Los burlados caballeros dirigieron presurosos sus miradas hácia todos los lados del bosque, como el perro cuando pierde la pista de la zorra ó la liebre á quien daba caza, y que se lanza de improviso en cualquier madriguera, en un barranco ó en un espeso matorral. Entre tanto Angélica se reia de ellos, y examinaba sin ser vista todas sus acciones. Un solo camino atravesaba el bosque: los caballeros supusieron que la doncella habia desaparecido de su vista por él, único cuya direccion podia haber seguido: corrió Orlando, siguióle Ferragús, y Sacripante se lanzó tras ellos con no menor velocidad: Angélica refrenó á su corcel y los siguió tranquilamente. Cuando llegaron á un sitio en que todos los senderos se perdian en la espesura, empezaron los caballeros á examinar el terreno á fin de ver si descubrian alguna huella de la fugitiva; pero Ferragús, el más arrogante de cuantos mortales pudieran ceñir corona, se volvió con insolente ademan hácia los otros dos, gritándoles:
—¿A qué venis? Retroceded ó dirigíos por otro camino, si no quereis hallar aquí la muerte; porque no estoy dispuesto á sufrir compañia, cuando se trata de amar ó de buscar á mi dama.
Al oir estas palabras, Orlando exclamó dirigiéndose al Circasiano:
—¿Qué más podria decir ese villano, si en nosotros viera á las prostitutas más viles y tímidas que hayan empuñado jamás la rueca y el huso?
Vuelto luego hácia Ferragús, añadió:
—Hombre soez; si la consideracion de que no llevas yelmo no me detuviera, pronto te haria conocer si has dicho bien ó mal en cuanto has dicho.
El Español contestó:
—¿Por qué te preocupa lo que á mí me tiene sin cuidado? Yo solo soy bastante para hacer con vosotros dos cuanto he dicho, sin casco y tal como me encuentro.
—Házme el obsequio, dijo Orlando dirigiéndose al Rey de Circasia, de prestar á ese tu yelmo hasta que le cure de esa insensata manía: jamás he visto otra semejante á la suya.
El Rey respondió: