Pero dejémosla lamentarse hasta que volvamos á ocuparnos de ella, y tratemos de Rugiero que continuaba cabalgando por la playa, rendido y abrumado por el intenso calor del mediodia. El Sol heria con sus rayos aquellas lomas, que refractaban vivamente su ardor: hervia la arena blanca y fina de aquella costa, y á las armas del guerrero les faltaba poco para caldearse completamente. Mientras que la sed y las molestias del camino por la playa arenosa y solitaria le hacian desagradable y enojosa compañía, llegó á una torre antigua, edificada á la orilla del mar, donde estaban tres damas de la corte de Alcina, á quienes conoció por sus vestidos y ademanes. Tendidas sobre tapices de Alejandría, disfrutaban á la sombra de un delicioso fresco, rodeadas de vinos exquisitos y de toda clase de dulces y manjares delicados. Cerca de la playa y mecida por las olas, tenian dispuesta una barquilla, esperando que hinchase la vela alguna brisa, de la que entonces no se sentia el más ligero soplo.
Apenas vieron á Rugiero caminando trabajosamente por la movediza arena, atento solo á su viaje, con la sed retratada en los labios y lleno de sudor el abatido semblante, le llamaron diciéndole que interrumpiera por un momento su marcha, y no se negara á restaurar sus fuerzas quebrantadas, disfrutando por algun tiempo aquella grata sombra. Una de ellas se acercó al caballo para tener el estribo; otra dió mayor pábulo á su sed, presentándole una copa de cristal llena de vino espumoso; pero Rugiero no quiso aceptar nada, conociendo que el menor retraso en su marcha daria á Alcina tiempo de alcanzarle, cuando la encantadora iba en pos de él, y estaba ya muy cerca. No se inflaman con tanta rapidez el salitre y el azufre más puro al contacto del fuego, ni es tan grande la
Una de ellas se acercó al caballo para tener el estribo.
(Canto X.)
furia del mar cuando se vé impelido por un negro turbion descendido del cielo, como la tercera de aquellas damas ardió en ira y furor, al ver que Rugiero seguia impávido su camino sin hacer ningun caso de ellas á pesar de su belleza.
—Tú no eres cortés ni caballero, exclamó con desaforados gritos; esas armas que llevas las has robado, y probablemente habrás adquirido del mismo modo ese caballo: tan verdad es lo que digo, como que deberias ser castigado con una muerte infame, descuartizado, quemado vivo ó empalado, por villano, ladron, orgulloso é ingrato.
Otras muchas injurias y denuestos le prodigó la arrogante dama, á pesar de que Rugiero no se dignó contestarle, por estar persuadido de que no podia reportarle ninguna utilidad semejante disputa. Embarcóse la jóven con sus hermanas en la barquilla que estaba dispuesta para su servicio, y á fuerza de remo siguieron al paladin, que continuaba costeando la playa.
En tanto que las tres doncellas dirigian á Rugiero desde la barca todo género de amenazas, maldiciones é injurias, y cuantas frases insultantes pudieran excitar su cólera, llegó el guerrero al estrecho por donde se pasaba á los estados de la más benigna hada; y vió á un barquero anciano, que al divisarle desató su barca de la orilla opuesta, como si estuviera ya avisado y preparado de antemano, esperando la llegada de Rugiero. El barquero se dirigió á él, manifestando su alegría por transportarle á mejores playas: si el rostro es el espejo del corazon, aquel anciano reunia á una gran benignidad una discrecion no menor.
Saltó Rugiero en la barca, dando á Dios fervientes gracias por haberle salvado, y empezó á surcar las aguas departiendo amigablemente con aquel marinero prudente y dotado de singular experiencia. Daba este mil plácemes al guerrero por haber sabido sustraerse tan á tiempo al poder de Alcina, antes de que le hubiera hecho apurar, como á tantos otros, la copa de sus filtros encantados, así como tambien aprobaba su determinacion de refugiarse en el país de Logistila, donde seria testigo de las costumbres más santas, donde admiraria la belleza eterna y la gracia infinita que nutren y alimentan el corazon sin producir jamás la saciedad.
—La presencia de Logistila, continuaba diciendo el anciano, difundirá de pronto en tu alma el mayor asombro y reverencia; y conforme vayas acostumbrándote poco á poco á su elevado trato y modesto continente, tendrás en poca estima cualquier otro bien que para tí exista en la Tierra. Su amor es diametralmente opuesto á todos los demás: mientras que los otros tienen oprimido continuamente el corazon entre el temor y la esperanza, el suyo inspira un solo deseo, el de contemplarla, con lo cual quedan todos satisfechos por completo. Ella te proporcionará goces más gratos que los que ofrecen las músicas, las danzas, los perfumes, los baños y los manjares: sus pensamientos, que parten de una base más perfecta, tienen más elevacion que la que alcanzan los milanos al remontarse por los aires: ella te enseñará, por último, cómo puede llegar á participar un ser mortal de la gloria de los bienaventurados.