»No pudiendo llevar á cabo por sí mismo el rapto meditado, porque su anciano padre le habia confiado el mando de las tropas que debian socorrer al apurado rey de Francia, envió en su lugar á Odorico á quien eligió como el más fiel y decidido amigo entre todos los amigos decididos y fieles con que contaba; y así debia ser, suponiendo que los beneficios tengan siempre el poder de estrechar la amistad. Habíamos convenido de antemano en que este vendria á robarme en un buque armado convenientemente, así que trascurriera el tiempo prefijado. En cuanto llegó el anhelado dia, me trasladé á aquel jardin, y Odorico, seguido de una tropa de marineros armados, desembarcó en un rio próximo á la ciudad y se dirigió silenciosamente adonde yo me encontraba. Me trasladaron en seguida á la galera preparada, antes de que se difundiera por la ciudad la menor sospecha de mi evasion. Algunos de mis criados, á quienes sorprendieron desnudos y desarmados, pudieron huir; otros fueron degollados, y otros hechos prisioneros y llevados conmigo. De este modo abandoné mi patria, tan llena de alegría como no podrás figurarte, esperando disfrutar en breve del amor de mi Zerbino.

»Apenas nos encontramos á la altura de Mongia, cuando nos asaltó por la izquierda una horrorosa tempestad que oscureció el cielo, hasta entonces sereno; alborotóse el mar, y sus encrespadas olas subian hasta las nubes. El duro Noroeste, que nos desviaba de nuestro rumbo, iba creciendo de hora en hora y cada vez con más fuerza, en términos de hacer totalmente inútiles todas las maniobras. De nada nos servia amainar las velas, picar los palos, ni aligerar el buque: á pesar de nuestros esfuerzos, el huracan nos arrastraba hácia unos escollos próximos á la Rochela, y á no ser por el auxilio del Todopoderoso, seguramente nos hubiéramos estrellado contra la costa; porque el desapiadado viento nos empujaba con más velocidad que la que lleva una flecha al ser despedida del arco.

»Ante la inminencia del peligro, el vizcaino recurrió á un medio que con frecuencia suele salir fallido: hizo arrojar un bote al agua, al que saltó con presteza llevándome consigo: despues de él, saltó otro, y otro, y lo hubiera hecho tambien toda la tripulacion á no ser por la resistencia de los primeros, que espada en mano rechazaron á los demás y cortaron el cable. En breve nos alejamos del buque, y llegamos felizmente á tierra todos cuantos nos habíamos refugiado en el bote: no tuvieron igual suerte los que en la galera habian quedado; todos se hundieron en el mar con ella, sin que pudiera salvarse el menor objeto. Con las manos extendidas hácia el cielo, dí fervorosas gracias á la bondad infinita del Eterno por haberme arrancado al furor del mar, permitiéndome volver á ver á mi Zerbino.

»Mis joyas, mis vestidos, todo cuanto poseia desapareció en el mar con el bajel: pero mientras me quedara la esperanza de reunirme á mi amante, me importaba muy poco todo lo demás. La playa donde logramos arribar no ofrecia señal alguna de sendero, ni en cuanto alcanzaba la vista se veia un solo albergue por miserable que fuese: solo se descubria una montaña, cuya umbrosa cima azotaban continuamente los vientos, mientras que las olas se estrellaban en su base. Allí fué donde el amor tirano y cruel, que jamás ha cumplido lealmente una promesa, y que está siempre acechando una ocasion para estorbar y oponerse á nuestros propósitos más razonables, convirtió del modo más lamentable mi consuelo en dolor, mi bien en mal: aquel amigo, en quien Zerbino depositara toda su confianza, olvidando su promesa, ardió por mí en deseos impuros.

