Con ademan airado, le dirigió la palabra en estos términos:
—¡Infame, hombre sin fé! ¿por qué te pesa tanto dejar aquí este yelmo, que há tiempo debiste haberme devuelto? Acuérdate, infiel, de cuando diste muerte al hermano de Angélica: ese soy yo. Recuerda que me prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues, porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que tú no has querido cumplirlos; tu turbacion ha de causarla más bien tu falta de fé y lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura adquirir otro, pero con honor: el paladin Orlando tiene uno; otro, y quizá mejor, posee Reinaldo: el uno fué de Almonte; el otro de Mambrino. Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto á este, ya que has prometido dejármelo, harás bien en renunciar á él.
Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambióse el color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos, expirando además las palabras en sus labios. Pero cuando oyó la voz de Argalía (que así se llamaba) á quien habia dado allí mismo la muerte, reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sintió abrasado por la ira al par que por el rubor. Permaneció silencioso, sin ánimo ni tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en él la vergüenza, que juró por la vida de Lanfusa[1] no cubrir su cabeza con más casco que con el que arrancó Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observó mejor este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alejó de aquel sitio, que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni dedicarse á otra cosa más que á buscar, aunque en vano, al paladin por todos los sitios donde suponia encontrarlo.
No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vió á su caballo saltar delante de él.—Detente, detente, Bayardo mio, exclama el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin tí!—Pero el corcel, sordo á tales voces, no solo no obedecia á su amo, sino que huia con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, echó á correr en pos de él.
Pero volvamos á la fugitiva Angélica que, vagando por selvas espantosas y sombrías, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal temor estaba poseida, que el más leve movimiento de las hojas ó de las ramas, cualquier sombra que veia en el monte ó en el valle, le parecia que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo ó jóven cervatilla, que al ver á su madre, entre la enramada del bosquecillo que le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el fiero animal que abre la boca para devorarla, así Angélica volaba despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber adonde dirigir sus pasos: al fin encontróse en un embalsamado bosquecillo, blandamente oreado por el fresco céfiro. Dos claros arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyéndose allí en completa seguridad y muy léjos de Reinaldo, determinó reponerse algun tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor abrasador. Apeóse entre las flores; y quitando la brida al palafren, le dejó en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras márgenes de aquellos arroyuelos.
No léjos de aquel sitio divisó una espesura de floridos espinos y de encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y pobladas encinas: bajo aquella verde bóveda, que ofrecia un oculto al par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jóven se dirigió á él, y se entregó confiada á un sueño reparador; pero apenas lo habia conciliado, cuando le pareció oir las pisadas de un caballo: levantóse silenciosa y vió á un caballero armado, que estaba junto al rio. Ignorando si era amigo ó enemigo, su corazon palpitaba entre el temor y la esperanza, y se decidió á esperar el fin de aquella aventura, conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.
El caballero se sentó á la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una mano, cayó en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mármol. Más de una hora permaneció inmóvil y entregado á sus pensamientos; despues con tono aflijido y lastimero prorumpió en tan suaves quejas, que hubiera conmovido á las piedras ó ablandado á las fieras. Surcaba sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia abrasado como un volcan.
—¡Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon, decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! ¿qué debo hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado á coger el fruto? Apenas he conseguido una palabra ó una mirada, mientras que otro ha alcanzado los más preciados tesoros. Si para mí no hay ya frutos ni flores, ¿por qué he de atormentar inútilmente mi corazon?... La doncella es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los amantes y las jóvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho ó su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante de esa flor que debe tener en más que la hermosura de sus ojos y que su propia vida, pierde el favor de los demás amantes. Sea pues despreciable á los ojos de los otros, por más que la ame entrañablemente aquel á quien se entregó. ¡Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los demás, mientras yo muero de despecho. ¿Y podrá suceder que deje de amarla? ¡Ah, prefiero morir antes que olvidarla!
Aquel guerrero que aumentaba con sus lágrimas el caudal del rio, era el enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena consistia en el amor que profesaba á Angélica, de quien fué bien pronto reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente á Occidente; en la India supo con gran dolor que la jóven habia seguido á Orlando hácia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se habia apoderado de ella y la habia prometido en premio á aquel que más servicios prestara á la causa de las doradas lises. Sacripante se presentó en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota de los cristianos, y despues procuró descubrir las huellas de Angélica, cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su amoroso desvarío ocasiona su tristeza, obligándole á lamentarse y á prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.
En tanto que el guerrero se entregaba á su quebranto y derramaba torrentes de lágrimas, quiso su buena suerte que llegáran sus lamentos á oidos de Angélica, y aquel instante inesperado fué para él más favorable que mil años de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta á las palabras, al llanto y á los movimientos del que le consagraba ferviente amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales quejas, pero jamás pudieron conmover su duro y helado corazon, como sucede al que desdeña á sus semejantes por no encontrar á ninguno digno de él. Pero viéndose entonces sola y en medio de los bosques, juzgó que Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal que, próximo á ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella oportunidad, le seria difícil encontrar mejor compañía, por lo mismo que en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia dado, tuvo ocasion de conocer que era el más leal de sus adoradores. No desistió, sin embargo, de oponerse siempre á sus deseos, ni se proponia inundar de júbilo su corazon y reparar el daño que en él habia causado, concediéndole lo que todo amante anhela; pero sí entretenerle con lijeras esperanzas mientras pudiera serle útil, para volver despues á su frialdad y dureza habituales.