La jóven empezó á hablar de esta manera:
—Prepárate á oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que se cometieron en Tebas, Argos ó Micenas, ó en cualquier otro lugar célebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hácia este que hácia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros, evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda época se han presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa continuamente en él, es además de injusto, impío. Mas dejando reflexiones aparte, te manifestaré desde luego la causa de que aquellos bandidos intentasen castigarme con el último suplicio, á pesar de mi edad juvenil, á fin de que conozcas la verdad entera.
»Niña era todavia, cuando entré al servicio de la hija del Rey, ocupando en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi señora, cuando el cruel Amor, envidioso de mi dicha, consiguió atraerme y sujetarme á sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera el más gallardo de los caballeros y el más apuesto de los donceles. Juróme él amor sin límites, y yo le amé con toda mi alma, sin reflexionar en que por más que se escuchen las palabras y se contemple el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y amando, me dejé seducir por él, sin reparar en que le recibia frecuentemente en la cámara predilecta de la bella Ginebra, donde ella guardaba sus más preciados objetos y donde dormia las más de las veces. Yo hacia que mi amante subiera á dicha estancia, colgando del balcon yo misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun tiempo junto á él, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me proporcionó la ocasion cambiando de cámara, molestada por el calor ó por el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre desapercibidas para los demás, porque hácia aquella parte del palacio habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni de noche.
»Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto nuestros desahogos amorosos; crédula yo y tan confiada en su cariño, que en mi corazon ardia cada vez con más fuerza el fuego del amor, el cual me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que él fingia mucho y amaba poco, á pesar de que más de un indicio debiera descubrirme su proceder engañoso. Llegó, sin embargo, un dia en que tuvo el atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra. Ignoro si empezó entonces este amor, ó antes de estar cansado del mio. Fácilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que no solo no le causó rubor alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rogó le ayudara en su nueva amorosa empresa. Decíame, no obstante, que su naciente pasion no era tan verdadera ni igual á la que por mí sentia, sino que, fingiendo estar enamorado, esperaba contraer un legítimo himeneo. Parecíale cosa fácil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la voluntad de esta; pues en cuanto á posicion y estirpe no habia en todo el reino otro caballero más digno, despues del monarca.
»Procuró persuadirme que, si por mi auxilio llegaba á ser yerno del Rey, estando como estaba dispuesto á encumbrarse hasta donde con respecto á su rey le es dado encumbrarse á un súbdito, confesaria que me lo debia todo, y que jamás olvidaria tamaño beneficio; añadiendo por último, que su amor hácia mí seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera alcanzar.
»Yo, dedicada constantemente á satisfacer sus menores deseos, no supe ó no quise contradecirle nunca, teniéndome por verdaderamente feliz el dia en que podia complacerle: así es que, siguiendo sus insinuaciones, aproveché cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de él y de encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que Ginebra correspondiese á la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice cuanto me dictó mi corazon ó mi cabeza mientras me fué posible; pero nunca alcancé de Ginebra una respuesta satisfactoria para las aspiraciones del Duque; pues mi jóven señora tenia á su vez todos sus pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un caballero apuesto, gentil y cortés, que jóven aun, habia venido á Escocia desde Italia en compañia de un hermano suyo, con objeto de residir en esta corte. Aquel gallardo jóven adquirió pronto tal perfeccion en el manejo de las armas, que no habia otro que se le igualara en toda la Bretaña; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto era así, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y jurisdicciones, concediéndole además otras dignidades que le encumbraron al par de los principales nobles del reino.
»Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su hija; pero cuando esta conoció que el corazon del jóven ardia en vivo fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.
»Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Señora se manifestara siempre insensible á mis instancias con respecto al Duque, y que jamás me diese una respuesta que pudiera infundirle la más mínima esperanza; así es que cuanto más reiteradas eran mis súplicas en favor de mi amante, y con más entusiasmo abogaba por él, más le censuraba y aun le despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hácia él. Con frecuencia aconsejé á mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible reducir el ánimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; á cuyo fin le demostré claramente, que su pasion hácia Ariodante era tan viva, que ni toda el agua del Océano conseguiria apagar el menor átomo de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que así se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por sí mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desistió sin embargo de ella, antes bien montó en cólera y despecho, por no poder soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valiéndose de torpes maquinaciones, se dedicó á producir entre Ginebra y su amante tanta enemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no volvieran á reanudarlas: á este fin procuró hacer recaer sobre Ginebra una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.
Tomada esta determinacion, me dijo:—«Dalinda mia, (tal es mi nombre) te confieso que, así como el árbol cortado varias veces suele renacer de sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesaré que no me incita el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien me ayudes, no pudiendo llevarlo á cabo por mi solo. Deseo que una de las veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte á ella en todo y por todo; hecho esto, me echarás desde el balcon la escala; mi acalorada imaginacion verá representada en tí á la princesa con cuyo traje estarás vestida, y engañándome á mí mismo de esta suerte espero que en breve se irán amortiguando mis vehementes deseos.»
»Así dijo; y yo que no era dueña de mi razon ni de mi albedrío cuando él me pedia alguna cosa, no comprendí que lo que me acababa de proponer era un ardid de los más groseros; y cumplí exactamente sus órdenes, vistiéndome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la escala por donde él habia subido tantas veces. Cuando eché de ver el lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el daño.