los estribos, se apoyó en el arzon y saltó rápidamente á tierra. Igualándose de nuevo el combate, se hizo más terrible y desesperado; el odio, la ira, y la soberbia cegaban cada vez más á los dos guerreros, y la lucha iba á continuar al parecer indefinidamente, cuando llegó á toda prisa un mensajero que le puso término.

Este mensajero era uno de los muchos que habian enviado los moros por toda la Francia para llamar á sus banderas á los capitanes y caballeros, á fin de que los auxiliaran contra el Emperador de las lises de oro, el cual los tenia tan estrechamente sitiados en su campamento, que de no recibir un socorro inmediato, era segura su ruina. El mensajero conoció á los dos reyes, no solo por sus divisas y por los colores de sus sobrevestas, sino tambien por el modo de esgrimir las espadas y por los terribles golpes que sus manos eran las únicas capaces de descargar. Su cualidad de enviado del Rey no le inspiró la suficiente confianza para ponerse entre ellos, ni tampoco le pareció bastante segura la inviolabilidad de su cargo de embajador: así es que se dirigió á Doralicia, y le manifestó que Agramante, Marsilio y Estordilano, con un reducido número de guerreros, estaban asediados en su inseguro campamento por el ejército cristiano, suplicándole que se lo participara á entrambos caballeros, que procurara ponerles de acuerdo, y que les hiciera partir sobre la marcha en auxilio del pueblo sarraceno.

Doralicia se arrojó valerosamente entre ellos, diciéndoles: