CANTO XI.

Angélica huye de Rugiero, valiéndose del anillo misterioso que aquel le habia confiado.—Rugiero presencia despues la lucha de un gigante con Bradamante, á quien se lleva aquel, perseguido por Rugiero.—Orlando llega á la isla de Ebuda, dá muerte al mónstruo marino y salva á Olimpia, que se casa despues con Oberto, rey de Irlanda.

Sucede muchas veces que un débil freno es bastante para detener en su veloz carrera al corcel más brioso; pero es en cambio muy raro que el freno de la razon logre contener los ímpetus de la lujuria, cuando el inmediato goce la incita; del mismo modo que el oso no se aparta fácilmente de una colmena, como haya llegado á olfatear la miel ó haya probado una sola gota de ella.

¿Qué razon podria, pues, contener al buen Rugiero para apartarle del intento de gozar de la hermosura de Angélica, á quien tenia en su poder, completamente desnuda en un bosque tranquilo y solitario? Habíase olvidado enteramente de su Bradamante, cuya imágen solia estar siempre fija en su memoria; ó si acaso conservaba algun ligero recuerdo de ella, no impedia que se tuviera por necio si no se aprovechaba de la ocasion que la suerte le ofrecia para disfrutar de los encantos de Angélica, ante los cuales no habria podido menos de olvidar su continencia el mismo Xenocrates[47].

Rugiero habia arrojado léjos de sí la lanza y el escudo, y se quitaba con verdadera impaciencia todas las piezas de su armadura: en aquel momento bajó Angélica los ojos, contemplando avergonzada la desnudez de su cuerpo; y sus miradas se fijaron en el precioso anillo que llevaba en el dedo, el mismo que Brunel le habia arrebatado en Albraca, y que llevaba en su primer viaje á Francia, cuando acompañó á su hermano armado con la lanza que entonces poseia el paladin Astolfo. Con él habia destruido el encanto de Malagigo en la caverna de Merlin; con él logró romper una mañana las cadenas con que Dragontina tenia aprisionados á Orlando y sus compañeros, y con él salió invisible de la torre donde la tenia encerrada un viejo infame. Pero ¿á qué he de recordar todos estos pormenores que conocéis tan bien como yo? Brunel, por complacer al rey Agramante, la fué siguiendo en sus largos viajes, hasta que consiguió arrebatarle aquel talisman: desde entonces se mostró la Fortuna enteramente adversa á Angélica, hasta que consiguió desposeerla de su reino.

Al ver de nuevo aquella joya en su dedo, fué tal su contento y su estupor, que dudando de si todo aquello era un sueño, apenas podia dar crédito á sus ojos y á sus manos. Sacóse el anillo del dedo, y poco á poco se lo metió en la boca, desapareciendo súbitamente de la vista de Rugiero, como se oculta el Sol tras densa nube.

El paladin dirigió sus miradas en derredor, y daba vueltas como un loco buscando á la jóven: acordóse bien pronto del anillo, y quedó confuso y estupefacto, prorumpiendo despues en blasfemias contra su imprevision, y acusando de ingrata y desleal á la doncella, que tan indignamente recompensaba el auxilio que le habia dado.

—¡Ah, ingrata hermosura! exclamaba: ¿es este el galardon que yo merecia? ¿Por qué prefieres robarme ese anillo á aceptarlo como un regalo de mis manos? No solo te hubiera entregado ese talisman, sino tambien mi escudo, mi caballo, y hasta mi persona, para que hicieras de ella el uso que tuvieras por conveniente con tal de que no me ocultaras tu hermoso rostro. Bien sé, cruel, que me estás oyendo, y sin embargo no me respondes....

Y así diciendo, no cesaba de dar vueltas en derredor de la fuente con los brazos extendidos, como si estuviera ciego. ¡Ah! ¡Cuántas veces abrazaba el aire con la esperanza de estrechar entre sus brazos á la doncella!

Angélica se habia alejado ya bastante, y no cesó de andar hasta que llegó á una cueva muy ancha y profunda que encontró al pié de un monte. En ella estaba descansando un viejo pastor, que guardaba un numeroso ganado de yeguas, las cuales iban paciendo por el valle las frescas yerbas que brotaban á orillas de los arroyuelos. A uno y otro lado de la cueva habia frondosas alamedas, donde se guarecia la yeguada de los ardores del Sol del medio dia. Angélica permaneció allí durante todo el dia, continuando invisible; y cuando al caer la tarde juzgó que habia restaurado suficientemente las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu, envolvióse en unos paños rojos, bien diferentes á las lujosas y elegantes vestiduras verdes, amarillas, violadas, azules y purpúreas que habia siempre llevado. Tan humilde ropaje, no podia, sin embargo, privarla de su encantador aspecto y noble continente. Cesen en sus alabanzas cuantos ensalzan á Filis, Nerea, Amarilis ó á la ligera Galatea: Títiro y Melibeo se verian obligados á confesar que ninguna de ellas era comparable por su belleza á Angélica.