»Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante, de quien habia sido íntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en rivales, y en ella se entabló la siguiente conversacion:

—«Maravíllome, empezó á decir mi amante, de que habiéndote guardado más consideraciones y querido más que á todos los de nuestra clase, tan mal hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que estoy decidido á pedirla por esposa á mi soberano. ¿Por qué, pues, te atraviesas en nuestro camino? ¿Por qué te has de obstinar en obsequiarla, á pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que respetaria tu felicidad.

—«Mayor asombro me causa tu conducta, replicó Ariodante, pues ni siquiera habias visto tú á Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia. Además, me consta que no ignoras cuán grande es nuestro mútuo amor, tan ardiente como el que más; que sus deseos más vehementes se cifran en ser mi esposa, y tambien me consta que estás perfectamente enterado de que no te ama. ¿Por qué, pues, no has de guardar á mi amor ese respecto que nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cariño más que á mi? Abrigo, como tú, la esperanza de poseer la mano de Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores á las mias, no soy menos apreciado del Rey que tú, y en cambio soy más amado por su hija.

—«¡Oh! exclamó el Duque: ¡en qué error tan grande te ha hecho incurrir tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo tanto es preciso apelar á las pruebas. Dame cuenta, con toda sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelaré ingénuamente todos mis secretos con respecto á este amor, y aquel de los dos que haya sido el menos favorecido, cederá el puesto al vencedor, y procurará consolarse con otros amores. Pronto estoy á jurarte que no diré jamás una palabra de lo que me reveles, si así lo deseas: en cambio espero que á tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga.»

»Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual, Ariodante tomó la palabra para referir al Duque la historia de sus amores. Participóle con entera franqueza y sin apelar á viles mentiras, que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jamás consentiria en dar su mano á otro que á él; que en el caso de que el Rey su padre se opusiera á sus deseos, ella le aseguraba y le prometia oponerse á su vez á todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias en la soledad. Añadió Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones, así como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey y de su patria, para hacerse tal lugar en el ánimo de su señor que llegara á tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.

»Despues añadió:

—«Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue á conseguir lo que yo; no procuro alcanzar más, ni deseo testimonio más irrecusable del amor de Ginebra; así como tampoco aspiro á mayor premio hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legítimo himeneo; pues, por otra parte, estoy convencido de que seria completamente inútil solicitar nuevos favores á pesar de la extremada bondad de mi adorada.

»Así que el verídico y leal Ariodante concluyó de manifestar el galardon que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia propuesto enemistarlo con Ginebra, empezó á hablar de esta suerte:

—«Veo que estás mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte convenir en ello, y más aun, obligarte á confesar que soy el verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que á mi amor acompañan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cariño ni estimacion alguna, limitándose á alimentarte de vanas esperanzas y palabras: además de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor á necedad y se mofa de él. En cuanto á mí, recibo con frecuencia pruebas de su ternura, más tangibles y terminantes que ridículas promesas; pruebas que te revelaré fiando en tu juramento, si bien haria mejor en callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro, seis, y á veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las voluptuosidades del amor. Por esto podrás comprender si los favores que hasta ahora has recibido pueden igualarse á los que yo alcanzo continuamente. Cédeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra parte, ya que soy el más afortunado de los dos.