Sobre arcos tan elevados que no parecia sino que sostuvieran los mismos cielos, se ostentaban tan extensos y bellísimos jardines, que hubiera sido difícil formarlos semejantes en la llanura. Por entre las luminosas almenas asomaban sus verdes ramas mil arbustos odoríferos, cargados, tanto en verano como en invierno, de pintadas flores y frutas sazonadas. Solamente en aquellos jardines crecen árboles tan fecundos, y solo en ellos se ven rosas, violetas, lirios, amarantos ó jazmines tan magníficos. En otras partes las flores suelen nacer, vivir, é inclinar su corola marchita en un mismo dia, dejando huérfano de hojas su tallo á la menor variacion atmosférica; pero allí era perpétua la belleza de las flores: no porque la benigna naturaleza les conceda una temperatura á propósito, sino porque Logistila, con su cuidado y sus talentos, las hacia vivir en una primavera eterna, sin el auxilio de ninguna cosa sobrenatural, lo cual parecia á todos increible.
Logistila se mostró muy complacida de la llegada á sus dominios de un caballero tan gentil, y dispuso que fuera muy agasajado, y que todos se esmeraran en honrarle y obsequiarle. Rugiero vió con satisfaccion á Astolfo que hacia bastante tiempo se encontraba allí; y en pocos dias fueron llegando sucesivamente todos los caballeros á quienes Melisa habia devuelto su primitiva forma.
Despues de haber descansado algunos dias, se acercó Rugiero á la prudente Hada con el duque Astolfo, que anhelaba tanto como aquel guerrero regresar á Occidente. Melisa tomó la palabra por ambos, y suplicó humildemente á la Hada, que con sus consejos, favor y auxilio, lograsen volver al país de que procedian. Logistila contestó que pensaria en ello, y que dentro de dos dias les concederia lo que deseaban. Reflexionó despues en los medios de que se valdria para auxiliar á Rugiero y al Duque, y resolvió que el caballo alado fuese el primero en regresar á las costas de Aquitania; pero antes quiso que se le hiciera un freno á propósito para dirigirle. Enseñó á Rugiero de qué modo ha de valerse para hacerle subir ó bajar, segun su deseo, y cómo ha de manejar las riendas para que vuele describiendo círculos, para que hienda los aires en línea recta ó para que permanezca fijo sostenido en las alas. A los pocos ensayos, logró el paladin dominar por completo á su corcel, guiándole por los aires con la misma facilidad y destreza con que solia cabalgar en su anterior caballo por el terreno llano.
Cuando Rugiero lo tuvo todo dispuesto para el viaje, se despidió de la Hada benéfica, y salió de sus estados llevando grabado en su corazon el permanente y cariñoso recuerdo de sus bondades.
Continuaré hablando de Rugiero que emprendió su marcha en ocasion muy oportuna, y despues referiré cómo el guerrero inglés consiguió reunirse á Carlomagno y sus aliados tras un viaje mucho más largo y penoso.
Al partir Rugiero, no siguió el mismo camino por donde á pesar suyo le habia conducido el Hipogrifo, siempre por encima de los mares y sin ver apenas la tierra: en disposicion ahora de dirigirle á su albedrío, quiso regresar á su país por distinta via, como los reyes Magos hicieron al volver al suyo por no encontrarse con Herodes. Al ir hácia aquella isla donde estaban las dos hadas en contínua guerra, habia atravesado la España, y fué á parar á la India Oriental directamente cruzando los mares. A la vuelta quiso ver otras regiones distintas de aquellas en donde Eolo impele á los vientos, y terminar el círculo empezado, para dar, lo mismo que el Sol, la vuelta al mundo entero.
Ofreciéronse á su vista el Catay, y Mangiana sobre el gran Quinsaí: pasó volando sobre el monte Imaús; dejó á la izquierda la Sericania, y declinando siempre desde la Escitia hiperbórea hasta las costas de Hircania, llegó al país de los Sármatas; y cuando se encontró en los confines de Europa y Asia, vió la Rusia, la Prusia y la Pomerania.
Aunque el único deseo de Rugiero fuese el de ver cuanto antes á su querida Bradamante, no pudo, sin embargo, privarse del placer que le causaba ir dando la vuelta al mundo, y siguió visitando las comarcas de Polonia, Hungria, Germania y todas las demás de aquella triste tierra boreal hasta que por fin llegó á Inglaterra, último confin, por aquella parte, del mundo conocido. No vayais á figuraros, Señor, que durante este largo trayecto estuviera siempre volando: cada noche procuraba encontrar un albergue buscando una posada donde descansar cómodamente. Invirtió muchos dias y aun meses en su viaje, por lo mismo que se complacia en visitar nuevas tierras y nuevos mares, hasta, que llegando á Lóndres una mañana, obligó á su palafren á descender á la orilla del Támesis.
En las praderas que rodeaban aquella ciudad vió una inmensa multitud de infantes y ginetes armados, que desfilaban en apiñados escuadrones, y al toque de cornetas y atabales, por delante del buen Reinaldo, honor y prez de los paladines; el cual, si recordais lo que de él he referido, habia pasado á aquellos reinos por mandato de Carlomagno en demanda de auxilios de toda clase.
Rugiero llegó precisamente en el momento en que se pasaba revista á tan lucido ejército, y desmontando del Hipogrifo, preguntó la causa de aquel aparato militar á un caballero, que se apresuró con gran cortesía á satisfacer su curiosidad, diciéndole que las tropas agrupadas allí bajo tantas y tan distintas banderas procedian de Escocia, Irlanda, Inglaterra y demás islas adyacentes; y que en cuanto terminase aquella revista, se dirigirian hácia la costa, donde los esperaban ya los buques que debian surcar el Océano, para acudir en socorro de los franceses, reducidos al último extremo, y que solo de ellos esperaban su salvacion.