Llegaron, sin cesar en su vertiginosa carrera, á un extenso prado en medio del cual se elevaba un palacio grande y suntuoso, construido con diferentes clases de mármoles, adornados de prolijas esculturas. El raptor atravesó corriendo la puerta de oro de aquel palacio sin abandonar un momento á la doncella; poco despues llegó Brida-de-oro con su dueño enojado y furibundo. Cuando entró en el palacio, miró Orlando en torno suyo, y no vió ya al caballero ni á la jóven. Saltó más bien que se apeó de su corcel, é internándose en el palacio, pasó como un rayo por todas sus habitaciones, corriendo de una en otra, sin dejar de reconocer todas las cámaras, hasta las más reducidas y apartadas. Despues de haber recorrido en vano todos los sitios más recónditos de la planta baja, subió al primer piso, y en él perdió el mismo tiempo y trabajo que habia perdido en el inferior.
Vió diferentes lechos en que brillaban el oro y la seda: el pavimento y las paredes desaparecian bajo espesos tapices y alfombras; pero sin fijarse en aquellas magnificencias, continuaba el Paladin corriendo de arriba á abajo y de abajo á arriba repetidas veces, sin conseguir alegrar sus ojos con la vista de Angélica, ni encontrar al ladron que le habia arrebatado tan adorada imágen. Mientras dirigia inútilmente sus pasos por todas partes, lleno de inquietud, y entregado á mil pensamientos, vió á Ferragús, á Brandimarte, al rey Gradasso, al rey Sacripante y otros muchos caballeros, que como él recorrian todos los departamentos del palacio, y como él se afanaban inútilmente, maldiciendo sin cesar al malvado é invisible señor de aquella mansion. Todos ellos iban en su busca: todos le acriminaban por haberles robado algo: los unos se quejaban de la falta del caballo, que aquel les habia arrebatado; los otros se enfurecian por la pérdida de su amada; por las diferentes cosas, varios; y mientras tanto no sabian alejarse de aquella especie de jaula, donde muchos de ellos, víctimas de tales engaños, contaban semanas y meses enteros de permanencia.
Despues de haber recorrido cuatro ó seis veces todo aquel misterioso palacio, se dijo Orlando á sí mismo:—«Si permanezco aquí, gastaré el tiempo y el trabajo inútilmente, pues el ladron puede muy bien haber escapado con Angélica por alguna otra salida y encontrarse ya muy léjos de este sitio.»—Ocupada con este pensamiento su imaginacion, salió á la pradera que circuia todo el palacio. Mientras daba la vuelta en torno de aquella morada campestre y tenia fijas las miradas en el suelo para descubrir si á uno ú otro lado aparecian las señales de un nuevo camino, oyó que le llamaban desde una ventana; levantó los ojos, y le pareció oir aquella voz divina y distinguir aquel admirable rostro que habia ocasionado un cambio tan radical en su vida y sus costumbres. Se le figuró oir á Angélica, que entre súplicas y llanto le decia:—«¡Favor, socorro! Te recomiendo mi honor más que mi alma, más que mi vida. ¿Seria posible que ese bandido me lo arrebatara en presencia de mi amado Orlando? ¡Oh! ¡Antes que dejarme entregada á tan inhumana suerte, arráncame la vida con tus propias manos!»
Estas palabras obligaron á Orlando á renovar una y otra vez sus pesquisas por todas las estancias del palacio, mitigando una dulce esperanza la fatiga y el cansancio que empezaba ya á sentir. Cada vez que se detenia, creia escuchar una voz semejante á la de Angélica que imploraba su auxilio. Acudia presuroso hácia el sitio de donde le parecia que habia salido, y entonces resonaba en otra parte, obligándole á ir de un lado para otro, y siempre en vano.
Pero creo oportuno volver á Rugiero, á quien dejé en el momento en que acababa de atravesar un sendero oscuro siguiendo al gigante y á su dama, hasta que al salir del bosque se encontró en una pradera dilatada. Continuando su persecucion, llegó, si no estoy equivocado, al mismo sitio donde Orlando habia llegado poco antes: el gigante traspuso la puerta del palacio, y tras él Rugiero, tenaz en perseguirle. Apenas puso el pié en el umbral, miró el patio y las galerías, y no vió ya al gigante ni á la dama: paseó inútilmente sus miradas en todas direcciones, subió y bajó en vano por todas aquellas cámaras, sin encontrar lo que deseaba, ni poder imaginar cómo habian desaparecido tan rápidamente la doncella y su raptor. Despues de haber recorrido cuatro ó cinco veces las galerías, las cámaras y los salones de aquel edificio, tanto los inferiores como los superiores, volvió de nuevo á sus pesquisas, y no las abandonó sino cuando hubo registrado hasta debajo de las escaleras. Abrigando la esperanza de que los fugitivos estarian en las selvas vecinas, alejóse del palacio; pero atraido por una voz que le llamaba, como la otra llamó á Orlando, volvió de nuevo á reconocer el edificio.
