Así iba diciendo el barquero, mientras bogaba hácia la orilla opuesta, bastante apartada todavia, cuando descubrió en alta mar un gran número de bajeles que iban en su demanda: en ellos venia la ofendida Alcina con todos los guerreros que habia logrado reunir, decidida á perder la existencia y sus estados, ó á rescatar el objeto de su pasion: tan extrema determinacion se la habia inspirado Amor, no menos que el dolor causado por la injuria recibida. Jamás habia sentido, por nada ni por nadie, tan vivos deseos de vengarse como entonces: así es que corriendo presurosa tras su venganza, hacia que los remos golpeasen las aguas con tal fuerza y rapidez que la espuma salpicaba ambas orillas: el estrépito que producian retumbaba en el mar y en las costas, llenando además con sus ecos el espacio.
—Descubre el escudo, Rugiero, exclamó el anciano: descúbrelo inmediatamente: es indispensable; de lo contrario, serás muerto ó aprisionado con vergüenza tuya.
Y no contento con esta advertencia, cogió por sí mismo el escudo, y levantando la tela que lo cubria, dejó escapar aquella luz deslumbradora. El encantado resplandor que hirió vivamente los ojos de sus adversarios, les ofendió de tal modo que quedaron como ciegos, cayendo sin conocimientos unos por la popa, y otros por la proa.
Un vigía colocado sobre una roca de los dominios de Logistila, al divisar la escuadra de su enemiga, dió por medio de una campana la señal de alarma: no tardó en acudir presuroso el ejército de aquella hada, y á los pocos momentos se oyó semejante al de la tempestad el estruendo de la artilleria, que disparaba contra los perseguidores de Rugiero, el cual socorrido por todas partes, consiguió poner en salvo su libertad y su vida.
En esto llegaron á la playa cuatro damas, enviadas apresuradamente por Logistila: la valerosa Andrónica, la prudente Fronesia, la honestísima Dicila, y la casta Sofrosina, que dió entonces mayores muestras de solicitud que sus compañeras.
Inmediatamente despues empezó á salir del castillo el ejército de la virtuosa hada, que no tenia rival en el mundo, y embarcándose en una flota, compuesta de un crecido número de grandes bajeles, anclados en una ensenada tranquila que formaba la playa al pié de la fortaleza, y dispuestos dia y noche á combatir al primer aviso, á la primera campanada, se extendió por el mar en forma de batalla.
Terrible fué el combate que se siguió así por mar como por tierra; terrible y fatal para Alcina que perdió en aquel dia los estados usurpados á su hermana. ¡Cuántas batallas han tenido un resultado totalmente distinto del que se esperaba antes de trabarlas! Esto fué lo que le sucedió á Alcina; pues no solo no consiguió apoderarse nuevamente de su amante, segun se prometia, sino que de todos sus bajeles, tan numerosos que apenas cabian en el mar, solo pudo salvar de las llamas una débil barquilla, en la cual huyó triste y desesperada.
Con la fuga de Alcina acabó de consumarse la total destruccion de la armada, y sus soldados cayeron muertos en la pelea ó fueron reducidos á prision; pero este cruel revés no afligia tanto á la maga como la pérdida de su Rugiero, por quien suspiraba dia y noche amargamente, derramando copiosas lágrimas. En su desesperacion se lamentaba con frecuencia de no poder darse la muerte; porque una hada no puede morir mientras el Sol siga su curso natural y no varien las revoluciones del cielo y de los astros. Si así no fuese, el dolor de Alcina era bastante á conmover á Cloto[42] para que cortara el hilo de sus dias, y hubiera puesto término á su suplicio valiéndose del acero, como Dido[43], ó cual la soberbia reina del Nilo[44], eligiendo un veneno mortal para arrancarse la existencia, pero desgraciadamente las hadas no siempre pueden morir.
Mas volvamos á Rugiero, digno de eterna gloria, y dejemos á Alcina entregada á su afliccion.
Luego que el paladin, saltando á tierra, consiguió fijar la planta en aquel país seguro y hospitalario, dió fervorosas gracias á Dios por no haberle desamparado en la realizacion de su intento, y volviendo al mar la espalda, se encaminó rápidamente hácia la roca donde se asentaba el castillo de Logistila. Jamás vieron ojos mortales otra fortaleza tan suntuosa ni tan bien defendida. Sus murallas eran de una piedra mucho más preciosa que el diamante ó el rubí; de una piedra completamente desconocida entre nosotros; para formarse idea de ella seria preciso ir á verla hasta aquel país; pues no creo que se encuentre otra semejante en parte alguna, como no sea en el Cielo. Lo que la hace mucho más notable y de más valor que cualquiera otra piedra preciosa, es que al contemplarse en ella, el hombre vé retratado lo que pasa hasta en el fondo de su corazon: contempla sus vicios y sus virtudes tan claras y patentes, que no vuelve jamás á hacer caso de la adulacion ni de las censuras inmerecidas: mirándose en aquel brillante espejo, aprende el hombre á conocerse á sí mismo y adquiere una exquisita prudencia. El resplandor que aquellas piedras despedian, comparable solo al del Sol, alumbraba de tal modo con sus fulgurantes destellos, que quien poseyera una sola, podria, siempre que le viniera en mientes, convertir la noche en dia, á pesar del mismo Febo. No solo las murallas eran dignas de admiracion: el arte y la materia de que se compone aquel castillo compiten hasta tal punto, que seria difícil juzgar á cual de ambos debia darse la preferencia.