La doncella eligió entre todas aquellas yeguas la que mejor le pareció, y alejándose de aquel sitio, sintió renacer el deseo de regresar al Oriente.
Rugiero en tanto continuaba buscando asídua é inútilmente á la fugitiva, y cuando por último se convenció de su error, y de que ni estaba allí ya ni le oia, se dirigió hácia el sitio donde habia dejado al Hipogrifo; mas con gran sorpresa suya se encontró con que se habia arrancado el freno é iba volando por los aires en toda su libertad. Grande fué el disgusto que le ocasionó la pérdida de su caballo, y mucho más coincidiendo con la decepcion que Angélica le habia hecho sufrir; pero su mayor sentimiento consistia en la falta del precioso anillo, no tanto por la virtud que poseia, como por haber sido regalo de Bradamante.
Pesaroso en alto grado, volvió á vestirse sus armas, y se colocó el escudo á la espalda; alejóse del mar, y atravesando la playa, se dirigió á un anchuroso valle, en el cual habia un bosque sombrío, dividido por un sendero trillado y de una gran longitud. No anduvo mucho, cuando oyó un gran estrépito á su derecha y hácia el sitio en que más espesa era la selva. Aquel estruendo era producido por el choque de las armas: apresuró el paso, saltando matorrales, y descubrió en un pequeño claro del bosque dos individuos que se batian encarnizadamente. Animados por un feroz deseo de no sé qué venganza, no se daban tregua ni descanso. Uno de ellos era un gigante de aspecto horrendo; el otro un caballero atrevido y leal, que valiéndose del escudo y de la lanza, y saltando acá y allá, procuraba esquivar los furibundos golpes de la maza que el gigante empuñaba con las dos manos. Cerca de él yacia su caballo muerto.
Rugiero se detuvo, y permaneció mudo espectador de aquella lucha: en su mente dirigió fervientes votos al Cielo por que venciera el caballero; más se abstuvo de acudir en su defensa, y continuó apartado hasta ver el resultado del combate.
De pronto levantó el gigante la maza con ambas manos, y dejóla caer con toda su fuerza sobre el yelmo de su adversario á quien derribó tan tremendo golpe; y apenas el vencedor le vió en el suelo, se apresuró á desatarle el casco para darle muerte, cuya circunstancia permitió á Rugiero distinguir las facciones del vencido. Atónito el paladin, conoció en aquel rostro el de su dulce y bella Bradamante, á la que se preparaba á cortar la cabeza el impío gigante: fuera de sí, se lanzó á él con la espada desnuda retándole á singular batalla; mas su adversario, despreciando el desafío, cogió á la doncella desmayada entre sus brazos, la colocó sobre sus hombros y alejóse con ella, del mismo modo que huye el lobo llevándose un tierno corderito, ó el águila arrebatando entre sus encorvadas garras una paloma ó cualquier otra avecilla.
Comprendiendo Rugiero lo necesario que era su auxilio en aquella ocasion, echó á correr tras el gigante con cuanta velocidad le era posible; pero aquel movia sus desmesuradas piernas con tal rapidez, que el enamorado paladin apenas podia seguirle con la vista. Corriendo el uno y persiguiendo el otro, penetraron en un sendero oscuro y sombrío, que iba dilatándose á cada paso, hasta que salieron á una gran pradera.
Los dejaremos allí para volver á Orlando, que acababa de arrojar en las profundidades del mar el arma terrible del rey Cimosco, á fin de que no pudiera caer en manos de nadie. De poco le sirvió, porque el impío enemigo de la naturaleza humana, que fué el inventor de aquel rayo, á imitacion del que, descendiendo del cielo, rompe las nubes, hizo que lo encontrara un mágico en tiempo de nuestros abuelos ó poco antes, para ocasionar á los mortales un tormento mayor del que les causara cuando engañó á Eva con la manzana. Aquella máquina infernal estuvo sepultada
Rugiero corre á salvar á Bradamante, creyéndola vencida por un gigante.
(Canto XI.)
bajo más de cien brazas de agua por espacio de muchos años, hasta que fué extraida del mar por medio de sortilegios: primeramente fué conocida de los alemanes, que haciendo con ella diferentes ensayos, ayudados por el Demonio que aguzaba sus ingenios en nuestro daño, dieron por fin con el uso á que estaba destinada. La Francia, la Italia, y sucesivamente todas las naciones aprendieron despues ciencia tan cruel: unos fundieron el bronce, y al salir del horno ardiente, lo modelaron en forma hueca: otros horadaron el hierro, y forjaron armas de todas dimensiones, más ó menos pesadas, á las que cada autor, segun su capricho, dió los nombres de bombardas ó arcabuces, cañones sencillos ó cañones dobles, sacres, falconetes ó culebrinas, cuyos tiros atraviesan el hierro, rompen el mármol y ábrense camino por donde se les dirige. Confia, pues, á la frágua, mísero soldado, cuantas armas llevas, inclusa la espada, y échate al hombro un mosquete ó un arcabuz, porque sin ellos no alcanzarás ningun buen resultado.