Al llegar á la primera ciudad que halló á su paso, cubrióse con un casco nuevo, sin cuidarse de si estaba bien ó mal templado, pues lo que él procuraba era no ser conocido: por lo demás, tanto le importaba aquel casco como otro cualquiera, tranquilo con su cualidad de invulnerable. Oculto, pues, á todas las miradas, continuó sus pesquisas tanto de dia como de noche, y arrostrando impávido las lluvias ó los ardores del Sol. Pasando un dia cerca de Paris, hácia la hora en que Febo sacaba del mar sus caballos de rociadas crines y la Aurora alfombraba el cielo con flores rojas y amarillas; á esa hora en que las estrellas cesan en sus danzas y se ponen el velo para marcharse, dió Orlando una prueba brillante de su valor. Encontróse frente á frente de dos escuadrones de sarracenos: á la cabeza de uno de ellos iba Manilardo, el moro de blancos cabellos, rey de Noricia, guerrero audaz y gallardo en otro tiempo, y á la sazon mejor para los consejos que para las batallas: el otro iba agrupado en torno del estandarte del rey de Tremecen que pasaba entre los africanos por un perfecto caballero, y cuyo nombre era el de Alzirdo.
Aquellos soldados, como todos los demás del ejército pagano, habian establecido sus cuarteles de invierno, unos al pié de las murallas de las ciudades, otros más léjos, pero todos en rededor de las poblaciones y los castillos; porque habiendo intentado más de una vez el rey Agramante asaltar á Paris, aunque en vano, se decidió por último á asediarlo estrechamente, ya que de otro modo no podia apoderarse de él, y á este fin renunió un número considerable de tropas: además de las que habian seguido sus banderas y de las que pasaron desde España á las órdenes del rey Marsilio, tenia asalariada una multitud de aventureros franceses, con cuyas fuerzas reunidas habia sometido todo el país comprendido entre Paris y el rio de Arlés con parte de la Gascuña, excepto algunas fortalezas.
Apenas empezaron los ondulantes arroyos á convertir el hielo en templadas y cristalinas corrientes, y á revestirse los árboles de nuevas hojas, reunió el rey Agramante á todos cuantos seguian su misma suerte, para organizar su ejército de modo que pudiera realizar desde luego sus propósitos. Los reyes de Tremecen y de Noricia marchaban con este objeto á fin de llegar á tiempo al punto de reunion, donde se admitian toda clase de tropas, fuesen buenas ó malas. Orlando topó, segun he dicho, con las fuerzas de aquellos reyes, mientras iba en busca de su amada, segun su costumbre.
Cuando Alzirdo divisó á aquel conde, cuyo valor no tenia igual en el mundo, con tal aspecto y tan altiva frente que parecia superior al mismo Dios de la guerra, quedó sorprendido de su talante, mirada audaz y fiero continente, y vió en él un guerrero capaz de las acciones más heróicas, por cuya razon entró en deseos de medir con él sus armas. Jóven y arrogante, Alzirdo era tenido por hombre de mucha fuerza y de gran corazon. Preparóse á la lucha y lanzó su caballo contra Orlando: mejor hubiera hecho en continuar á la cabeza de sus soldados; porque en el terrible choque, el príncipe de Anglante le atravesó el corazon, derribándole del caballo, el cual, no teniendo quien le sujetase, huyó á todo escape poseido de un gran terror. Al ver salir á torrentes la sangre del vencido sarraceno, despidieron sus soldados un grito horrísono y terrible, que llenó todo el espacio, y se precipitaron en el mayor desórden contra el Conde, descargándole muchos de ellos tajos y estocadas, mientras los más lanzaban un diluvio de dardos contra la flor y nata de los paladines. Aquel tropel de bárbaros rodeaba al Conde, gritando: «¡A él! ¡A él!» y produciendo un estruendo semejante al que ocasiona una muchedumbre de javalíes, cuando van corriendo despavoridos por los montes ó los campos, al ver que un lobo salido de su guarida ó un oso descendido de las montañas se ha apoderado de cualquier javato, que se lamenta con estridentes gruñidos de haber caido entre las garras de la fiera.
