Y con voz entrecortada por los sollozos, le refirió lo que él sabia perfectamente.

El ermitaño empezó á consolarla con frases tiernas y llenas de uncion; pero mientras le hablaba, iba acariciando con sus atrevidas manos las megillas húmedas de la doncella, y aun su turgente seno; y cada vez más audaz intentó abrazarla; pero la jóven indignada, extendió su brazo desdeñosamente y le rechazó léjos de sí, encendida de un vivo rubor.

Llevaba el ermitaño pendientes de sus hombros unas alforjas, de las que sacó un frasquito que contenia cierto licor: destapólo y salpicó ligeramente con él los poderosos ojos que iluminaban el rostro más perfecto que creara el Amor: á su contacto, cerráronse los párpados de Angélica, que cayó adormecida en el suelo y á entera disposicion del viejo lascivo. Este empezó por estrecharla entre sus brazos, y sus impúdicas manos se fijaron á su placer en las perfectas formas de la jóven, cuyo sopor la imposibilitaba de oponer resistencia alguna; el ermitaño continuó besándola ardorosamente en los labios y el pecho, y aprovechando la soledad de aquel sitio donde nadie podia verle, intentó realizar por completo sus perversos designios; mas su cuerpo decrépito no correspondió á ellos, y cuanto mayores esfuerzos empleaba, menos conseguia el resultado apetecido; hasta que por último cansado de aquella lucha entre sus años y su lascivia, quedóse dormido á su vez junto al objeto de su pasion, á quien amenazaba una nueva desgracia. ¡Cuán cierto es que la Fortuna no se contenta con poco, cuando convierte en juguete de sus caprichos á cualquier mortal!

Mas para referiros lo que le aconteció, es preciso que me separe un tanto de la línea recta. En el mar del Norte hácia el Ocaso y más allá de Irlanda, se levanta una isla, llamada Ebuda, cuya poblacion es muy escasa, desde que fué casi destruida por la orca fiera y otros mónstruos marinos, que condujo allí Proteo para satisfacer su venganza.

Cuentan las historias antiguas, con fundamento ó sin él, que en aquella isla existia un rey poderoso, el cual tenia una hija dotada de tanta gracia y belleza, que paseando un dia por la orilla del mar, consiguió inflamar el fuego del amor en el corazon de Proteo, mientras este la contemplaba desde el seno de las aguas: el dios marino expió un momento favorable, y apoderándose de la princesa, la abandonó despues dejando en sus entrañas una prenda de su pasion. El rey, implacable y severo, montó en cólera luego que descubrió la falta de su hija, y sin moverle á compasion el estado de la princesa, ni la piedad tan natural en un padre, llevó á cabo su determinacion de darle la muerte, haciendo tambien perecer al inocente hijo antes que hubiera visto la luz del dia. El marino Proteo encargado de apacentar los rebaños de Neptuno, soberano de las aguas, sintió un vivo dolor al saber la desdichada suerte de su amada; y rompiendo en su furor las leyes y órdenes severas de su padre, hizo salir á tierra las orcas, focas y demás mónstruos marinos, que no solo destruyeron toda clase de ganados, sino tambien los pueblos, las aldeas, y hasta sus habitantes. La invasion alcanzó á las ciudades amuralladas, que sitiaron estrechamente, obligando á sus pobladores á permanecer dia y noche armados con gran temor y sobresaltado ánimo. Todos los habitantes de aquella isla se habian visto obligados á abandonar los campos y para salir de una situacion tan violenta, determinaron consultar al oráculo, cuya respuesta fué: que les era preciso buscar una doncella tan hermosa como la princesa muerta, y ofrecerla en cambio de ella al irritado Proteo en la orilla del mar; añadiendo que, si era del agrado de este, la guardaria para sí, cesando en sus estragos; pero de lo contrario habria que presentarle una tras otra, hasta dejarle satisfecho.

