Aquel combate espantoso, que horrorizaba á la vista, iba haciéndose cada vez más reñido y cruel. Ferragús no daba golpe en vago, ya hiciera de punta ó de filo: los de Orlando rompian, rajaban, ó hacian volar en pedazos las diferentes piezas de la armadura de su enemigo, mientras que Angélica, siempre invisible, era el único testigo de tan terrible espectáculo. El rey de Circasia, presumiendo que la jóven no debia de estar muy distante, aprovechó la oportunidad que aquel combate le proporcionaba, y se encaminó por el sendero que supuso habria seguido la doncella cuando desapareció de su vista; de suerte que la hija de Galafron fué la única persona que presenció la lucha de los dos campeones. Despues de haberla estado contemplando durante algun tiempo, á pesar del horror y espanto que causaba, y cuando le pareció tan peligrosa para uno como para otro adversario, quiso variar la escena; y á este fin, ideó apoderarse del yelmo, para observar no más lo que harian los dos guerreros cuando advirtieran su desaparicion; pues estaba decidida á no conservarle por mucho tiempo en su poder: su intencion era la de dárselo al Conde; pero queria divertirse un rato á su costa.
Descolgó, pues, el yelmo, lo colocó en su regazo y continuó mirando un breve rato á los dos guerreros: en seguida se alejó sin decirles una palabra; y habia recorrido ya una gran distancia sin que ninguno de los dos notase la desaparicion del objeto disputado, tanta era la ira que á uno y otro cegaba, cuando Ferragús, que fué el primero en advertirlo, se apartó de Orlando y dijo:
—¡Cómo nos ha tratado de incautos y necios ese caballero que estaba con nosotros! ¿A qué premio aspirará ahora el vencedor, si nos ha robado el yelmo?
Retrocedió Orlando; dirigió sus miradas á la rama, y al verla sin el yelmo, su furor no conoció límites. Convino con Ferragús en que se lo habria llevado el caballero que antes estaba con ellos; y volviendo la brida é hincando el acicate en su corcel, salió en su persecucion; tras él siguió Ferragús, y cuando llegaron á un sitio donde se veian las huellas recientes del Circasiano y de la doncella, dirigióse el Conde por la izquierda hácia un valle, por donde se habia encaminado Sacripante, mientras que el Sarraceno continuó por un sendero próximo á un monte, en el que se habia internado Angélica.
La jóven habia llegado en tanto á una fuente, situada en un paraje umbroso y agradable, que invitaba á todo transeunte á gozar de su frescura, y de la que nadie se separaba sin humedecer en ella sus labios. Angélica se detuvo á la orilla de las cristalinas ondas, pensando que allí nadie la sorprenderia, y sin creer que pudiera sucederle contratiempo alguno, merced al sagrado anillo que la protegia. Apenas llegó, colocó el casco en un arbusto junto á las verdes orillas del arroyuelo, y despues buscó el sitio más á propósito donde pastara su yegua.
El caballero español llegó á aquella fuente, siguiendo las huellas de Angélica; la cual, no bien le hubo divisado, cuando desapareció de su vista, y se alejó con su yegua, sin cuidarse en su precipitada huida de recoger el yelmo, que habia caido sobre la yerba. Apenas el infiel descubrió á su amada, corrió hácia ella lleno de alegría; pero la jóven desapareció, como he dicho, de su vista, con la misma prontitud con que se desvanece un ensueño fantástico. Ferragús se puso á buscarla por todas partes, maldiciendo á Mahoma, á Trevigante y á todos los profetas y maestros de su religion. Volvió desesperanzado hácia la fuente, donde yacia entre la yerba el yelmo del Conde. Conociólo, apenas fijó en él la vista, á causa de una inscripcion que tenia grabada en la orla, y en la que decia dónde lo habia ganado Orlando, el modo cómo se apoderó de él, la época de la victoria y el nombre de su anterior dueño. No dudó un momento el pagano en cubrirse con él la cabeza y el cuello; pues á pesar del sentimiento que le causaba la brusca desaparicion de la jóven, semejante en lo rápido á la de las fantasmas nocturnas, apresuróse á aprovechar aquella ocasion, que ponia tan codiciada prenda en sus manos.
Despues de haber enlazado cuidadosamente todas las hebillas del yelmo, ocurriósele, para que su satisfaccion fuera completa, alcanzar á Angélica, que aparecia y desaparecia de su vista con la velocidad del relámpago. Recorrió en su busca toda la floresta; y cuando hubo perdido la esperanza de encontrar sus huellas, marchó á unirse con los sarracenos acampados bajo los muros de Paris, consolándose de no haber podido realizar por completo sus deseos con estar en posesion del almete de Orlando, y haber cumplido su juramento. El Conde buscó por espacio de mucho tiempo á Ferragús, luego que tuvo noticia de lo sucedido; mas no pudo recobrar aquel yelmo hasta el dia en que, hallando al Sarraceno entre dos puentes, se lo quitó arrancándole al mismo tiempo la existencia.
Angélica, sola y siempre invisible, continuaba su marcha, con turbado rostro, porque sentia haber olvidado en su precipitacion el yelmo de Orlando cerca de la fuente.
—Por meterme á hacer lo que no debia, iba diciendo entre sí, he dejado al Conde sin su yelmo: no era esta en verdad la primera recompensa que debia yo ofrecerle por los muchos servicios á que le estoy obligada. Pero si me apoderé de él, bien sabe Dios que fué con buena intencion, aunque el resultado sea tan contrario como desgraciado: mi único pensamiento consistia en suspender aquella lucha, y no en que aquel arrogante español realizara por mi mediacion sus deseos.
En estos y semejantes términos iba lamentándose de haber privado á Orlando de su yelmo. Contrariada y pesarosa tomó el camino que le pareció mejor para dirijirse á Oriente, ocultándose ó dejándose ver que las gentes, segun que le parecia ó no oportuno. Despues de haber recorrido muchos paises, llegó á un bosque, donde encontró á un jóven inícuamente herido en el pecho y tendido entre los cadáveres de dos compañeros suyos. Pero no puedo continuar hablándoos más tiempo de Angélica; porque antes he de referir otras muchas cosas, así como tampoco pienso ocuparme de Ferragús ni de Sacripante por algun tiempo. El príncipe de Anglante es el que llama toda mi atencion, y será preciso que os cuente con preferencia á lo demás, los muchos trabajos, penas y fatigas que soportó para conseguir sus deseos, que no pudo ver realizados nunca.