Apenas se encontró el Hipogrifo tan cerca de la tierra, que el salto desde él no ofreciera peligro, se deslizó Rugiero precipitadamente de la silla y puso el pié sobre el esmaltado césped. No abandonó, sin embargo, las riendas, y para impedir que su corcel tornara á remontar el vuelo, lo ató al tronco de un mirto que crecía en aquella costa entre un laurel y un pino. En seguida se dirigió hácia donde brotaba un manantial de trasparentes aguas, rodeado de cedros y de fecundas palmas; dejó el escudo, quitóse el yelmo y las manoplas; y volviendo el rostro, ora hácia la playa, ora hácia los montes, se puso á aspirar con delicia el ambiente embalsamado de aquellas frescas y puras auras, que agitaban con dulce murmullo las elevadas cimas de los abetos y de las hayas. Refrescó luego sus ardientes labios en el agua límpida é incitante del arroyo, y metiendo despues en él las manos, la estuvo agitando durante largo rato á fin de mitigar el calor que sentia en sus venas cansado por el contínuo peso de la armadura. Debia sentirse en efecto abrasado de calor y abrumado de cansancio, si se atiende á que habia atravesado, siempre corriendo y completamente armado, más de tres mil millas de distancia.

De pronto el caballo, que habia dejado atado á la sombra de una espesa enramada, se encabritó procurando huir espantado de un objeto que proyectaba su sombra por el bosque, é hizo plegarse de tal modo al mirto á que estaba ligado, que las hojas de la copa rodearon todo el tronco, alfombrando el suelo al desprenderse; no obstante, le fué imposible romper sus ligaduras. Así como cuando se pone en el fuego un tronco falto de sávia y que tiene seco el corazon, se nota que el aire encerrado en su interior va dilatándose por medio del calor, haciendo que el leño empiece á dar chasquidos y á resonar con estrépito, hasta que aquel se abre un camino para escapar, del mismo modo se puso á murmurar, á rechinar y retorcerse el ofendido mirto, hasta que por último abrió la boca, y con triste y débil voz pronunció distinta y claramente estas palabras:

—Si eres tan piadoso y cortés como lo indica tu gallarda presencia, aparta este animal de mi tronco; harto grande es ya el dolor que me atormenta, para que otras penas y otros dolores vengan á aumentarlo.

Apenas oyó Rugiero los primeros acentos de aquella voz, volvió el rostro hácia el sitio de donde procedia y levantóse precipitadamente, y cuando se cercioró de que salian del árbol, quedó tan estupefacto cual nunca lo habia estado. Corrió á desatar el caballo, y cubiertas de rubor las megillas, contestó:

—Quien quiera que seas, espíritu humano ó divinidad de esta floresta, perdona mi indiscrecion. No sabiendo que bajo ruda corteza se ocultase un alma humana, me he dejado llevar del atractivo de esa hermosa enramada, cometiendo una falta con tu florido mirto. No dejes, sin embargo, de manifestarme quién eres, tú, que conservas voz y alma racional bajo un cuerpo áspero y erguido; así te preserve el cielo de las injurias del granizo! En cambio te prometo por el nombre de aquella á quien he dado la mejor parte de mi ser, que si ahora ó en cualquiera ocasion puedo prestarte algun servicio, lo haré sin vacilar, ya sea de palabras ó por obra, y de modo que tengas motivo para congratularte de mí.

Luego que Rugiero hubo concluido de proferir estas palabras, empezó á temblar el mirto desde sus raices hasta la copa; despues cubrióse la corteza de un sudor semejante al que se desprende de una rama verde cuando empieza á sentir el calor del fuego, del que por algunos momentos le habia preservado su natural humedad, y contestó:

—Tu cortesía me induce á revelarte á un tiempo mismo quién fuí yo, y quién me ha convertido en este mirto que ves colocado á orillas del mar. Astolfo fué mi nombre, y yo fuí un guerrero francés muy temido en la guerra: primos mios eran Reinaldo y Orlando, cuyo renombre no conoce límites, y esperaba suceder á mi padre Oton en el trono de Inglaterra. Fuí tan galan y enamorado, que causé la desesperacion de más de una dama; pero al fin solo yo salí perjudicado. Volvia de aquellas apartadas islas que baña en Oriente el mar Indico, donde habíamos permanecido largo tiempo encerrados en oscuros calabozos Reinaldo y yo con otros caballeros, hasta que el poderoso esfuerzo de Orlando nos devolvió la libertad, é íbamos siguiendo en direccion á Occidente las arenosas costas azotadas con frecuencia por el viento Norte, cuando una mañana, impulsados quizá por nuestro cruel destino, saltamos en tierra en una hermosa playa, donde se elevaba el castillo de la poderosa Alcina, á quien encontramos fuera de su fortaleza, y sentada sin compañia alguna en una roca, desde la cual hacia salir á la orilla todo cuanto pescado se le antojaba, sin necesidad de redes ni anzuelos. Hácia la playa se dirigian veloces los delfines; los pesados atunes acudian á ella con la boca abierta, lo mismo que los becerros marinos, que aun no habian logrado sacudir su perezoso sueño; y los sargos, las rayas, los barbos, y los salmones que nadaban con toda la velocidad de que eran capaces, formando prolongadas hileras: las focas, los cachalotes y las ballenas sacaban fuera del mar sus gigantescos lomos. Vimos á una de aquellas ballenas, indudablemente la mayor que hasta entonces habitara los mares, elevar su enorme espalda más de once pasos fuera de las saladas ondas. Su extraordinaria magnitud hizo que todos cayéramos en un error; pues como estaba parada y no notamos en ella movimiento alguno, la tomamos por un islote, tanta era la distancia que separaba sus dos extremidades.

»Alcina continuaba atrayendo á los peces, valiéndose de palabras misteriosas y encantadas. Alcina era hermana de la hada Morgana; pero no sé si vió la luz al mismo tiempo, ó antes ó despues que esta. La solitaria pescadora fijó su vista en mí, y sin duda hube de agradarle, pues bien lo demostró en su semblante; formó al momento el proyecto de separarme de mis compañeros con astucia y maña, y consiguió su intento. Dirigióse hácia nosotros con placentera sonrisa, y dando muestras del mayor agrado al par que reverencia, nos dijo:

—Caballeros, si os dignais aceptar hoy mi hospitalidad y mi pesca, os daré á conocer mil clases de pescados, unos escamosos, otros de lisa piel y otros cubiertos de pelo tosco, todos de formas variadas y más numerosas que las estrellas del cielo; y si os place ver una sirena, cuyo dulce canto aplaca el furor del mar tempestuoso, pasemos desde aquí hasta aquella orilla, donde suele dejarse ver á estas horas.

»Y al decir esto nos designaba aquella ballena, que, segun he dicho, parecia una isla. Yo, que siempre fuí voluntarioso y temerario, ¡harto me pesa! salté sobre la ballena, á pesar de que Reinaldo y Dudon me hacian señas en contrario. La hada Alcina saltó tras de mi con risueño semblante y sin cuidarse de mis dos compañeros, mientras que la ballena, desempeñando diligente su cometido, se alejó surcando velozmente las aguas. Pronto me arrepentí de mi impremeditacion; pero cuando conocí el engaño, ya estaba muy apartado de la orilla. Reinaldo se arrojó al mar y se esforzó en nadar cuanto pudo para auxiliarme; pero habiéndose levantado un viento furioso que cubrió de sombras el cielo y el piélago, quedó casi sumergido. Ignoro completamente lo que despues le aconteció.