¡Oh gran Dios! ¡Cuán á menudo se ven ofuscados los juicios humanos por densas tinieblas! ¡Las impías y profanas acciones de Bireno llegaron á reputarse como santas y piadosas!
Por fin, empuñaron los remos los marineros, y alejándose de aquellas costas, dirigieron gozosos las naves hácia Zelanda al través de numerosos canales, llevando al Duque y su comitiva. Ya habian perdido de vista las playas de Holanda, y dirigídose á la izquierda, hácia las costas Escocia, para no tocar en las de Frisia, cuando se vieron sorprendidos por un viento impetuoso, que durante tres dias les hizo andar errantes por aquellos mares. Cerca del anochecer del tercer dia llegaron á una isla inculta y desierta, y se refugiaron en una pequeña ensenada. Olimpia saltó en tierra, acompañada del infiel Bireno, con quien cenó alegremente aquella noche, sin abrigar la menor sospecha: levantóse despues una tienda en un sitio agradable, y descansaron ambos en ella, mientras que sus compañeros volvieron á bordo de los buques para entregarse á su vez al reposo.
El cansancio que ocasiona la navegacion, y el temor que durante algunos dias la habia mantenido en el insomnio; la satisfaccion de encontrarse segura en aquella costa, léjos del rumor de los bosques, y sin que la molestara ningun pensamiento ni cuidado alguno, puesto que estaba al lado de su amante, fueron causa de que Olimpia se entregara á un sueño tan profundo, cual no pueden tenerlo los osos ó los lirones.
El falso amante, á quien tenian desvelado sus inícuos pensamientos, así que la vió dormida, levantóse silenciosamente, hizo un lio de sus vestidos, sin tomarse el tiempo necesario para ponérselos, salió de la tienda, y cual si le hubiesen nacido alas, voló á donde estaban sus compañeros, á quienes despertó: ordenó en seguida que se desplegaran las velas, y sin que se oyera una palabra, se hicieron á la mar, alejándose de aquella playa.
Pronto la perdieron de vista, y con ella á la desdichada Olimpia, que continuó durmiendo hasta que la aurora esparció sobre la tierra el fresco rocío desde las doradas ruedas de su carro, y se oyó á los alciones lamentarse de su antiguo infortunio, revoloteando sobre las aguas.[41] Medio dormida extendió la hermosa jóven su brazo para abrazar á Bireno, pero en vano: á nadie encontró; retirólo y lo extendió de nuevo, siempre infructuosamente: buscó con ambas manos, sin tropezar con nada, y disipado por el temor su sueño, abrió los ojos, miró y no vió á nadie; y no pudiendo permanecer más tiempo en el lecho, saltó de él y salió precipitadamente de la tienda. Corrió hácia el mar, hiriéndose el rostro; y convencida ya de su desgracia, mesóse los cabellos, se golpeó el pecho, recorrió con sus miradas el espacio auxiliada por la luz de la luna, por si podia distinguir algo que no fuera la playa; pero tan solo la playa divisó. Llamó á voces á Bireno, y á este nombre respondieron los antros, más piadosos que él.
En un extremo de la playa elevábase un peñasco, cuya base habian socavado las olas con sus continuos embates, convirtiéndolo en una especie de arco; dicho peñasco estaba encorvado y pendiente sobre el mar. Olimpia trepó presurosa hasta la cima, merced al vigor que le prestara su desesperacion, y vió huir á lo léjos las veleras naves de su cruel señor. Las vió, ó creyó verlas; porque aun no habia bastante claridad, y ante tan terrible espectáculo, temblorosa y más blanca y yerta que la nieve, se dejó caer sobre la roca. Luego que le fué posible levantarse extendió sus manos en direccion de las naves fugitivas, y llamó diferentes veces con desgarradores gritos á su desalmado consorte. Cuando su voz se debilitaba, la sustituia el llanto ó las palmadas, interrumpiendo sus señales con estas y parecidas exclamaciones:—¡Adonde huyes, cruel, con tanta velocidad! ¡Tu buque no lleva la carga que debe! ¡Haz que me lleve á mí, pues poco le estorbará mi cuerpo, cuando conduce mi alma!—Y continuaba haciendo señas con los brazos ó con los vestidos para que regresara el buque.
