Así como suele descender desde la region de los aires el águila, que, atraida por la serpiente que ha visto deslizarse entre la yerba, ó tenderse al Sol sobre una pelada roca, para limpiar y alisar sus doradas escamas, no la acomete de frente á fin de evitar su ponzoñosa mordedura, sino que la ataca por la espalda, agitando las alas con objeto de impedir que el reptil se vuelva y la ataque á su vez, del mismo modo acometió Rugiero á la orca con espada y lanza dirigiendo sus golpes, no al sitio donde podian servirle de defensa sus terribles colmillos, sino entre las orejas, sobre la espalda ó hácia la cola. Si la fiera se volvia, cambiaba él de direccion, y tan pronto descendia como volvia á elevarse; pero se fatigaba en vano, porque no conseguia atravesar aquella piel más dura que la roca.
Podia compararse aquel combate á los ataques que contra el mastin dirige la mosca atrevida durante el polvoroso Agosto, ó en los meses anterior y siguiente, aquel lleno de espigas y este de mosto: pícale en los ojos, y en el hocico; da mil vueltas en torno suyo y no se separa un momento de él, mientras que el perro da continuos mordiscos al aire, hasta que alcanzando uno á su enemiga basta para hacerle pagar cara su audacia.
La orca golpeaba con tal violencia las olas que hacia saltar el agua hasta el cielo; así es que el paladin no sabia si estaba batiéndose en el aire, ó si su corcel se habia metido en el mar. Más de una vez deseó encontrarse en la playa; porque de durar mucho aquella lucha, temia que de nada le sirvieran las alas mojadas del Hipogrifo, encontrándose por consiguiente sin auxilio y sin poder valerse de la más insignificante barquilla. Ofrecióse entonces á su imaginacion un nuevo y más seguro medio de vencer con otras armas á la horrenda fiera, deslumbrándola con el resplandor del escudo encantado. Voló hácia la orilla, y para no comprometer el éxito, se dirigió á la jóven que continuaba atada á la roca, y le colocó en el dedo el anillo que destruia todos los encantos; aquel anillo que Bradamante habia arrebatado á Brunel para salvar á Rugiero, y que le habia enviado á la India por conducto de Melisa para arrancarle del poder de la pérfida Alcina. Melisa, como he dicho antes, hizo uso de aquel talisman en favor de muchos, y despues se lo devolvió á Rugiero, que no volvió á desprenderse de él.
En aquella ocasion se lo confió á Angélica por temor de que privara al escudo de su esplendoroso fulgor, y para que al mismo tiempo sirviera de defensa á aquellos bellos ojos, que ya le habian aprisionado en sus redes. El enorme cetáceo se acercaba en tanto á la orilla, oprimiendo con su cuerpo un inmenso espacio de mar. Preparóse Rugiero, y cuando le vió cerca, levantó el velo, uniendo un nuevo Sol al que ya brillaba en el cielo. La encantada luz, dando de lleno en los ojos de la fiera, produjo el efecto acostumbrado. Como la carpa ó la trucha flotan por el rio cuyas aguas ha emponzoñado con cal el pescador, así se vió flotar el mónstruo con el vientre hácia arriba á merced de las olas. Rugiero procuró entonces herirle por todas partes, pero no pudo conseguir su intento.
Angélica empezó á rogarle que cesara en sus inútiles esfuerzos, diciéndole entre copioso llanto:
—Vuelve, por Dios, Señor: desátame antes que la orca vuelva en sí; llévame contigo, y sumérgeme en lo profundo del mar antes que dejarme de nuevo expuesta á la voracidad de ese mónstruo.
Rugiero, conmovido por estas súplicas, desató á la jóven y la apartó de la orilla. Preparó su corcel, que afirmando las patas en la arena, tomó impulso, se lanzó por los aires y atravesó velozmente el espacio, llevando sobre sus lomos al caballero y á la jóven. Así se vió privada la orca de un manjar harto suave y delicado para ella. Durante aquel viaje aéreo, volvíase Rugiero con frecuencia y cubria de besos el pecho y los vivaces ojos de su compañera.
El paladin abandonó el propósito que tuvo al principio dar la vuelta á España, é hizo que su corcel descendiera en la costa cercana, donde forma un prolongado cabo la Bretaña menor.
Habia en aquella costa un bosque de pobladas encinas, en el cual anidaban multitud de ruiseñores: en el centro se descubria un pequeño prado con una fuente en medio, y á uno y otro lado se elevaban colinas solitarias. Allí fué donde el ardoroso caballero detuvo su atrevida marcha y bajó á la pradera, haciendo que su corcel plegara las alas. Apenas apeado del caballo, se preparó á dar asaltos más dulces; pero le incomodaba el arnés, y tuvo que quitárselo por ser un obstáculo para sus deseos. En su precipitacion, no acertada á despojarse de las armas: mientras procuraba desatar un nudo, sin saber cómo hacia dos. ¡Jamás le habia costado tanto trabajo quitarse la armadura! Pero este canto se va alargando demasiado, y quizá, Señor, esteis ya cansado de escucharme. Aplazaré, pues, la conclusion de esta historia para ocasion más oportuna.