CANTO PRIMERO.

Huye Angélica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar á su fiel caballo que se le ha escapado.—Encendido este guerrero en ira y en amor, ataca al orgulloso Ferragús.—Este pronuncia un nuevo juramento, más terminante que el primero con respecto á apoderarse de un casco.—El Rey de Circasia encuentra con alegría á su amada, y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.

Canto la galantería, las damas, los caballeros, las armas, los amores y las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar de África é hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.

Con respecto á Orlando, referiré cosas que jamás se han dicho en prosa ni en verso; manifestaré cómo se convirtió en un loco furioso aquel hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojalá que aquella por quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar á cabo lo que prometo.

Y vos, ¡oh Hipólito!, generoso descendiente de Hércules, ornato y esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo, única muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros á vuestro humilde súbdito. Con mis palabras ó mis escritos puedo solamente pagaros lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy todo cuanto me es posible daros.

Entre los esclarecidos héroes que me propongo celebrar en mis versos, oireis recordar á aquel Rugiero, que fué el antiguo tronco de vuestra ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables hazañas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar un lugar entre vuestros elevados pensamientos.

Enamorado Orlando, largo tiempo hacía, de la bella Angélica, habia alcanzado por causa de esta infinitos é inmortales laureles en la India, en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y llegado al pié de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en Francia y Alemania, esperaban al rey Cárlos para emprender la campaña contra los reyes Marsilio y Agramante, á quienes se proponian hacer arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del África, el primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber aprestado el segundo todos sus soldados que á la sazon dominaban en España, para destruir el hermoso reino de Francia.

Orlando se presentó oportunamente en aquel lugar; pero pronto se arrepintió de su llegada, pues al poco tiempo le fué robada su dama: ¡tan sujeta está al error la inteligencia humana! Aquella mujer por quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas orientales á las occidentales, fuéle arrebatada cuando se hallaba en su patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo. El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fué quien la hizo desaparecer; pues habiéndose originado poco antes una viva disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de un apasionado y ardiente amor hácia la extraordinaria belleza de Angélica, disgustóse Cárlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle ambos paladines; y se apoderó de la doncella, entregándola al duque de Baviera, y prometiéndola como recompensa á aquel de los dos que matara por su mano mayor número de infieles y más se distinguiera en la batalla que se preparaba.

El éxito, sin embargo, fué contrario á sus deseos; pues habiendo sido derrotados y puestos en fuga los cristianos, cayó el Duque prisionero juntamente con muchos de los suyos, y quedó abandonada su tienda de campaña. Angélica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia adversa á los soldados de Cristo, habia montado á caballo, poco antes de trabarse la batalla, y huyó cuando vió el giro que esta tomaba.

Entró en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divisó á un caballero que, á pié, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta más ligero que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La tímida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye más veloz de lo que Angélica revolvió su corcel al ver al guerrero que hácia ella se dirigia.