El ermitaño aguijó á su asno al ver que Angélica se alejaba más y más.
(Canto VIII.)
queria permanecer más tiempo con él, aguijó con desesperacion á su asno sin conseguir que acelerara su paso lento y tardío. Al ver que Angélica se iba alejando más y más, y temiendo perder su pista, recurrió á los espíritus infernales, y á su evocacion apareció una turba de demonios. Eligió á uno de entre ellos, é informándole préviamente de sus intenciones, hízole penetrar en el cuerpo del corcel de Angélica, que con su rápida marcha le arrebataba el corazon al par que la doncella. Y cual perro sagaz que, acostumbrado á seguir por el monte la pista de las zorras ó de las liebres, se dirige corriendo por un lado, mientras que la caza escapa por otro, despreciando al parecer su rastro, hasta que se planta en un sitio por donde precisamente ha de pasar su víctima, que cae inevitablemente entre sus dientes, siendo en el acto abierta y destrozada, el ermitaño propúsose del mismo modo salir al encuentro de la fugitiva por distinto camino. Cuál sea su designio, lo comprendo perfectamente, y aun os lo daré á conocer más adelante.
Angélica, sin abrigar ninguna sospecha, continuaba su viaje haciendo jornadas más ó menos largas. El demonio, en tanto, se mantenia oculto en el interior del caballo, como tal vez el fuego permanece escondido hasta que estalla en un incendio devorador que, si no se propaga, tampoco puede extinguirse. Cuando la doncella llegó á la orilla del mar que baña las costas de Gascuña, encaminó su corcel por el lado de las olas buscando los sitios en que la humedad daba mayor solidez á la playa; entonces el caballo, hostigado por el demonio, se precipitó de tal modo en el agua, que hubo de empezar á nadar. Atemorizada la jóven, ignoraba el partido que debia tomar; afirmóse en la silla, y cuanto más tiraba de las bridas de su caballo para obligarle á retroceder, más y más se internaba en el mar. Levantóse lo vestidos para no mojarlos, y encogió cuanto pudo los piés; su cabellera suelta, caia sobre las espaldas á merced de la brisa. Los fuertes vientos, en tanto, permanecian tranquilos, y así como el mar, parecian extasiados ante tanta belleza.
Angélica volvia inútilmente hácia la tierra sus hermosos ojos, cuyas lágrimas se deslizaban por las mejillas hasta su seno, y cada vez veia alejarse más la orilla y hacerse cada vez menos perceptible. El corcel, que nadaba girando á la derecha, despues de dar un gran rodeo, la sacó á tierra, depositando su preciosa carga entre pardas rocas y grutas espantosas, cuando ya empezaba á oscurecerse el dia. Al verse aislada en aquel desierto, cuyo solo aspecto infundia pavor, y precisamente á la hora en que Febo, oculto tras el mar, habia dejado el aire y la Tierra sumidos en las tinieblas, quedóse Angélica tan inmóvil, que cualquiera que la hubiese visto habria dudado si era una mujer verdadera y dotada de sentidos, ó una estátua de piedra pintada.
Estática y fija en la movible arena, con los cabellos sueltos y desordenados, juntas las manos é inmóviles los labios, tenia elevados al Cielo sus ojos lánguidos, como si acusara al Sumo Hacedor de haber convertido en daño suyo todos los acontecimientos. Permaneció bastante tiempo en tal estado, hasta que por fin prorumpieron sus labios en amargas quejas y sus ojos en copioso llanto.
—¡Oh, Fortuna! decia: ¿qué más te queda por hacer? ¿Aun no has saciado en mí tus furores? ¿No estoy aun bastante disfamada? ¿Qué más puedo ya darte sino esta mísera vida? Pero ¡ah! no es eso lo que deseas; pues de lo contrario no te habrias apresurado á sacarla del mar, cuando en él hubieras podido acabar sus tristes dias: sin duda pretendes llevar mis tormentos hasta lo sumo, antes de verme exhalar el último suspiro. No veo, sin embargo, qué penas puedas infligirme mayores de las que me has causado. Por tí he sido arrojada de un trono que no espero recobrar jamás; y hasta he perdido el honor, lo cual es más sensible, pues si bien me mantengo pura, doy motivo suficiente para que se me tenga por impúdica, en vista de mi vida errante y vagabunda.
»¿Existe por ventura en el mundo alguna dicha para la mujer á quien se tacha de impura? Mi juventud y mi belleza, verdadera ó supuesta, me perjudican tanto que no debo por ellas ninguna gratitud al Cielo; pues han sido la causa de todas mis desgracias. Por ellas fué muerto mi hermano, Argalía, á quien de poco sirvieron sus armas encantadas: por ellas, el rey de Tartaria, Agrican, derrotó á mi padre Galafron, gran Khan del Catay en la India; por ellas me veo á tal extremo reducida, que cambio diariamente de asilo. Si me has arrebatado la hacienda, el honor y la familia, y me has causado ya todo el daño posible, ¿para qué nuevas desdichas me reservas? Si el perecer ahogada en el mar no te parecia una muerte bastante cruel, con tal de satisfacer tus deseos insaciables, consentiré en que me entregues á alguna fiera que me destroce sin piedad. Cualquiera que sea el martirio que me tengas destinado, no podré agradecértelo bastante como ponga fin á mi existencia.»
Tan dolorosas quejas exhalaba la doncella, cuando de pronto apareció el ermitaño á su lado. Desde la cima de una escarpada roca habia estado contemplando á Angélica, mientras al pié del peñasco se entregaba á su dolor y afliccion. Seis dias hacia ya que se encontraba el viejo en aquel sitio, adonde le condujo un demonio por caminos desusados, y aproximóse entonces á la jóven con aire más devoto que San Pablo ó San Hilarion. Angélica se tranquilizó algun tanto al divisarle, pues no le conoció: su temor fué desapareciendo poco á poco, aunque no la mortal palidez de su semblante. Cuando le vió á su lado, exclamó:
—Padre, apiadaos de mí, que me encuentro en grave apuro.