Los vientos, que se llevaban por alta mar los bajeles del ingrato jóven, llevábanse tambien las súplicas, las quejas, el llanto y los gritos de la infeliz Olimpia, que por tres veces distintas intentó precipitarse en las olas desde lo alto de la roca, hasta que al fin bajó de ella, y volvió á la tienda donde habia pasado la noche.
Tendida en el lecho, con el rostro vuelto hácia abajo, le decia entre lágrimas:
—Anoche acojiste dos cuerpos. ¿Por qué al despertar no éramos tambien dos? ¡Pérfido Bireno! ¡Ah! ¡Maldito mil veces el dia en que fuí engendrada! ¿Qué debo hacer? ¿Qué va á ser de mí, sola y abandonada? ¿Quién me prestará ayuda y consuelo?... No veo aquí persona alguna; no distingo el menor vestigio que revele la presencia de un ser humano. ¡Tampoco descubro ningun bajel en que embarcarme y buscar mi salvacion!... ¡ Moriré sin duda de hambre! No habrá nadie que cierre mis ojos, ni quién me dé sepultura, como no la encuentre en el vientre de las fieras que vagan por esas selvas. Ya creo ver salir de esos bosques los osos, los leones, los tigres y demás animales feroces, á quienes la naturaleza ha provisto de colmillos agudos y aceradas garras para destrozar á sus víctimas! Pero ¿qué fiera habrá tan cruel que me dé una muerte peor que la que tú me destinas, feroz Bireno? A ellas les pareceria bastante una sola, mientras que tú me haces sufrir mil muertes. Aun suponiendo que algun navegante arribe á estas playas y me reciba por compasion á bordo de su buque, salvándome de los osos, los lobos y leones, del hambre, y de otros géneros de muerte á cual más horribles, ¿podrá por ventura conducirme á Holanda, cuyos puertos y fortalezas están custodiados por tí? ¿Me llevará á mi país natal, cuando te has apoderado de él por medio de la traicion? Tú me has arrebatado mis dominios, bajo falaces apariencias de amor y alianza, y para usurparlos mejor, te apresuraste á ponerlos bajo la vigilancia de tus soldados. ¿Volveré á Flandes, donde vendí los restos de mi fortuna, los únicos medios de existencia con que contaba, para socorrerte y sacarte de tu prision? ¡Desdichada de mí! ¿A donde me encaminaré? Lo ignoro. ¿Debo acaso ir á Frisia, en cuyo trono pude sentarme, si no lo hubiera despreciado por tí, lo cual ha sido causa de que pierda mi padre, mis hermanos, y todo cuanto me era querido en el mundo? No quisiera echarte en cara, ingrato, todo cuanto he hecho por tí, ni creo necesario recordártelo, pues tan bien como yo lo sabes: sin embargo, ¡hé aquí la recompensa que te he merecido!.. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡No permitas que caiga en poder de algun corsario que me venda luego como esclava! Antes de que tal suceda, venga un lobo, un oso, un leon, un tigre ó cualquier otra fiera, que con sus garras me destroce, me devore con sus dientes, y muerta me conduzca arrastrando á su caverna.
Y así diciendo, arrancábase Olimpia sus hermosos cabellos de oro. Corrió de nuevo hácia la playa, volvió de un lado á otro la cabeza repetidas veces, ondeando su cabellera á merced del viento: parecia fuera de sí, y como si se hubiese apoderado de su cuerpo, no uno, sino una docena de espíritus malignos, semejante á veces en su desesperacion á Hécuba al contemplar el cadáver de Polidoro. Detúvose por último sobre una roca mirando fijamente al mar, tan inmóvil que parecia una estátua de piedra.