Melisa habia devuelto á Astolfo, antes que á los demás, la forma humana, en atencion á su parentesco con Bradamante y á los insistentes ruegos de Rugiero que le sirvieron de mucho: no contento con esto, el paladin entregó el anillo á Melisa, á fin de que su auxilio en favor de aquel caballero fuera más eficaz. Merced, pues, á los ruegos de Rugiero volvió Astolfo á su anterior aspecto; á pesar de lo cual creyó Melisa que su obra no estaba completa, sino le devolvia sus armas, y sobre todo aquella lanza de oro, que derribaba á todos los caballeros á su menor contacto; lanza que fué primero de Argalía, de Astolfo despues, y que tanta gloria proporcionó en Francia á uno y á otro. Melisa logró encontrarla depositada en el palacio de Alcina, y con ella las demás armas que fueron sustraidas al duque en aquella pérfida mansion. Montó despues en el corcel del moro nigromante, hizo que Astolfo subiera á la grupa, y le condujo al país de Logistila, á donde llegaron una hora antes que Rugiero.

Este guerrero caminaba en tanto al través de duras peñas y punzantes zarzas hácia el palacio de la virtuosa hada, saltando barrancos é internándose por senderos ásperos, desiertos, inhospitalarios y yermos. Despues de una marcha de las más penosas, llegó hácia la hora calurosa del mediodia á una playa situada entre el mar y una montaña, descubierta por el Sur, arenosa, desnuda, estéril y desierta. El Sol dejaba caer perpendicularmente sus encendidos rayos sobre los collados vecinos, y el vivo calor que estos reflejaban inflamaba de tal modo el aire y las arenas, que habria bastado á derretir el vidrio. Los pájaros permanecian inmóviles en la sombra; y únicamente la cigarra, oculta entre las ramas de algun árbol, ensordecia los valles, los montes, el mar y el cielo con su enojoso canto.

El calor, la sed y la fatiga de la marcha por aquel arenoso camino, á lo largo de una playa tan salvaje, tenian casi agobiado á Rugiero.

Mas como no conviene que se diga que ocupo á mis lectores con un solo asunto, dejaré por ahora á Rugiero sofocado por aquel calor, é iré á buscar á Reinaldo en Escocia.

Este guerrero continuaba siendo muy bienquisto del Rey, de su hija, y de todo el país. Cuando se presentó una ocasion oportuna, dió á conocer con más detenimiento la causa que le habia obligado á ir á aquel reino; la cual no era otra que pedir en nombre de su señor el auxilio de la Escocia y de la Inglaterra, apoyando sus ruegos con justísimas razones que militaban en favor de Cárlos. Contestóle el monarca sin vacilar, que en cuanto alcanzaban sus fuerzas estaba siempre dispuesto á ser útil á Cárlos y al Imperio, como era su voluntad; que antes de muchos dias pondria sobre las armas el mayor número de soldados que le fuera posible, y que si su avanzada edad no se lo impidiera, tendria una gran satisfaccion en marchar al frente de sus guerreros en socorro del rey de Francia, añadiendo, por último, que esta consideracion no le detendria, si no contase, como contaba, con un hijo fuerte, valeroso y experto, y digno sobre todo del mando del ejército, si bien por entonces se hallaba ausente del reino; pero que esperaba su regreso ínterin reunia las fuerzas, y que una vez reunidas estas, marcharia su hijo á la cabeza.

En seguida hizo salir en todas direcciones emisarios provistos de recursos para alistar infantes y ginetes; aparejó además numerosas naves, proveyéndolas de municiones de boca y guerra y del dinero necesario, y cuando Reinaldo se despidió de él cortesmente para pasar á Inglaterra, fué acompañándole hasta Berwik, donde le dejó, no sin que aquella separacion le costara algunas lágrimas. Un viento favorable hinchaba ya las velas; despidióse Rugiero amistosamente de todos al embarcarse, y maniobrando hábilmente los marineros, llegaron tras una travesía corta y feliz al punto en que las saladas ondas del mar al encontrarse con el Támesis convierten en amargas sus aguas dulces: aprovecháronse los navegantes del flujo para remontar el rio, y caminando con toda seguridad á la vela y al remo, llegaron en breve á la vista de Lóndres.

Reinaldo era portador de varias cartas de Carlomagno y del rey Oton, que tambien se hallaba sitiado en Paris, para el príncipe de Gales, encargándole que reuniera inmediatamente cuantos infantes y ginetes pudiera proporcionar aquel país, y los hiciera transportar á Calais sin pérdida de tiempo para acudir en auxilio de la Francia y de su rey. El príncipe de Gales, que habia quedado gobernando el reino en ausencia de Oton, recibió tan brillantemente á Reinaldo de Amon, y le dispensó tales honores que quizá no hubiera hecho otro tanto con el verdadero monarca. Accediendo despues á su demanda, dió órden para que en un dia prefijado estuviesen listos para embarcarse cuantos guerreros existieran en Bretaña y en sus islas adyacentes.

Mas permitidme, Señor, que haga ahora lo que un buen músico al tocar una pieza de ejecucion, que pulsando alternativamente varias cuerdas, cambia á su placer de sonidos, pasando del tono grave al agudo. En tanto que estaba hablando de Reinaldo, me he acordado de la gentil Angélica, á quien dejé en compañía de un ermitaño mientras iba huyendo. Continuaré, pues, su historia.

Dije que suplicaba con afan al ermitaño que le indicara el camino del mar; pues era tanto el miedo que le inspiraba Reinaldo, que creia morir si no atravesaba las olas, por no juzgarse segura en ningun punto de Europa; pero el viejo, á quien causaba un gran placer la compañía de la jóven, procuraba entretenerla con especiosos pretextos. La belleza extraordinaria de Angélica inflamó su corazon, cuyo fuego reavivó sus ya heladas sensaciones; mas al ver la poca atencion que le prestaba la doncella, y que no