»Cuanto es humanamente posible hacer para conseguir su libertad, excepto entregarme en poder de mi enemigo, otro tanto he puesto por obra: poseia seis castillos en Flandes y todos los he vendido: parte de lo poco ó mucho que me han proporcionado estas ventas lo he invertido en sobornar á los guardianes de mi amante, por medio de personas astutas, para lograr su evasion, y la otra parte en incitar á los ingleses y á los alemanes á que tomaran las armas contra aquel tirano; pero mis emisarios, ya sea porque hayan cumplido mal con su deber, ó porque fueran inútiles sus esfuerzos, me han dado muchas palabras, pero ningun auxilio; y hoy me desprecian despues de haberme dejado arruinada. Entre tanto, está próximo á espirar el plazo fatal, que una vez terminado será causa de que no lleguen á tiempo ni la fuerza ni el dinero, y de que mi adorado esposo sufra la muerte más cruel.
»Por él han muerto mi padre y mis hermanos; por él me he visto despojada de mi trono: los pocos bienes que me quedaban y que constituian mi único sosten, los he disipado por sacarle de su prision; ya no sé qué partido tomar, como no vaya yo misma á entregarme á mi enemigo más cruel, y salvar de este modo su vida. Y puesto que nada me queda por hacer, y no encuentro otro medio de conseguir su libertad que ofrecer en su holocausto esta vida, me será grato hacerlo así con tal de que respeten la suya. Un solo temor me detiene, y es el de que no sabré hacer un pacto tan estudiado, que me asegure de que el tirano no ha de engañarme despues de haberme puesto bajo su poder. Temo que, despues de tenerme encarcelaba, y cuando me haya hecho sufrir los tormentos que se le antojen, no ponga, á pesar de todo, en libertad á Bireno, impidiéndome escuchar la expresion de su agradecimiento; temo que la rabia que le posee y su conciencia perjura le induzcan á no darse por satisfecho con mi muerte, y haga despues con Bireno lo mismo que tenga decidido hacer conmigo.
»Ahora bien; el objeto que me mueve á referiros mis desgracias, así como se las refiero á cuantos señores y caballeros llegan á este país, es únicamente el de ver si, hablando con tantos, hay alguno que me indique un medio para estar segura de que, una vez entregada en manos del traidor Cimosco, no retendrá este en su poder á Bireno; pues no quisiera que, despues de muerta yo, muriera él tambien. He rogado á algun guerrero que esté presente en el momento de entregarme al rey de Frisia; pero que me prometa bajo su fé que este cambio se efectuará de modo que mi presentacion coincidirá con la libertad de Bireno, de modo que cuando me inmolen, exhale contenta mi último suspiro, en la seguridad de que mi muerte habrá dado la vida á mi esposo. Hasta ahora, sin embargo, no he encontrado quien me dé su palabra de que, cuando me presente á Cimosco, no consentirá que este Rey se apodere de mí sin darme antes á Bireno; tanto es lo que todos temen aquellas armas contra las cuales de nada sirven las corazas, por fuertes y resistentes que sean.
»¡Ah, señor! Si vuestro valor corresponde á vuestro altivo semblante y hercúleo aspecto; si os es posible acompañarme ante el rey de Frisia, y sacarme de su poder en el caso de que no cumpla lo que promete, dignaos venir conmigo á ponerme en sus manos, y así no abrigaré el temor de que muera mi esposo en cuanto yo deje de vivir.»
Aquí dió fin la doncella á su razonamiento, frecuentemente interrumpido por el llanto y por los suspiros. Orlando, que estaba siempre dispuesto á acudir en auxilio de los desgraciados, se apresuró á contestar á la Princesa en breves palabras, pues era por naturaleza conciso, que haria mucho más de cuanto ella le pedia, y que se obligaba á socorrerla bajo su fé de caballero. Opúsose abiertamente á que se entregara en manos de su enemigo para librar á Bireno, asegurándole que mientras no le faltasen su espada ni su acostumbrado esfuerzo, él solo era bastante para salvar á entrambos.