Entonces empezó una suerte desgraciada para las doncellas que despuntaban en belleza ó gracia; pues conducidas sucesivamente ante Proteo, para ver si alguna de ellas le complacia, fueron pereciendo desde la primera á la última, devoradas por una orca, que permaneció allí con este intento despues que se alejaron los restantes mónstruos marinos. Fuese falsa ó verdadera esta historia de Proteo, no me atreveré á afirmarlo; pero es lo cierto, que á consecuencia de ella se estableció en aquella isla una ley bárbara contra las mujeres, la cual disponia que se habia de alimentar con su carne á la orca monstruosa, que no dejaba un solo dia de salir á la orilla. Si la condicion de mujer es una desgracia en todas partes, en aquel país lo era mucho más por esta causa.

¡Desgraciadas de las doncellas á quienes los azares de una suerte contraria transportaban á aquellas infaustas playas! No bien aparecia en ellas alguna extranjera, cuando los habitantes, que estaban en perpétuo acecho, las apresaban para ofrecerlas en holocausto al mónstruo; pues cuanto mayor fuera el número de extranjeras que pereciesen, menor seria el de las suyas á quienes alcanzara tan triste suerte. Mas como no siempre los vientos traian á sus costas las víctimas que deseaban, iban constantemente buscándolas por do quiera, recorriendo los mares en fustas, bergantines y toda clase de embarcaciones, y trayendo desde las más cercanas, como desde las más apartadas playas, doncellas que aliviaran su terrible tributo. Muchas consiguieron arrebatar por medio de la fuerza ó de la astucia, algunas con halagos, otras por dinero; de modo que siempre tenian sus torres y calabozos llenos de jóvenes de diferentes paises.

Pasando uno de sus barcos por cerca de la playa solitaria, donde tendida entre malezas y sobre la húmeda yerba yacia dormida la infortunada Angélica, saltaron á tierra algunos marineros para proveerse de agua y de leña, y vieron aquella flor, bella entre todas las flores, en los brazos del ermitaño. ¡Oh presa, harto preciosa y sublime para gente tan feroz y villana! ¡Oh fortuna cruel! ¿Quién habia de pensar que tu influjo en los destinos humanos fuera tan grande, que convirtieras en alimento de un mónstruo á la extraordinaria beldad por quien pasó el rey Agrican desde los montes del Cáucaso con media Escitia á buscar la muerte en las regiones de la India? La sin par belleza por quien Sacripante despreció su honor y su corona; la maravillosa hermosura por quien el Señor de Anglante vió empañada su fama ilustre y perdida su razon; la mujer seductura que trastornó todo el Oriente, y le sujetó á su voluntad, se vé ahora tan abandonada, que no encuentra auxilio alguno, ni siquiera quien le dirija una sola palabra de consuelo.

La desdichada doncella, sumida aun en su letárgico sueño, encontróse encadenada antes que despierta. Los ebudios se apoderaron al mismo tiempo del ermitaño, y juntamente con la jóven le trasladaron á su bajel, lleno de gente afligida y silenciosa. Desplegaron las velas, y pronto llegó la nave á la isla funesta, donde encerraron á Angélica en una fortaleza, y en ella la tuvieron hasta el dia en que le tocó la suerte de ser presentada como cebo al mónstruo marino. Su belleza no pudo menos de conmover á los crueles habitantes de la isla, que por espacio de muchos dias estuvieron difiriendo su muerte, reservándola hasta el último extremo; y mientras contaron con doncellas que sacrificar, prolongaron la vida de Angélica. Por último, la condujeron á la playa, derramando lágrimas de compasion cuantos la rodeaban.

¿Quién será capaz de reproducir exactamente la angustia, el llanto, las quejas y las reconvenciones que se elevaron al cielo? Imposible parecia que no se abriera la tierra cuando, encadenada y privada de socorro, fué puesta la hermosa jóven sobre la helada roca donde la esperaba una muerte tétrica y abominable. No seré yo quien pretenda pintar aquella escena con sus sombríos colores: tan grande es el dolor que lacera mi corazon, que me veo obligado á acudir á otra parte y á escribir versos menos lúgubres, hasta que mi angustia se mitigue; pues ni las escuálidas culebras, ni la tigre más ciega de furor, ni la venenosa serpiente que se arrastra por la candente arena desde el monte Atlas hasta las playas del mar Rojo, podrian contemplar sin sentimiento el espectáculo que ofrecia Angélica atada á la desnuda roca.