»Ya fuese porque no se hubiera atrevido á revelarme su pasion durante el viaje, ó porque la favorable ocasion que le proporcionaba la soledad de aquel sitio despertase en él un amor criminal, es lo cierto que Odorico se preparó á satisfacer en él sin demora su deshonesto apetito; pero antes procuró desembarazarse de uno de los dos que se habian salvado con nosotros en el bote. Era este un escocés llamado Almonio, que se mostraba muy adicto á Zerbino, el cual le recomendó á Odorico como hombre decidido y valiente. Para alejarle de nuestro lado, le dijo este que era una imprudencia digna de censura obligarme á ir á pié hasta la Rochela, y le rogó en consecuencia que se adelantara á reconocer el país, á fin de proporcionarme una cabalgadura. Almonio, que nada recelaba, echó á andar inmediatamente hácia la ciudad que nos ocultaba el bosque, y apenas distaba seis millas. En cuanto al segundo compañero, determinó Odorico confiarle sus perversos designios, ya por no saber cómo quitárselo de encima, ó ya tambien porque tuviera en él una gran confianza. Aquel hombre llamábase Corebo de Bilbao, y habia pasado su infancia con el traidor, viviendo ambos bajo un mismo techo. Odorico no vió inconveniente alguno en comunicarle su infame pensamiento, esperando que sacrificaria el honor en aras del placer de su amigo; pero Corebo, que era honrado y noble, no pudo escucharle sin indignacion; le apostrofó de traidor, y le echó en cara su felonía de palabra y de obra. Excitados ambos por la cólera que ardia en sus corazones, sacaron á relucir las espadas, y poseida yo del mayor espanto al ver los preparativos del combate, emprendí la fuga al través de la oscura selva.

»Odorico, más diestro en el manejo de las armas que su adversario, logró tal ventaja sobre él á los pocos golpes, que le dejó por muerto, y en seguida se lanzó en mi seguimiento. Amor, sin duda, le prestó sus alas para alcanzarme, y le enseñó tambien las frases más halagüeñas y suplicantes para inducirme á amarle y complacerle; pero todo fué en vano, porque estaba firmemente decidida á morir antes que satisfacer sus deseos. Tras de las súplicas vinieron las amenazas, y al ver que de nada le servian unas ni otras, recurrió descaradamente á la violencia: en vano fué que á mi vez le suplicara que tuviese en cuenta la confianza que en él depositó Zerbino, y la que yo misma le habia prestado al entregarme en sus manos, pues no conseguí ablandarle ni disuadirle. Viendo entonces que eran estériles mis reconvenciones y mis ruegos, y sin esperanzas de auxilio alguno contra un hombre lascivo y brutal que se abalanzaba sobre mí como hambriento oso, me defendí como pude con las manos, con los piés y hasta con los dientes y las uñas, y le arranqué las barbas y arañé la piel, lanzando gritos desesperados que llegaban hasta las estrellas.

»No sé si fué por casualidad, ó porque mis lamentos se debian oir á una legua de distancia, ó porque los habitantes de aquel país acostumbren á recorrer las costas cuando tienen noticia de algun naufragio; pero el caso fué que apareció una multitud de hombres por aquel monte, desde el que descendieron al mar, dirigiéndose despues hácia nosotros. Aquella turba llegó á tiempo para libertarme del desleal Odorico; su auxilio fué, sin embargo, para mí lo mismo que salir de Scila para precipitarme en Caribdis, ó como dice el vulgo, huir del fuego para caer en las brasas: verdad es que no fuí tan desgraciada, ni sus intentos tan salvajes, que llegaran aquellos hombres á ultrajar mi persona; pero este respeto no fué hijo de su humanidad ni de otra cualidad generosa, sino de su propósito de conservarme, como me conservan, casta y pura, para venderme con mayor ventaja. Ocho meses han trascurrido desde que me tienen aquí sepultada en vida: he perdido ya toda esperanza de ver á mi Zerbino; pues segun tengo entendido por algunas frases que he podido sorprender, me han prometido ó dado en venta á un mercader que debe llevarme á Oriente para presentarme al Soldan.»

Tal fué la narracion de la gentil doncella: los sollozos y los suspiros interrumpian frecuentemente su voz angelical capaz de enternecer á los tigres y á las serpientes. Mientras continuaba renovando su dolor, ó aliviaba quizá sus penas con el consuelo de hacer á otro partícipe de ellas, entraron en la cueva veinte hombres armados de venablos y de hoces. Su jefe, hombre de aspecto desalmado, tenia un solo ojo, cuya mirada era sombría y dura; el otro lo habia perdido de un solo golpe que le partió además la nariz y la mandíbula. Al reparar en aquel caballero, tranquilamente sentado junto á la jóven, exclamó volviéndose hácia sus camaradas:

—Ahí teneis un nuevo pájaro, á quien sin haber tendido ningun lazo, encuentro preso en mis redes.

Despues dijo al Conde: