Y en efecto, en breves dias reunió Oberto su ejército; y aliado con los reyes de Inglaterra y de Escocia, restituyó á Olimpia la Holanda, se apoderó de la Frisia, sublevó la Zelanda contra Bireno, y no terminó la guerra hasta que le dió la muerte: ¡castigo harto débil para la magnitud de su delito! Oberto se casó con Olimpia, á quien convirtió de simple condesa en una reina poderosa.
Pero volvamos al Paladin que navegaba á toda vela por el ancho mar, caminando sin cesar noche y dia. Pronto llegó al mismo puerto de Francia de donde habia zarpado, y montando otra vez en su Brida-de-oro, dejó en breve tras de sí los vientos y las saladas ondas. Creo firmemente que en el resto de aquel invierno ejecutaria Orlando cosas dignas de tenerse en cuenta; pero estuvieron rodeadas de tal misterio que no es culpa mia si no las refiero ahora. Orlando estaba siempre más pronto á llevar á cabo cualquier accion laudable y meritoria, que á publicarlas despues, y ninguno de sus hechos llego á conocerse sino cuando habian tenido testigos presenciales. Pasó el resto del invierno tan callado, que no se supo nada de él á ciencia cierta; pero cuando el Sol iluminó la Tierra desde el discreto animal que llevó á Friso, y el céfiro con su soplo dulce y templado trajo de nuevo la risueña primavera, reaparecieron las admirables hazañas de Orlando al mismo tiempo que las flores y las yerbas. De llano en monte, y de campiña en costa, iba vagando agobiado por la fatiga y por el dolor, cuando al penetrar en un bosque hirió sus oidos un estridente grito, un prolongado lamento: aguijó su corcel, empuñó la espada y se encaminó velozmente hácia el sitio de donde salian aquellos lamentos: pero diferiré para otro momento la continuacion de mi historia, si quereis seguir escuchándome.
CANTO XII
Persigue Orlando irritado á un caballero que arrebata á la fuerza á su dama y llega á un palacio construido por Atlante de Carena con el objeto de atraer á él á Rugiero.—Llega este despues; pero habiendo Orlando descubierto de nuevo á Angélica, marcha en pos de ella, combate con Ferragús, lleva á cabo una accion heróica contra los paganos, y encuentra despues á Isabel.
Al separarse Ceres da la madre Idea[50], regresó apresuradamente á los valles solitarios que se encuentran en la falda del monte Etna, bajo cuyo peso gime el gigante Encelado[51] herido por el rayo; y no encontrando á su hija donde la habia dejado[52], se mesó desesperada los cabellos, se hirió los ojos, y se golpeó el rostro y el pecho; arrancó despues dos pinos, y los encendió en el fuego de Vulcano[53], dándoles la propiedad de que no pudieran apagarse nunca. En seguida, cogiendo una de aquellas antorchas en cada mano, subió á su carro tirado por dos serpientes; recorrió en busca de su hija las selvas, las campiñas, los montes, las llanuras, los valles, los rios, las lagunas, los torrentes, la tierra y el mar, y despues de hacer inútiles pesquisas sobre la Tierra, bajó á las profundidades del Tártaro.
Si Orlando hubiera tenido el mismo poder que la diosa de Eleusis[54], como era su deseo, con tal de encontrar á Angélica no habria dejado de recorrer las selvas, los campos, las lagunas, los rios, los valles, los montes, las llanuras, la tierra y el mar, el cielo, y hasta la region del eterno olvido; pero como no disponia del carro y de los dragones de Ceres, la iba buscando del mejor modo que le era posible.
Despues de haber visitado toda la Francia, se preparaba á recorrer la Italia, la Alemania, las dos Castillas, y á atravesar el mar de España, para pasar á la Libia. Mientras iba madurando este proyecto, hirió sus oidos el eco de una voz doliente; apretó el paso, y vió á alguna distancia un caballero galopando sobre un corcel de gran alzada, y llevando en brazos á una tristísima doncella echada sobre el arzon delantero de la silla. La jóven lloraba y procuraba desasirse dando muestras de un dolor intenso, y llamando en su socorro al valeroso príncipe de Anglante, el cual, al reparar en la doncella, creyó conocer á Angélica á quien dia y noche iba buscando por el interior y los confines de la Francia. No puedo asegurar que fuese ella, pero sí que se parecia á aquella Angélica gentil, á quien amaba Orlando tan tiernamente. Al ver este que de tal modo le arrebataban su idolatrada amante, tan afligida y triste, lleno de cólera y de furor, retó con estentórea voz á su raptor, y prorumpió en amenazas contra él, lanzando á rienda suelta en su seguimiento á Brida-de-oro. Pero aquel infame ni se dignó contestarle, ni detenerse: atento únicamente á su admirable presa, corria por entre aquella espesura con tanta celeridad, que hubiera dejado atrás al viento. Huia el uno velozmente; volaba el otro en pos de él, y la profunda selva resonaba con sus gritos.