¡Oh! Si la hubiese visto su Orlando, que en su afan por encontrarla habia volado á París; si la hubiesen visto los dos guerreros á quienes engañó el viejo astuto por medio del fingido mensajero, salido de las regiones infernales, arrostraran seguramente mil muertes con tal de acudir en su socorro. Pero hallándose tan léjos de ella, ¿qué podrian hacer en su favor, aun cuando llegara á su noticia el apurado trance á que se veia reducida?

París entonces estaba estrechamente asediada por el famoso hijo del rey Trojan. A tal estremidad se hallaba reducida la ciudad, que un dia estuvo cerca de caer en poder de su enemigo; y á no ser porque el Cielo, escuchando benigno los ruegos de los cristianos, envió una abundante lluvia, el Santo Imperio y el gran nombre de Francia hubieran sido destruidos aquel dia por las armas africanas. El Supremo Hacedor, accediendo compasivo á las justas súplicas del anciano Cárlos, apagó con una repentina lluvia el fuego que amenazaba destruir á la ciudad, y contra el que eran ya impotentes todos los esfuerzos humanos. Sábio es el que acude á Dios en sus necesidades, pues nadie mejor que Él puede ampararle: harto bien lo conoció el rey Cárlos, pues únicamente debió su salvacion al auxilio divino.

Orlando pasó la noche recostado en su lecho, entregado á mil encontrados pensamientos: su mente estaba tan pronto fija en una idea como en otra, ó bien las abarcaba todas en un momento, sin detenerse mucho tiempo en ninguna, del mismo modo que los temblorosos reflejos de un agua cristalina, herida por los rayos del Sol ó los del astro de la noche, se reproducen en los techos á gran distancia tan pronto hácia la derecha como hácia la izquierda, y arriba como abajo. El recuerdo de Angélica que volvia á ocupar su imaginacion, por más que no se hubiera borrado de ella, reproducia el fuego de su corazon, avivando la ardiente llama que durante el dia parecia oculta. Habiéndola traido consigo desde el Catay al Poniente, perdió sus huellas al llegar á Francia, y no logró encontrarlas hasta el dia en que Cárlos fué derrotado junto á Burdeos. Grande era el pesar que semejante pérdida causaba á Orlando, y por ello se reprochaba continuamente su debilidad é imprevision.

—¡Alma mia, exclamaba, cuán vilmente me he portado contigo! ¡Ay de mi! ¡cuánto me pesa el haber consentido en que estuvieras bajo la custodia del duque de Baviera por no saber oponerme á tan dura órden, cuando podia continuar viviendo á tu lado dia y noche, mientras tu bondad lo permitiera. ¿No tenia yo razones para impedirlo? Quizá Cárlos no me habria contrariado; y si se hubiera opuesto, ¿quién seria capaz de apoderarse de tí contra mi voluntad? ¿Quién hubiera arrostrado mi despecho? ¿No podria yo haber apelado á las armas, y dejarme arrancar el corazon antes que ceder? ¡Ah! Ni Cárlos ni todos sus guerreros juntos serian bastantes á arrebatarte de entre mis brazos. Si á lo menos te hubiese puesto bajo mejor custodia dentro de París ó en alguna fortaleza;... pero ¿á qué confiarte á Namo? ¿Quién seria capaz de custodiarte mejor que yo en el mundo? A mí me tocaba cuidar de tí hasta la muerte, y te hubiera guardado más que á mis ojos, más que á mi mismo corazon. Y sin embargo, á pesar de ser este mi deber, fuí tan insensato, que no lo cumplí! ¡Dónde te encuentras ahora léjos de mí, alma de mi alma, tan jóven y tan bella! En tí contemplo á la tímida ovejuela que, extraviada en el bosque al desaparecer la luz del dia, va despidiendo tristes balidos, esperando hacerse oir del pastor; mas descubierta por el lobo, cae entre entre sus voraces dientes causando la desesperacion de su dueño. ¿Dónde estás, dónde, dulce esperanza mia? Quizá andarás errante y sola por el mundo... ¡Te habrán acometido quizás los lobos carniceros sin que tu Orlando pueda defenderte!... Y esa preciosa flor, cuya posesion me hubiera colocado entre los dioses; esa flor que durante tanto tiempo he venido respetando por no atentar contra tu castidad, la habrán ¡ay de mí! cogido y marchitado. ¡Oh infortunio! Si esa flor está en efecto profanada, ¿qué puedo querer ya sino morir? ¡Oh, gran Dios! haz que yo sufra todo los tormentos menos ese. Si se realizara lo que temo, con mis propias manos me arrancaria la vida y el alma desesperada!

