»Alcina procuró solícita tranquilizarme: todo aquel dia y la noche siguiente continuamos navegando sobre aquel mónstruo, hasta que llegamos á esta hermosa isla, cuya mayor parte posee Alcina por habérsela usurpado á una hermana suya á quien su padre dejó por heredera de todos sus dominios por ser la única legítima; pues Alcina, y Morgana son fruto de un amor incestuoso, segun me ha revelado quien lo sabe positivamente. Estas dos hermanas son pérfidas é inícuas, y están poseidas de los vicios más feos é infames, mientras que la otra, viviendo castamente, ha cifrado toda su dicha en la virtud. Contra ella se han conjurado las dos, y han armado más de un ejército para arrojarla de la isla, habiéndole arrebatado en diferentes veces más de cien castillos. Ya no le quedaria un palmo de tierra á Logistila, que así se llama la mejor de las tres, si no estuvieran sus posesiones separadas de las de Alcina por un golfo y una montaña salvaje, del mismo modo que Inglaterra y Escocia están divididas por un monte y un rio; á pesar de esto, Alcina y Morgana no quedarán satisfechas hasta que hayan despojado á su hermana de lo poco que aun le queda. Los crímenes y vicios que á las dos mancillan no pueden sufrir el eterno reproche que la castidad y virtud de Logistila les dirije.

»Pero volviendo á mi interrumpido discurso, para que sepas cómo fuí convertido en planta te diré que Alcina, abrasada enteramente por mi amor, me colmaba de delicias y atenciones; yo, por mi parte, al contemplarla tan bella y obsequiosa, no pude menos de corresponder á su pasion. Extasiado ante los placeres que la posesion de la hermosa Alcina me proporcionaba, pareciame que en ella estaba reunido todo el bien que tan repartido se halla entre los mortales, tocando á unos mucho, á otros menos y á ninguno demasiado. A su lado me olvidaba por completo de Francia y de todo, dedicado exclusivamente á contemplar su rostro; todos mis pensamientos, todos mis proyectos iban á parar á ella y no pasaban más adelante. En cuanto á Alcina, su pasion era tal vez mayor que la mia: todo lo habia abandonado por consagrarse á mí, y por mí habia despreciado á los varios amantes á quienes correspondia antes de conocerme. Confidente yo de sus más íntimos pensamientos, no se apartaba de mi lado ni de dia ni de noche: yo era el que á todos dictaba órdenes con aquiescencia y por encargo de mi amada; solo á mí daba crédito, de mí se aconsejaba, y por último con nadie hablaba más que conmigo.

»¡Ah! ¿Por qué voy renovando mis heridas, cuando no espero remedio alguno para cicatrizarlas? Por qué he de evocar el recuerdo de un perdido bien, cuando me encuentro en tan extrema desdicha! Cuando más feliz me contemplaba y estaba más persuadido de que el amor de Alcina iria aumentando, me arrebató el corazon que me habia dado y echóse en brazos de otro amante. Tarde conocí por mi desgracia su veleidoso genial, acostumbrado á amar y á olvidar á un tiempo mismo. Apenas habian trascurrido dos meses, cuando terminaba mi reinado: aquella voluble hada me apartó desdeñosamente de su lado apenas hube perdido su gracia. Despues he sabido que del mismo modo habia tratado á otros mil amantes, y á fin de evitar que vayan publicando por el mundo los secretos de su vida lasciva, puebla este fértil terreno con aquellos desgraciados, convirtiéndolos en abetos, olivos, palmas, cedros ó en el arbusto en que está encerrada mi alma: á muchos de ellos los transforma en fuentes, y en fieras á algunos, como mejor cuadra á tan caprichosa y altiva hada.

»Ahora bien ¡oh tú! que á través de caminos inusitados has puesto el pié en esta isla fatal, para que por tu causa se vea algun amante convertido en piedra, en agua ó cosa parecida: reinarás seguramente en el corazon de Alcina, y serás el más feliz de todos los mortales; pero desde ahora te advierto, que no tardarás en llegar al amargo trance de quedar transformado en fiera, en fuente, en árbol ó en peñasco. Voluntariamente te aviso el peligro que corres, aunque no creo que esté en el deber de prestarte auxilio alguno; sin embargo, será muy conveniente que no te precipites, y que conozcas á fondo las costumbres de la hada; pues así como no hay dos rostros iguales, tampoco son iguales el ingenio y la astucia, y quizás consigas tú reparar el daño que otros mil y mil no han sabido apartar de sus cabezas.»

Rugiero habia oido decir más de una vez que Astolfo era primo de su amada, por cuya razon dolióse doblemente de verle trasformado en una planta infecunda: por amor hácia la hermosa guerrera (y así hubiese deseado que lo supiera) le habria prestado una generosa ayuda; pero en aquella ocasion no podia ofrecerle más que estériles consuelos, que le prodigó del mejor modo que supo, preguntándole despues si existia algun camino que le condujera al reino de Logistila, ya fuese por llanuras ó por cerros, con tal de que no tuviera precision de pasar por los dominios de Alcina. El árbol le contestó que en efecto existia uno, pero erizado de rocas y de barrancos, y que para encontrarlo deberia dirigirse un poco á la derecha, y subir despues hasta la pelada cima de aquella montaña agreste; pero le advirtió que no debia prometerse seguir muy adelante por aquel camino, pues forzosamente habria de tropezar con una multitud de mónstruos, que le cerrarian el paso á todo trance, y que á guisa de muralla estaban colocados allí por Alcina á fin de impedir que alguien traspusiera la montaña.