Mil lanzas, mil espadas y saetas caian sobre el escudo ó la coraza: unos descargaban sus mazas sobre la espalda del guerrero; otros le amenazaban por un costado; otros por delante. Pero Orlando, en cuyo corazon no hallaba cabida el temor, despreciaba á aquella turba vil y todas sus armas, como el lobo, encerrado de noche en un redil, desprecia á los corderos por numerosos que sean. Su mano empuñaba desnudo el centelleante acero que habia hecho morder el polvo á tantos sarracenos: ¿quién seria, pues, capaz de contar el número de sus víctimas? La sangre ya enrojecia el camino, que apenas podia contener los cadáveres en él amontonados: donde caia la fatal Durindana eran tan inútiles las rodelas y los almetes como los petos rellenos de algodon ó los innumerables pliegues de los turbantes; por el aire no volaban solamente los ayes y los lamentos, sino los brazos, las cabezas y demás miembros de los sarracenos. La muerte iba por aquel campo estampando sus huellas, bajo mil horribles formas, en los semblantes de los heridos, y diciendo entre sí alegremente:—«En manos de Orlando, vale Durindana por cien guadañas mias.»
Sucedíanse sin interrupcion los golpes del Paladin, hasta que empezaron á huir aquellos mismos adversarios que, al verle solo, le habian acometido tan presurosos, creyendo sin duda que iban á tragárselo. No habia quien, por librarse del peligro, esperase al amigo, y procurara huir juntamente con él: unos escapaban á pié por un lado; otros aguijaban á sus caballos por otro, y nadie reparaba, con tal de salvarse, en si era buena ó mala la direccion que seguia. En torno de ellos vagaba el honor, llevando en la mano el espejo que refleja hasta la más imperceptible arruga del alma; pero nadie se detuvo á contemplarse en él, excepto un anciano á quien la edad habia secado la sangre, mas no el valor. El rey de Noricia, que era este anciano, consideró la muerte preferible á una fuga ignominiosa, y enristrando la lanza contra el Paladin francés, la hizo pedazos en el centro del escudo del terrible Conde, á quien ni siquiera conmovió en la silla. Este, que continuaba blandiendo su espada, tiró al pasar una cuchillada á Manilardo, á quien ayudó la suerte; pues al venirle encima el crudo acero, se ladeó en manos de Orlando, y no pudo herirle de filo, si bien le derribó del caballo. Quedó el Rey moro aturdido del golpe; su contrario no se volvió siquiera para mirarle, y continuó en su tarea de tajar, romper, hender y derribar cuanto se oponia á su paso: todos creian tenerle encima; sobrecogidos de espanto, no quedaba uno solo de toda aquella tropa que no cayera, ó huyera ó se echara boca abajo, como huye al través de las extensas regiones del aire una bandada de estorninos perseguidos por el audaz esparavan, hasta que por último la vencedora espada del guerrero dejó el campo libro de todo enemigo vivo.
Aunque Orlando conocia perfectamente todo el país, vacilaba con respecto al camino que debia tomar.
No sabia si haria bien en dirijirse á la derecha ó á la izquierda, y su pensamiento estaba en desacuerdo con la ruta que habia de seguir, temeroso de decidirse por un camino distinto del que le era necesario emprender para encontrar á Angélica. Mientras tanto iba marchando á la ventura por campos ó selvas como un insensato, hasta que al fin llegó al anochecer al pié de un monte: á lo léjos vió brillar una luz, que salia por entre la hendidura de una roca, hácia la que se aproximó para ver si Angélica se habia guarecido allí. A la manera que se busca una temerosa liebre por los bosquecillos de enebros ó por los rastrojos en campo raso, atravesando zanjas y tortuosos senderos, registrando todas las matas y todos los zarzales por si acaso se hubiera ocultado entre ellos, del mismo modo iba el Conde buscando con gran pena por todos los sitios adonde le encaminaba su esperanza. Acelerando el paso hácia aquel resplandor, llegó á un claro del bosque, en medio del cual habia un angosto respiradero, que servia de entrada á una extensa gruta: algunas zarzas y espinos que se veian á la entrada formaban una especie de muro espeso, merced al cual los moradores de la gruta podian sustraerse á las miradas del que á ella se dirigiese con intenciones hostiles. Imposible fuera encontrarla de dia; pero de noche, aquella luz revelaba su situacion.
En medio de la cueva, vió Orlando una doncella de agradable rostro, acompañada de una vieja.
(Canto XII.)