En tan lastimosas quejas prorumpia Orlando, vertiendo copioso llanto, entrecortado por los suspiros. Mientras todos los seres animados daban reposo á sus cansados miembros ó á su espíritu no menos fatigado, tendidos los unos sobre blandas plumas, otros sobre la dura roca, y otros sobre la yerba ó las hojas de mirtos y hayas, tú solo, Orlando, atormentado por mil pensamientos crueles y encontrados, apenas podias cerrar los párpados, y aunque lograste al fin conciliar un sueño fugitivo y breve, no conseguiste hallar en él la bienhechora calma.

Creíase transportado á una verde rivera esmaltada de olosas flores, desde donde contemplaba el marfil más terso y la púrpura más brillante que Amor haya pintado por su mano, así como las dos clarísimas estrellas donde el mismo Amor alimentaba á las almas presas en sus redes: hablo de los ojos y del rostro seductor que se habian apoderado de su corazon. Sentia el mayor placer, la alegría mayor que pudiera gozar el más feliz amante... cuando de repente estalla una tempestad que destrozó las flores y tronchó las plantas; tempestad tan terrible, que no suele verse otra semejante cuando el Aquilon, el Levante y el Austro luchan encontrados. Parecia como si fuese errando inútilmente por algun desierto, buscando un sitio donde guarecerse. El infeliz, en tanto, perdió de vista á su amada sin saber cómo en medio de una niebla densa, y empezó á buscarla por todas partes, haciendo resonar todos los ámbitos del bosque con su dulce nombre. Al ver la inutilidad de sus pesquisas, exclamaba:—«¡Desgraciado de mí! ¿Quién ha trocado mi alegría en quebranto?»—Oia los gritos de Angélica, que le llamaba en su auxilio, deshecha en lágrimas, y acudia veloz hácia el sitio de donde parecian salir, consumiéndose en infructuosos esfuerzos. ¡Cuán intenso y atroz era su dolor al ver que no le iluminaba la luz de sus ojos! De improviso se dejó oir por el lado opuesto una voz que pronunció estas palabras:—«¡No esperes volver á recrearte en su belleza!»—A tan fatídica exclamacion, despertóse sobresaltado y bañado en copioso llanto.

Sin reflexionar en que son engañosas las imágenes de un sueño producidas por el deseo ó por el temor, le inquietó tanto la suerte de la doncella, á quien veia ya deshonrada ó próxima á mayores peligros, que arrojándose fuera del lecho, se armó de piés á cabeza y ensilló á Brida-de-oro sin el auxilio de ningun escudero. A fin de poder penetrar por cualquier parte en el viaje que se proponia emprender, sin menoscabo de su dignidad, no quiso ostentar en sus armas los colores blancos y rojos de su linaje, sino que escogió otra armadura enteramente negra, quizá porque el color de ella estaba más en armonía con el estado de su alma, y que arrebató á un Amostante á quien habia dado muerte pocos años hacia.

Emprendió su marcha silenciosamente á media noche, sin despedirse ni decir una sola palabra á su tio, ni siquiera á su leal compañero Brandimarte, con quien le unia una estrecha y cariñosa amistad.

Luego que el Sol, esparciendo su dorada cabellera, salió del rico palacio de Titon é hizo huir á las húmedas y oscuras tinieblas, echó el Rey de ver la desaparicion del paladin. Esta fuga le causó el mayor disgusto, pues precisamente en aquella ocasion era cuando más necesitaba de su presencia y de la ayuda de su poderoso brazo: así es que no pudiendo contener su cólera, prorumpió en quejas y en las más amargas censuras contra su sobrino, llegando á amenazarle con que le haria arrepentirse de su falta si no regresaba inmediatamente.