La misma voz, la misma persona que Orlando habia tomado por Angélica, ofrecióse á la vista y á la imaginacion de Rugiero como la dama de Dordoña, la soberana de su albedrío. Si aquella voz, si aquella persona se dirigia á Gradasso ó alguno de los que iban errantes por el palacio, todos creian ver y oir en ella al objeto de sus más fervientes deseos. Atlante de Carena habia imaginado este nuevo é insólito encantamiento para ocupar la imaginacion de Rugiero en aquel trabajo, en aquella dulce pena, y sustraerle por este medio á su funesto destino, que le condenaba á morir en la flor de su juventud. El encantador esperaba conseguir así lo que no habia logrado valiéndose primeramente del castillo de acero, y de Alcina despues. Atlante atrajo á aquella morada, no solo á Rugiero, sino tambien á cuantos guerreros tenian en Francia fama de esforzados, á fin de que su protegido no pereciera á sus manos; y mientras les obligaba á permanecer en el palacio, reunia en este tal abundancia de provisiones y manjares esquisitos que las damas y los caballeros encontraban cuanto podian apetecer.
Pero volvamos á Angélica que, teniendo en su poder el admirable anillo, merced al cual se hacia invisible ó destruia todos los encantos, y despues de haber encontrado en la cueva víveres, vestidos, caballos y cuanto necesitaba, se disponia á regresar á la India y á su hermoso reino. Sin duda alguna hubiera deseado tener por compañeros á Orlando ó Sacripante, no porque amara al uno más que al otro, pues siempre se habia mostrado con ellos desdeñosa, sino porque, obligada á atravesar por tantas ciudades y castillos para pasar á Levante, le era indispensable un compañero y un guia, y ninguno le habria inspirado tanta confianza como ellos. Fué buscando tanto al uno como al otro durante largo tiempo, sin encontrar huella ni indicio alguno que le revelara su presencia, unas veces por las ciudades, otras por las aldeas, algunas por los bosques, y muchas por diferentes sitios. La Fortuna la encaminó por último hácia el punto donde estaban Orlando, Ferragús y Sacripante con Rugiero, Gradasso y otros muchos, á quienes Atlante habia hecho caer en sus redes.
Entró Angélica en el palacio, sin que el mago la pudiera ver porque llevaba el anillo en la boca; y registrándolo todo, encontró á Orlando y á Sacripante, que continuaban buscándola inútilmente por aquel recinto. Vió tambien cómo Atlante, suplantando su imágen, engañaba y entretenia á los dos guerreros. En seguida, empezó á pensar á cual de ellos deberia confiarse, y se mostraba indecisa; pues no sabia cuál seria preferible, si el Conde Orlando ó el Rey de los orgullosos circasianos. Orlando podria salvarla con más valor de cualquier peligro, es cierto; pero de elegirle por guia y compañero, quedaria bajo su dependencia, por no saber de qué medio valerse despues para apartarle de su lado y hacerle regresar á Francia, cuando ya no le necesitase. En cambio, le seria posible deshacerse del circasiano, cuando así le conviniera, aunque él la hubiese llevado hasta el cielo. Esta sola razon la determinó á escogerle por compañero, y á fingir con él celo y lealtad.
Quitóse el anillo de la boca, descorriendo así el velo que cubria su presencia á los ojos de Sacripante. Creyó, sin embargo, dejarse ver de él solamente; pero la sorprendieron tambien Orlando y Ferragús, que no habian cesado de buscar por dentro y fuera del palacio á su amada, al ídolo de su corazon, á Angélica. Corrieron presurosos y simultáneamente hácia la doncella; pues entonces ya no se lo estorbaba ningun encantamiento, por haberse colocado Angélica el anillo en el dedo, con lo que hizo inútiles todos los designios de Atlante. Dos de aquellos guerreros tenian puesta la coraza y calado el yelmo: desde que entraron en aquel edificio no se habian quitado la armadura ni de dia ni de noche; y acostumbrados á su peso, la llevaban con la misma facilidad y el mismo desembarazo que cualquier otra vestidura. Ferragús, que era el tercero, estaba tambien armado, solo que no llevaba ni queria llevar almete, hasta que consiguiera apoderarse de aquel que Orlando quitó al hermano del rey Trojano, segun juramento que hizo cuando buscó inútilmente en el rio el casco de Argalía; y si bien es verdad que en aquel palacio estuvo algun tiempo en contacto con Orlando, no pudo retarle, porque mientras en él permanecieron no les era dable conocerse. Tan encantada estaba aquella mansion, que los caballeros que en ella penetraban no podian conocerse unos á otros, ni dejar, tanto de dia como de noche, la espada, la coraza ó el escudo; mientras sus caballos, con la silla puesta y el freno colgado del arzon, descansaban cerca de la puerta del palacio, en una cuadra constantemente provista de cebada y paja.
Atlante no supo ni pudo impedir que los tres guerreros saltaran sobre sus corceles para correr tras las sonrosadas mejillas, los blondos cabellos y los hermosos ojos negros de la doncella, que huia castigando á su yegua, porque no era de su agrado la compañía de los tres amantes, á quienes quizá habria aceptado por defensores separadamente. En cuanto los alejó del palacio lo suficiente para no temer que el encantador malvado pusiese por obra contra ellos alguno de sus infames sortilegios, encerró tras de sus labios rojos el anillo que le habia evitado más de un disgusto, y desapareció de repente de su vista, dejándolos entregados á la mayor perplejidad. Aunque el primer propósito de Angélica habia sido el de elejir á Orlando ó Sacripante para que la acompañaran al reino de Galafron, en las apartadas regiones de Oriente, mudó repentinamente de propósito y determinó pasarse sin ninguno de los dos, pensando que su anillo bastaba para sustituirlos, sin necesidad de quedar obligada á cualquiera de ellos.