Orlando estuvo un momento pensando lo que debia ser aquello: decidido despues á averiguarlo, apeóse de Brida-de-oro, le ató á un árbol, se acercó con gran cautela á la entrada de la cueva, y separando la maleza penetró en ella sin anunciarse. Una serie de numerosos escalones conducia al fondo de la gruta, donde no parecia sino que las personas estuvieran enterradas en vida. Era la tal caverna de una extension considerable: estaba cortada á pico y abovedada, y á pesar de su profundidad no carecia enteramente de la luz del dia; pues aunque pasaba muy poca por la entrada, la recibia con bastante intensidad por un gran agujero abierto á la derecha de la roca. En medio de la cueva, y al lado de un hogar, se veia á una doncella de agradable rostro que apenas habria cumplido los quince años. Bastóle al Conde una sola mirada para apreciar su belleza, que convertia aquel sitio salvaje en un paraiso, á pesar de que sus ojos estaban preñados de lágrimas, señales manifiestas de algun profundo dolor. Acompañábala una vieja con la que sostenia una gran disputa, cosa bastante frecuente entre mujeres; pero apenas llegó el Conde al fondo de la gruta, cesaron sus cuestiones.

Orlando las saludó con la cortesía que todo caballero está obligado á usar con las damas, y ellas se pusieron inmediatamente en pié, devolviéndole no menos afectuosamente su saludo, si bien es verdad que se alarmaron algun tanto al oir de improviso aquella voz desconocida, y al ver entrar en aquel recinto un hombre completamente armado y de terrible aspecto. Orlando les preguntó en seguida quién era el ser tan descortés, injusto, bárbaro y atroz, capaz de tener sepultado en aquella gruta un rostro tan bello y encantador. La jóven contestó á aquella pregunta con voz fatigosa é interrumpida por férvidos sollozos, que hacian salir entrecortados, entre perlas y corales, sus suaves acentos: abundantes lágrimas surcaban las azucenas y rosas de su rostro, é iban á perderse en su seno. Mas dignaos, Señor, escuchar el resto de esta historia en el canto siguiente, que ya es tiempo de terminar este.

CANTO XIII.

Orlando escucha la narracion de las desventuras de la doncella á quien Zerbino amaba.—Da muerte á la turba vil y perversa que la tenia sepultada en aquella cueva.—Bradamante, apesadumbrada por la suerte de Rugiero, penetra en el palacio donde Atlante tenia reunidos tantos caballeros.—Agramante pone en movimiento su ejército.

¡Cuán venturosos fueron los caballeros de los tiempos antiguos, que encontraban en los valles, en las grutas y en los bosques, guaridas tan solo de serpientes, osos y leones, lo que hoy apenas se vé en los palacios más suntuosos: damas que, en la primavera de su vida, fuesen dignas del título de hermosas!

He dicho más arriba que Orlando encontró en la gruta á una doncella, y que le preguntó quién la habia conducido allí. Prosiguiendo, pues, mi narracion, os referiré cómo ella dió al Conde cuenta de sus desventuras, en los términos más breves que pudo emplear, y con acento dulce y suavísimo, interrumpido frecuentemente por los sollozos.

—Aunque estoy completamente segura, le dijo, de que mis palabras me han de costar caras, porque esa vieja no tardará en participar esta entrevista al que me tiene aquí encerrada, estoy, sin embargo, dispuesta á decírtelo todo, así me cueste la vida. ¿Y qué mayor dicha puedo esperar de él, sino que cualquier dia me haga morir?

»Me llamo Isabel, y fuí hija del infortunado rey de Galicia: he hecho bien en decir fuí, pues ya no soy hija suya, sino del dolor, de la angustia y de la tristeza, por culpa del Amor, de cuya perfidia me lamento en particular: el cruel nos halaga dulcemente al principio, y mientras tanto trama en secreto engaños y traiciones. En otro tiempo vivia yo feliz y contenta con mi suerte, jóven, amable, rica, honrada y bella: hoy me encuentro pobre y despreciada; hoy soy infeliz; hoy, en fin, no puede haber suerte más desgraciada que la mia. Mas deseo que sepas el orígen del mal que me atormenta; pues aunque no me prestes generosa ayuda, creo que no ha de pesarte escucharlo.

»Hace cosa de un año que mi padre mandó publicar que daria un torneo en Bayona, y el anuncio de estas justas atrajo á una multitud de caballeros de diferentes paises. De todos cuantos concurrieron, solo me pareció digno de elogio Zerbino, hijo del rey de Escocia, ya fuese porque Amor me lo hiciera ver así, ó porque el verdadero mérito se manifiesta por sí solo. Al presenciar los admirables hechos de armas que llevó á cabo en la liza, quedé presa en las redes de su amor, si bien no pude advertirlo hasta que ya no era dueña de mí misma: no obstante mi debilidad, me tranquilizaba y aun me halagaba la idea de no haber entregado mi corazon á un hombre indigno, sino al más acreedor de él y al más gallardo que existe en el mundo. Zerbino superaba efectivamente en gentileza y valor á todos los demás caballeros, y me dió pruebas, en las cuales creo firmemente, de que su pasion no era menos ardiente que la mia. Encontramos quien protegiera nuestros amores, y de este modo, aun cuando no nos veiamos, nuestras almas estaban continuamente unidas.

»Terminadas las fiestas, mi Zerbino regresó á Escocia. Si sabes lo que es amor, podrás comprender cuán afligida quedé: su recuerdo estaba grabado en mi mente dia y noche, y me constaba que en torno á su corazon se posaba una llama no menos molesta que la mia; por cuya causa, y por no poder moderar sus deseos, pensó en los medios de llevarme á su lado. Zerbino es cristiano, yo mahometana, y esa desigualdad de creencias le impidió pedir á mi padre mi mano, por cuya razon determinó robarme. En los confines de mi hermosa patria, que se extiende entre verdes campos por la orilla del mar, poseia yo un bello jardin, situado en las costas, y desde el que se descubrian los collados que lo rodeaban y todo el mar: aquel sitio le pareció el más favorablemente dispuesto para efectuar lo que impedia nuestra distinta religion, y me participó de antemano el plan que habia ideado para asegurar nuestra felicidad. Cerca de Santa Marta tenia oculta una galera tripulada por gente armada, al mando de Odorico de Vizcaya, hombre experto en los combates terrestres y navales.