Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, señor de Montauban, á quien por un extraño suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto fijó sus miradas en la jóven y pudo distinguir, aunque desde léjos, su bello y angelical semblante, quedó preso en las redes del amor. La doncella volvió las riendas á su palafren y lo lanzó á toda brida por la espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Pálida, temblorosa, y sin ser dueña de sí misma, dejó al instinto del caballo la eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva, en todas direcciones, llegó al fin á la orilla de un rio.
Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrábase en el mismo sitio Ferragús, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: á pesar suyo, se veia detenido allí; pues en la precipitacion por refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.
La atemorizada doncella llegaba á escape y gritando con todas sus fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, saltó á la orilla, contempló un momento á la jóven, y á pesar de su palidez y turbacion, y de hacer mucho tiempo que no la habia visto, conoció bien pronto que era la hermosa Angélica la que se aproximaba.
Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantería, le prestó todo el auxilio que le fué posible, y sin cuidarse de que el yelmo no resguardaba su cabeza, tiró de la espada, y corrió amenazador hacia Reinaldo, á quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian encontrado ya muchas veces frente á frente, y ambos conocian tambien el temple de sus armas. Trabóse entre ellos un combate cruel, á pié y desnudos los aceros, descargándose recíprocamente tan terribles golpes, que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los más fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes procuraban herirse, el caballo de Angélica necesitó valerse de todo su instinto; pues la jóven, aguijándole cuanto le era posible, lo lanzó á todo escape por el bosque y por el campo.
Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos, para alcanzar la victoria, el Señor de Montauban, en cuyo corazon ardia de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigió al sarraceno, diciéndole:
—Crees ofenderme á mí solo, y sin embargo ahora te estás tambien perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo Sol te han abrasado el pecho, ¿qué consigues con detenerme aquí? Aun cuando logres someterme ó darme la muerte, no por eso será tuya aquella doncella; pues mientras nosotros perdemos aquí el tiempo, ella huye precipitadamente. ¡Cuánto mejor seria, si es que la amas, que la alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje más! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidirá á quién ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado combate, solo resultará perjuicio para entrambos.
Aceptó el infiel esta proposicion, y quedó aplazado el desafío. Establecióse por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando á olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al apartarse de aquella fresca corriente, no consintió que fuera á pié el buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias súplicas que montara á la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de Angélica.
¡Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron juntos y sin mútua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro acicates, llegó velozmente á un sitio donde se bifurcaba el camino. Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al acaso; Reinaldo siguió por una, y el sarraceno por la otra. Despues de haber dado Ferragús muchas vueltas por el bosque, fué á parar al mismo sitio de donde habia partido, y encontróse junto al rio en que habia perdido su casco. Desesperando de alcanzar á la doncella, dedicóse á buscarlo, y con este objeto se metió en el agua; pero estaba aquel tan enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de recobrarlo.
Valiéndose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de un álamo, empezó á sondear el rio y á reconocer su lecho minuciosamente. Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vió que sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco que por tanto tiempo habia buscado Ferragús infructuosamente.