Rugiero dió las gracias á aquel mirto, y separándose de él, perfectamente instruido de lo que habia de hacer, se dirigió á donde estaba el hipogrifo, le desató, cogióle de las riendas é hizo que le siguiera á pié; pues no se atrevió á montar en él como antes, por temor de que le llevara por donde no fuera de su agrado. Mientras caminaba iba pensando en los medios de que se valdria para llegar al país de Logistila, dispuesto como estaba á intentarlo todo antes que dejarse dominar por los encantos de Alcina. Una vez se decidió casi á cabalgar en el hipogrifo y hacer su viaje por los aires; pero desistió de su intento á fin de no incurrir en una nueva imprudencia, en vista de lo rebelde que aquel corcel era al bocado y al freno.—«Yo me abriré camino á todo trance, dijo, si no me engañan mis fuerzas.»—Mas apenas habia andado dos millas, costeando la orilla del mar, cuando descubrió la hermosa ciudad de Alcina.

Veíase á lo léjos una espaciosa muralla que, formando un vasto círculo, encerraba una inmensa extension de territorio, y cuya altura casi llegaba al cielo. Toda ella parecia construida de oro, aunque no falta quien diga que era de alquimia: no sé si esta opinion será más acertada que la mia; pero su resplandor era tal, que yo sostendria siempre que era de oro. Cuando Rugiero llegó cerca de aquellos muros tan soberbios, que no tienen igual en el mundo, dejó el camino ancho, que á través de la llanura, se dirigia en línea recta hácia las puertas de la ciudad, y siguió el sendero de la derecha, que con más seguridad conducia al monte; pero no tardó en tropezar con la horrible avanzada de que ya tenia noticia, y que le interceptó furiosamente el paso.

Jamás se han visto formas más extrañas, ni rostros tan hediondos y asquerosos como los de aquel tropel de mónstruos. Unos tenian forma humana desde el cuello hasta los piés, pero su cabeza era de mono ó de gato: otros mostraban sus piés de cabra; otros eran centauros ágiles y fuertes: la fisonomia de los jóvenes era sobrado impúdica; la de los viejos estúpida y embrutecida: muchos de ellos iban completamente desnudos, y algunos cubiertos de pieles raras: estos galopaban en caballos sin freno ni silla; aquellos caminaban lentamente sobre un asno ó un buey; muchos cabalgaban á la grupa de un centauro, y no faltaba quien iba caballero en un avestruz, un águila ó una grulla. Veíanse por fin allí en confuso tropel los unos resonando sus bocinas; los otros, vaciando copas en frecuentes libaciones: las hembras estaban mezcladas con los machos, así como con los que de ambos sexos participaban: quién llevaba un garfio y una escala de cuerda, quién una barra de hierro, y quién, por último, estaba provisto de una lima sorda.

El jefe de aquella turba, de voluminoso vientre y abultado rostro, iba sentado en una tortuga que caminaba con lentitud suma. A un lado y á otro iban algunos de sus extraños guerreros, dirigiendo la marcha del animal; porque el estado de embriaguez en que se encontraba el Jefe no le permitia hacerlo por sí mismo, al paso que otros cuidaban de enjugarle la frente y la barba, y de agitar lienzos para hacerle aire.

Uno de aquellos mónstruos, que tenia cuerpo humano y cuello, orejas y cabeza de perro, empezó á ladrar á Rugiero, á fin de que retrocediera á la ciudad en que no habia querido entrar.—«No haré tal cosa, gritó el paladin, mientras mi brazo tenga fuerza para manejar este acero;»—y mostróle la espada que habia desenvainado, dirigiendo la punta contra el pecho del mónstruo. Este quiso entonces traspasarle con su lanza; pero Rugiero se precipitó rápidamente sobre él, y le atravesó el vientre de tal estocada, que el acero salió más de un palmo por la espalda. Embrazó en seguida el escudo, y á pesar de ser considerable el número de sus enemigos, empezó á repartir tajos y mandobles á diestro y siniestro, atravesando á unos, derribando á otros, y acometiendo á todos, volviéndose y revolviéndose incesantemente. Contra sus cuchilladas era ineficaz la resistencia de los almetes, escudos ó corazas, pues de cada una de ellas hendia á un enemigo hasta el cuello ó hasta la cintura; pero vióse por fin tan estrechado por todas partes, que le serian necesarios más brazos y manos que los que tuvo Briareo[34] para mantener á raya á aquel inícuo tropel de séres monstruosos, y abrirse paso á través de ellos. Si hubiese tenido la ocurrencia de descubrir el escudo del nigromante, aquel escudo que quitaba la vista, y que Atlante habia dejado pendiente del arzon de su caballo, hubiera vencido sin duda á todos sus horrendos adversarios, derribándolos á sus piés sin resistencia; pero quizá tuvo á menos echar mano de tan innoble artificio por esperarlo todo de su valor.