—¿No seria yo más loco si accediera á tu deseo? Préstale el tuyo, si en ello no hallas inconveniente, y verás cómo soy tan capaz como tú de castigar á un insensato.
—¡Vosotros sois los imbéciles! exclamó Ferragús: si yo quisiera llevar un casco, ya hubiérais perdido los que llevais, pues habria sabido arrancároslos á la fuerza. Mas, ya que es forzoso decíroslo, sabed que un voto me obliga á ir sin él, y sin él iré hasta que logre apoderarme del que cubre la cabeza del paladin Orlando.
—¿Es decir, contestó el Conde sonriéndose, que tienes la pretension de poder hacer sin casco con Orlando lo que él hizo en Aspromonte con el hijo de Agolante? Pues yo creo que, si te llegaras á encontrar con Orlando frente á frente, temblarias de piés á cabeza; y no solo no desearias su yelmo, sino que le rendirias en el acto todas cuantas armas llevas.
El altanero Español respondió:
—Más de una vez he luchado ya con Orlando, poniéndole en tan grave aprieto, que me habria sido fácil apoderarme de todas sus armas, cuanto más del almete. Y si no lo hice fué porque aun no habia formado la intencion que hoy abrigo en mi pecho: en fin, no lo hice, porque no quise; mas hoy espero que podré conseguirlo sin trabajo alguno.
Orlando no pudo sufrir con paciencia aquellas fanfarronadas, y gritó:
—Cochino embustero, ¿cuándo y en dónde has podido más que yo con las armas en la mano? Ese paladin, á cuya costa te alabas, y á quien creias léjos de tí, está en tu presencia; soy yo. Ahora, pues, mira si puedes arrebatarme este yelmo, ó si soy capaz de arrancarte todas tus armas. No quiero tampoco llevarte la más mínima ventaja.
Y así diciendo, desatóse el yelmo, lo colgó en las ramas de una haya, y desenvainó inmediatamente á Durindana. Ferragús no se manifestó atemorizado por ello; desnudó su acero, y se puso en disposicion de amparar con él y con el escudo su cabeza descubierta.
Empezaron en seguida la pelea, buscándose mútuamente y revolviendo sus caballos: los aceros de ambos se dirigian con preferencia á penetrar por entre las junturas de las corazas y por la parte más débil de su armadura. En todo el mundo no existian otros dos guerreros más dignos de medir sus armas: iguales en vigor y en audacia, ni el uno ni el otro conseguian herirse.
Ya creo haberos dicho, Señor, que Ferragús tenia todo su cuerpo encantado, y que era invulnerable, excepto en aquella parte por donde recibe el niño su primer alimento cuando aun está encerrado en el claustro materno; por esta causa llevó el Sarraceno resguardado contínuamente aquel sitio vulnerable con siete planchas de un excelente temple, hasta el mismo dia en que cubrió su faz la tétrica losa del sepulcro. El príncipe de Anglante era tambien invulnerable, y solo podia ser herido en las plantas de los piés; por eso las preservó de todos los golpes con estudio y arte. Si la fama no miente, sus cuerpos eran más duros que el diamante; y si en sus diferentes empresas iban ambos cubiertos con su armadura, más bien era por adorno que por necesidad.