Sin esperar á más, se pusieron aquel mismo dia en camino, aprovechando un viento propicio y una mar bonancible. Deseoso el paladin de llegar sin pérdida de tiempo á la isla de Ebuda, aceleró la marcha cuanto pudo. Un piloto hábil fué dirigiendo la maniobra, mientras atravesaron por uno y otro lado los numerosos estrechos que separan las islas de Zelanda, que fueron dejando tan pronto delante como detrás, hasta que al tercer dia desembarcó Orlando en Holanda; pero no permitió que saltara en tierra la Princesa, víctima del rey de Frisia, por haberse propuesto el guerrero hacer llegar á su noticia la muerte del pérfido monarca antes que desembarcara.
Encaminóse por aquella costa el paladin, completamente armado y cabalgando en un caballo tordo, nacido en Dinamarca, criado en Flandes, y más grande y fuerte que ligero. Orlando habia dejado en Bretaña su corcel, aquel Brida-de-oro tan corredor y de tan hermosa estampa, únicamente á Bayardo comparable. Llegó á Dordrecht, cuyas puertas estaban custodiadas por numerosa gente armada, ya por seguir la precaucion usada siempre, que nunca esta de más en un país recien conquistado, ya tambien por haber llegado poco antes la noticia de que se dirigia allí desde Zelanda un primo del caballero encarcelado, con una flota compuesta de bastantes buques y tropas de desembarco.
Orlando rogó á uno de los guardas que diera aviso al Rey de que un caballero andante deseaba medirse con él á espada y lanza; pero bajo la condicion, aceptada de antemano, de que, si el Rey vencia á su retador, le seria entregada la princesa que dió muerte á Arbante, pues la tenia depositada en un sitio próximo desde donde fácilmente la pondria en sus manos. En cambio esperaba del monarca la promesa de que, si era él el vencido, daria inmediatamente la libertad á Bireno, y le dejaria ir á donde mejor le pareciese.
El soldado desempeñó presuroso este encargo; mas Cimosco, para quien la virtud y la cortesía eran completamente desconocidas, concibió al instante una idea inspirada por el fraude, la traicion y el engaño. Parecióle que apoderándose de aquel guerrero, lograria tambien apoderarse de la dama que tan cruelmente le habia ofendido, si era cierto que la Princesa estaba en poder de aquel, y no habia comprendido mal el mensajero. Dispuesto á realizar este plan, hizo que treinta de sus soldados salieran por una puerta de la ciudad, opuesta á aquella donde Orlando le esperaba, los cuales despues de dar un largo rodeo, se colocaron á espaldas del Paladin. El traidor, en tanto, habia ido ganando tiempo con fútiles palabras y pretextos, y cuando vió que los treinta ginetes habian llegado al sitio convenido, salió él al frente de igual número de guerreros. Así como el diestro cazador suele rodear á la fiera que persigue, cercando el bosque en que se encuentra por todos lados, ó como el pescador de Volana circuye con prolongadas redes el espacio de mar donde va acorralando la pesca, del mismo modo procuró el rey de Frisia cerrar al caballero todos los caminos por donde pudiera escapar. Pretendia cojerle vivo, y estaba tan persuadido de la facilidad de su empresa, que no llevó consigo aquel rayo terrestre con que habia exterminado tanta y tanta gente, por no parecerle necesario en aquella ocasion, en que no se trataba de matar, sino de aprisionar. El rey Cimosco pretendió obrar entonces á la manera del cauto cazador de pájaros, que conserva vivos á sus primeros cautivos, á fin de que con sus juegos y sus reclamos atraigan mayor número de pájaros á sus redes; pero Orlando no era de los que se dejaban atrapar con facilidad, y en breve rompió el círculo en que le habian encerrado.
El Caballero de Anglante enristró su lanza contra el grupo más compacto de sus enemigos, y atravesó con ella á uno, luego á otro, y otro, pues no parecia sino que fueran de masa: hasta seis traspasó manteniéndolos enristrados en su lanza, y por no ser esta bastante larga para que cupiera en ella el cuerpo de otro hombre, quedó el séptimo fuera; pero tan mal herido, que no tardó en sucumbir. No de otra suerte procede el hábil arquero, cuando en las orillas de los canales ó de los fosos, dirije sucesivamente su flecha contra las ranas, que atravesadas por los costados ó por las espaldas, unas en pos de otras, pronto cubren la saeta de un extremo á otro. Orlando arrojó léjos de sí su cargada lanza, y desnudando el acero, se preparó á combatir contra sus demás adversarios.