CANTO VIII.
Huye Rugiero de la ciudad de Alcina.—Melisa devuelve su forma primitiva á Astolfo y á sus demás compañeros de cautiverio.—Reinaldo consigue levantar ejércitos que acudan en auxilio del Santo Imperio y le saquen de su terrible apuro.—Angélica, encontrada durmiendo junto al ermitaño, es ofrecida como pasto á un mónstruo marino.—Orlando, que vé en sueños su desgracia, abandona angustiado á París.
¡Oh! ¡Cuán léjos estamos de sospechar el número de encantadores y encantadoras que existen entre nosotros, y que cambiando de rostro con sus artificios, se hacen amar de hombres y de mujeres! Y no es que alcancen este resultado evocando á los espíritus ó consultando á los astros; tan solo por medio del disimulo, del fraude y del engaño es como someten á su voluntad los corazones con indisoluble lazo. El que poseyera el anillo de Angélica, ó mejor dicho, el que estuviera dotado de discernimiento suficiente, podria distinguir perfectamente el rostro de aquellos, despojado de la máscara que les proporcionan el arte y el fingimiento. Ser habria entonces que, pareciendo hermoso y bueno, quedaria convertido en un mónstruo de fealdad y perfidia, una vez perdido el afeite y compostura de su cara. Por esto creo que fué una gran suerte para Rugiero la de poseer el anillo que lo presentó las cosas bajo su aspecto verdadero.
Segun dije antes, Rugiero, afectando el disimulo conveniente, montó en Rabican y se dirigió hácia la puerta de la ciudad completamente armado; encontró desprevenidos á los guardias, y desenvainando el acero, arremetió contra ellos, dejando muertos á unos y mal heridos á otros: cruzó enseguida el puente, hizo pedazos el rastrillo y se internó por el bosque; más á los pocos pasos tropezó con un criado de la hada. Llevaba este en el puño un ave de rapiña, á la que se divertia en hacer desplegar el vuelo todos los dias, ora hácia el campo, ora en direccion á una laguna próxima de donde regresaba siempre con alguna presa entre sus garras; iba además acompañado de un perro, y cabalgaba en un rocin de mala estampa.
Comprendiendo que Rugiero emprendia la fuga, al ver que caminaba con tanta celeridad, le salió al encuentro, y con impertinente ademan le preguntó la causa de su precipitacion. Rugiero no se dignó contestar á tal pregunta; y entonces aquel, viendo confirmadas sus sospechas, se propuso estorbar la marcha del paladin, y hacerle prisionero; para lo cual extendió el brazo izquierdo exclamando:—¿Qué dirás si te prendo inmediatamente? ¿Qué, si no llegas á poder defenderte de este pájaro?»—Y lanzó por el aire á su halcon, el cual empezó á agitar las alas con tal rapidez, que alcanzó á Rabican en su veloz carrera. El cazador saltó en seguida de su caballejo, quitóle el freno, y el animal, al verse libre, partió semejante á la flecha despedida del arco; pero mucho peor que ella, atendiendo á sus coces terribles y crueles mordeduras: el criado echó á correr tras él tan rápidamente que parecia empujado por el viento. El perro, á su vez, no quiso quedarse rezagado, sino que siguió á Rabican con la misma celeridad con que solia perseguir á las liebres en el prado.
A Rugiero le pareció vergonzoso no hacer frente á sus despreciables enemigos, y se volvió hácia el audaz cazador; pero al ver que sus únicas armas consistian en una vara que le servia para castigar á su perro, se desdeñó de desenvainar la espada. Acercósele, sin embargo, el criado de Alcina, y empezó á golpearle con la vara; mordióle el perro en el pié izquierdo; el caballo por su parte le tiró tres pares de coces, que le alcanzaron á un costado, mientras que el halcon, revoloteando en su derredor, le clavó varias veces las afiladas uñas en la carne: ante tal acometida, espantóse Rabican, y no obedeció ya al freno ni al acicate.
Rugiero, impacientado al fin con aquella lucha tan molesta como ridícula, desnudó el acero, y empezó á amenazar con el filo y con la punta al hombre y á los tres animales: pero aquella importuna turba le atosigaba cada vez más, cerrándole todos los lados del camino, y demorando de esta suerte la fuga del paladin, que consideraba irritado el perjuicio y el deshonor que recaerian sobre él si conseguian sus adversarios detenerle un poco más; pues no ignoraba que por corta que fuera su detencion, no tardaria en salir á perseguirle Alcina con todo su pueblo.
En esto empezaron á resonar los valles con el extruendo de las trompas, los atabales y las campanas. El paladin comprendió entonces que de nada le serviria esgrimir la espada contra un criado sin armas y un perro, y que seria más breve y expedito descubrir el escudo, obra de Atlante. Levantó el cendal rojo con que habia estado cubierto durante muchos dias, y la luz deslumbradora que despidió el escudo inmediatamente, hiriendo los ojos de sus adversarios, produjo el mismo efecto que tantas otras veces produjera. Perdió el cazador los sentidos; cayó el perro y el rocin, y cayeron las plumas del halcon, que no pudo sostenerse ya en el aire. Contento Rugiero con tan feliz resultado, los dejó entregados á su soporífico sueño.
Alcina en tanto habia tenido noticia de que Rugiero acababa de forzar las puertas de la ciudad dando muerte á un buen número de los que la custodiaban. Vencida por el dolor, estuvo á punto de perder el conocimiento; desgarró sus vestiduras y se golpeó el rostro, acusándose de imprevision y necedad. Sin perder un instante hizo tocar al arma y reunió en torno suyo todas sus gentes. Dividiólas en dos partes, á una de las cuales hizo seguir el mismo camino que Rugiero, haciendo que la otra se embarcara para perseguirle por el mar. Oscurecióse este en un momento bajo la sombra de tantas velas, con las cuales fué la desesperada Alcina, en quien pudo tanto el deseo de recobrar á su Rugiero, que dejó la ciudad sin defensores. En el palacio tampoco quedó guardia alguna, cuya circunstancia proporcionó á Melisa, que estaba acechando la ocasion más favorable para poner en libertad á los desgraciados que gemian en aquel país maldito, el tiempo necesario para examinarlo todo, quemar imágenes y destruir signos cabalísticos y toda clase de talismanes y maleficios. Desde allí se puso á recorrer presurosa las campiñas, haciendo que recobrara su primitiva forma aquella numerosa multitud de amantes desdeñados, que estaban convertidos en fuentes, en fieras, en árboles ó en piedras. Todos ellos, una vez libres, emprendieron el camino seguido por Rugiero, pusiéronse en salvo en los estados de Logistila, y pasaron desde allí á la Escitia, la Persia, la Grecia y la India, bajo la condicion impuesta por la Maga de ser más prudentes en lo sucesivo.